Europa y la Cruz

Del gravísimo problema de la baja natalidad se empieza a hablar más públicamente, pero mucho menos de lo que se debiera, y de manera aún demasiado superficial, restringiendo tanto sus causas como sus consecuencias al terreno económico.

Para que se me entienda, lo voy a decir un poco a lo bestia: el peligro fundamental de la baja natalidad no consiste en que quiebre el sistema de pensiones (aunque también) sino que dentro de cincuenta años los europeos acabemos todos rezando a La Meca.

En algunos países y ciudades europeas, el nombre de la mayoría de recién nacidos es Mohamed. Sucede en Reino Unido, Bruselas, Berlín, Oslo… En Holanda es el segundo nombre más común y en Austria y Bélgica, el tercero. De hecho, es seguro, dada la escasa práctica religiosa de los cristianos, que en algunas partes de Europa ya haya más practicantes del islam que de ninguna otra confesión.

Ante esto algunos adoptan una actitud de inocencia real o fingida. Son los que aseguran que el multiculturalismo enriquece, que el islam es una religión de paz y el hiyab un atuendo que llevan las mujeres musulmanas con total libertad. Y así, con esta idílica libertad, nuestros inmediatos descendientes acabarán celebrando el ramadán, absteniéndose del jamón y el vino y censurando las obras del arte más imperecederas y universales que no sean compatibles con el islam.

Tenemos también la actitud de los optimistas, los que creen que el islam, simplemente, aún no ha tenido su Ilustración, como la tuvo el cristianismo, que lo limpie de sus aspectos más ásperos e intransigentes, y preserve sólo algunas de sus prácticas, con un sentido más culturalista que estrictamente religioso.

Desde luego, cuando hemos comprobado cómo los nietos o hijos de inmigrantes musulmanes, nacidos y educados en Europa, se entregan al yihadismo, hay que ser muy, muy optimista para seguir creyendo en este bonito cuento de la Ilustración como una fase normal e inevitable de toda civilización. Y sobre todo, más allá de la terquedad de los hechos, hay que padecer una ignorancia oceánica de las diferencias abismales entre cristianismo e islamismo.

Lo diré con los menos circunloquios posibles. El carácter bárbaro del islam no obedece a que “todavía” no haya nacido un Kant árabe, o iraní o turco, sino a que el cristianismo es una religión esencialmente racionalista y el islamismo esencialmente irracional. Esto chocará a cualquier progre, como es natural, pues está acostumbrado a considerar que todas las religiones son más o menos iguales y que en cualquier caso ninguna tiene nada de racional, al contrario. Pero no por ser comúnmente creída deja de ser esta idea una falacia.

Cristianos, musulmanes y judíos comparten la fe en un Dios creador, omnipotente e infinitamente sabio y bueno. Punto y final. En todo lo demás difieren drásticamente, en especial los musulmanes respecto a los otros. Tanto el judaísmo como el cristianismo giran en torno al problema de la existencia del Mal, es decir, se interrogan sobre por qué un Creador infinitamente poderoso y bueno ha permitido la existencia del mal y del sufrimiento. Su solución es la doctrina de la Caída, el pecado original cometido por los primeros padres, tal como se formula, en lenguaje mítico, en el libro del Génesis.

Aparentemente, Mahoma asumió las líneas principales de la Biblia, pero sólo aparentemente, porque en la religión islámica, especialmente en su práctica, la doctrina de la Caída no tiene ni de lejos la relevancia que encontramos en los otros dos monoteísmos. El musulmán no trata de comprender el origen del mal y del sufrimiento, simplemente acata la voluntad de Dios, tal como cree que le fue transmitida al Profeta. El musulmán renuncia desde el principio a la osadía de entender.

