Los católicos no molamos

Foto publicada por Javier Ortega en su cuenta de Instagram.

Me entero por Twitter (y parece creíble) que en Trece, la televisión de la Conferencia Episcopal, ayer alguien dijo que Vox quiere devolver a las mujeres a la cocina. Al mismo tiempo, entre comentaristas de izquierda es común tachar a este partido de “ultracatólico”, que suponemos debe ser algo tan malo como ultraislámico. ¿Que ultraislámico nunca se dice? Pues es verdad. Será porque el islam es una religión defensora de las mujeres. De eso sabe mucho la alcaldesa Ada Colau, que se gasta el dinero de los barceloneses en promocionar el ramadán, tras haber eliminado el tradicional pesebre durante la pasada Navidad, como ha denunciado Ignacio Garriga, diputado de Vox por Barcelona.

Por supuesto, Vox es un partido aconfesional, aunque su programa, implícitamente, debe más a las creencias cristianas que a otras, como no debería extrañar a nadie en nuestra cultura. Los malentendidos, más allá del juego sucio partidista, vienen de un equívoco muy generalizado que no ayuda a la recta comprensión de las relaciones entre religión y política.

Se habla de la separación entre Iglesia y Estado como si fueran dos cosas que pudieran y hasta tendieran a confundirse fácilmente. Pero en realidad, la existencia de la Iglesia es lo único que puede hacer frente a la absorción de la política por la religión y viceversa.

El gran escritor inglés Chesterton, que se convirtió al catolicismo en 1922, escribió ese mismo año, con su proverbial estilo paradójico: “El cristianismo no es una religión, es una Iglesia. Puede que exista una religión musulmana, pero a nadie se le ocurriría hablar con naturalidad de una Iglesia musulmana.”

No es casual que el islam tienda por naturaleza a la teocracia, y que cuando ha existido una teocracia cristiana, por ejemplo en la Ginebra calvinista, haya sido en violenta ruptura con la Santa Madre Iglesia Católica.

De ahí se desprende otro corolario. En la medida en que la Iglesia renuncia a su autoridad espiritual, acomodándose al mundo, declinando defender el derecho a la vida desde la concepción y adoptando un lenguaje “social”, en el que lo sobrenatural parece reducido a una función simbólica… En la medida en que la Iglesia es menos Iglesia, en suma, el poder político acaba usurpando el espiritual. Eso sí, suplantando al cristianismo por una seudorreligión llamada “progresismo”.

La mundanización o acomplejamiento de la Iglesia nace del error de pensar que la propia idea de una autoridad espiritual es “represiva”. Es decir, que el mero hecho de proclamar lo que los católicos creemos que es la verdad ya es una ofensa contra quienes no piensan igual, incluso una amenaza velada de persecución. Esto nos conduce a incumplir el mandato de Cristo de dar testimonio de nuestra fe, en lugar de una versión muy secularizada y descafeinada de ella, limada de cualquier aspereza políticamente incorrecta.

Como señala el teólogo Ulrich L. Lehner en su muy recomendable libro God Is Not Nice, traducido al castellano por la editorial Homo Legens como Dios no mola: “Tenemos miedo de negar la verdad de otra persona porque tememos ser tachados de intolerantes o fanáticos, aunque es un signo de tolerancia aceptar otros puntos de vista que sé que son incorrectos. La tolerancia presupone una afirmación de la verdad… No estar de acuerdo con alguien no es lo mismo que el odio, el fanatismo o la intolerancia.

Lehner sostiene que este error tuvo su origen en la Ilustración del siglo XVIII, cuando empezó a extenderse una visión funcionalista de la religión, según la cual su único sentido sería cohesionar y moralizar a la sociedad. De ahí a pensar que los dogmas cristianos no pueden tomarse realmente en serio, salvo como mitos o símbolos que, convenientemente depurados, son útiles socialmente, no hay más que un paso. Era ya de hecho la actitud de Voltaire, que no creía en el Dios bíblico pero se confesaba partidario de que su criado sí lo hiciera, para que no le robara.

Naturalmente, tarde o temprano alguien acaba pensando que ya es hora de prescindir de cualquier creencia religiosa y sustituirla por principios supuestamente “científicos”, lo que al menos resultaría más honesto que el cinismo volteriano. Así llegamos a la sociedad actual, en la que siguen rigiendo ideas cristianas como la justicia, la libertad y la igualdad, aunque la mayoría haya olvidado su verdadero origen, del mismo modo que bebemos agua sin conocer su fuente o utilizamos el teléfono móvil sin saber quién lo inventó, como decía el arzobispo de Tarragona en una hoja dominical.

Siguiendo esas comparaciones, imaginemos lo que ocurriría con nuestra civilización si olvidáramos no solo quién inventó el teléfono móvil, sino cómo fabricarlo, o peor aún, si se perdieran las tecnologías de potabilización y canalización del agua. Esto es lo que sucede cuando caemos en el fatal error de creer que los “valores”, como ahora se dice, se pueden fundamentar en la “ciencia”, o mejor dicho en la caricatura romántica que nos hacemos de ella.

La ciencia es descriptiva, no prescriptiva. Nos ayuda a guiar nuestras decisiones éticas (por ejemplo, informándonos de que en el cigoto se contiene ya el ADN irrepetible de un ser humano) pero no puede motivarlas, no nos puede explicar por qué deberíamos valorar más la vida humana que cualquier otra realidad de la naturaleza. Por tanto, cuando se nublan las nociones que fundamentan la moralidad, esta puede seguir funcionando por inercia durante un tiempo, pero no tardará en navegar a la deriva.

Así es como se acaba afirmando que el aborto es un derecho, al igual que la eutanasia o los vientres de alquiler. Y como se esfuma cualquier objeción seria a que el Estado se convierta en el educador casi monopolístico, lo cual conduce de manera fatal a la asiatización de Occidente, es decir, al colectivismo. Cosa, por cierto, que no tiene nada que ver con la separación entre Iglesia y Estado, sino con lo contrario, con convertir al segundo en una Seudoiglesia Progresista, un megapoder que fusiona lo político y lo espiritual.

Cristo, al decir “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, nos enseñó que debe existir una autoridad espiritual independiente del poder político, como lo fueron los profetas de Israel. Una autoridad que nunca tendrán los medios de comunicación, sean públicos o privados, porque como dice la palabra, son meros medios, canales, vehículos, aunque a menudo se arroguen un papel mucho más pretencioso. Sólo la Iglesia tiene verdadera autoridad, aunque en nuestro tiempo parezca empeñada, más que en ejercerla, en resultar simpática. Mayúsculo error, porque los cristianos nunca molaremos, ni falta que hace.

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2 comentarios sobre “Los católicos no molamos

  1. No es casualidad, que los católicos sean despreciados y perseguidos en el mundo entero y con la intensidad hasta antes nunca vista, ya el Señor nos advierte a través del Libro de la Verdad..
    http://www.jesushabla.org/index.php/mensajes-2013/899-0872-13-08-05-18-33-cuando-ustedes-defiendan-mi-palabra-seran-considerados-como-crueles-despiadados-y-faltos-de-simpatia-por-aquellos-que-no-creen-en-dios
    http://www.elgeanaviso-mensajes.com

    Me gusta

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