El cristianismo, por el contrario, se basa en el acontecimiento de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo, cuyo sentido esencial es compensar el acontecimiento de la Caída. Es la solución del gran enigma cósmico, tal como resumía Pascal: “La fe cristiana no tiende sino a establecer principalmente estas dos cosas: la corrupción de la naturaleza y la redención por Jesucristo.” El cristianismo es una doctrina de salvación en tanto que una explicación de por qué y cómo el hombre se alejó de su Creador. Puede decirse, pues, que el sapere aude estuvo ahí desde el principio: “La verdad os hará libres.” La Ilustración, desde su núcleo más noble hasta sus formulaciones más chabacanas (o sea, anticristianas), no es algo que surge por casualidad en la Europa cristiana, no es un fenómeno externo al cristianismo. Es un resultado de él.

Esto significa que cuando Occidente reniega de su pasado cristiano, con frecuencia contraponiéndolo a las luces, no hace más que renegar de sí mismo y por tanto, a la postre, socava esa misma Ilustración que tanto mitifica, y precisamente en lo que tiene más digno de estima. El progresismo, sobre todo en su modalidad o excrecencia más tóxica, que es la ideología de género, en combinación fatal con el multiculturalismo, actúa de manera asombrosamente suicida. Parece sistemáticamente empeñado en destruir nuestra cultura cristiana y racionalista para dejar el campo franco (o sea, yermo espiritual y demográficamente) a una barbarie foránea, que acoge con los brazos abiertos.

Recientemente saltaba la noticia en The Guardian: Una escuela de Birmingham interrumpió las “lecciones LGTB” tras las protestas de cientos de familias musulmanas. Si se hubiera tratado de padres cristianos, este medio no habría tardado ni un segundo en demonizarlos como peligrosos ultraderechistas, pero -¡ah, amigo!- como son musulmanes todo está en orden: es su cultura y no podemos imponerles la nuestra. Así es como la civilización europea, tras su autodesintegración por las vías de la seudociencia del “género” y el relativismo, crea un vacío que el islam tiende a llenar irresistiblemente.

No sé si estamos a tiempo de evitarlo. Nuestra civilización padece desde hace tiempo una enfermedad autoinmune, llamada progresismo, que la lleva a dañarse a sí misma. Pero hay signos de reacción, de que el instinto de supervivencia de Occidente está actuando. En las próximas elecciones al parlamento europeo ya se vislumbra el choque entre dos concepciones enfrentadas. La de quienes creen que debemos seguir por el camino actual (más feminismo radical, más antinatalismo, más inmigración masiva) y la de quienes piensan que nos hallamos tal vez ante una de las últimas oportunidades para rectificar el rumbo.

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2 comentarios sobre “Europa y la Cruz

  1. Parece que hubo un intento de “Ilustración” Islámica en la edad Media, a cargo principalmete de Averroes y solventada con total fracaso. El intento fue cuando los árabes aprendieron a leer y se encontraron con Aristóteles, “El filósofo”. Averroes acabó mal.

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  2. Qué manía con solucionar las cosas poniendo a la gente a follar como conejos y cargarse de hijos. Y con pensar que el cristianismo es algo exclusivo que nos hace más listos que los demás. Si las 3 son religiones “de libro” es por eso mismo, porque hay que atenerse al libro que viene de Dios por una vía u otra. Ilustración ha habido en todas las religiones, porque el ser de una u otra no quita para que haya gente inteligente en ellas que vea que sus dogmas son incongruencias. Otra cosa es que les dejen aplicarlas los poderes de las mismas o la mayoría borrega, a la que puede convenirle un stau quo injusto.

    Las religiones de salvación y redención ya se inventaron antes del cristianismo, con órficos, zoroástricos y demás, con lo que no hay originalidad ninguna. Como el problema del mal y la teodicea, que claro, hay que achacarlo a la torpeza humana, no a que Dios podía haber previsto ésta. Y como es tan bueno arma un tinglado salvo-resurrecionista para arreglar su propio desaguisado. Vamos, un escenario muy “racional”, sí.

    El problema musulmán no se soluciona colmatando las escuelas con cristianitos, sino no permitiéndoles su falta de sujeción a las leyes y normas que nos hemos impuesto. Y largando al que venga a vivir del cuento.

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