El voto alegre

Nunca antes en mi vida (que ya supera el medio siglo) había experimentado este sentimiento ante la perspectiva de ir a depositar mi voto en unas elecciones: alegría. He votado siempre por el mal menor; más que a favor de unos, en contra de otros. Pero esta vez es distinto, porque por fin hay un partido que defiende mis ideas y mis principios, al menos en un grado altísimo.

Muchos hablan del voto de miedo. Miedo al “trifachito” o miedo a un “gobierno Frankenstein”, según el pie del que cojee cada cual. El miedo no es necesariamente malo, pues se trata de un mecanismo de defensa que nos impele a evitar el peligro. Pero generalmente, quienes hablan de ese voto miedoso lo hacen como un reproche contra su supuesta irracionalidad.

Si bien se mira, votar es en sí mismo irracional, al menos cuando hablamos de censos electorales de millones de personas. El voto de un individuo tiene una relevancia infinitesimal. Que yo vaya a votar mañana o deje de hacerlo no afectará lo más mínimo al resultado. ¿Por qué sin embargo tanta gente da su papeleta? Una respuesta común es que millones de actos irrelevantes como el nuestro se convierten en un acto relevante. Pero esto no es una verdadera respuesta. Mi voto particular sigue siendo innecesario, mientras no influya en lo que harán los demás.

No sé por qué vota realmente la gente; sólo puedo decir por qué voto yo. Para poder decirme a mí mismo: yo fui uno de los millones que contribuyeron a que las cosas cambiaran a mejor. Mi acto fue insignificante, sin duda, pero al menos no me quedé mirando. Hice algo.

Y esta vez lo haré con alegría, sin miedo. También sin rabia, como cuando voté en las generales de 2004, en contra de quienes se beneficiaron del 11-M y pusieron los cimientos para la dictadura del progresismo. Una dictadura aún en construcción, que todavía no es completa, aunque podría acabar siéndolo, si no reaccionamos.

Pero esta vez, como digo, no hay rabia. Los que trazan un perfil psicológico del votante “cabreado”, siempre en la misma línea de arrogarse el monopolio de la racionalidad, no han entendido nada. Están ciegos ante la corriente de ilusión (una ilusión cargada de razones) que recorre España entera.

Sea cual sea el resultado, la dictadura progresista ya no podrá blindarse, con un partido en el Congreso que no podrá ser ilegalizado, al que no podrán callar, que dará voz a millones de españoles y reabrirá todos los debates cerrados en falso con el sello espurio del “consenso”. Eso, en el peor de los casos. En el mejor, habrá un cambio de Gobierno que permitirá restaurar las libertades lesionadas y corregir los grandes errores de la Transición, sin sacrificar lo esencial de su legado: una España unida y reconciliada, donde no se pretende imponer una ideología oficial que establezca desde el poder quiénes son los buenos y los malos.

Mañana iré a votar con la alegría de quien sabe que, pase lo que pase, ya ha ganado. Porque habrá ganado España.

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3 comentarios sobre “El voto alegre

  1. Carlos, lo mismo le pasa a mucha gente que conozco y a mí mismo. Pero uno, en su subjetividad, lo percibe como algo fuera de lo común, increíble: tan encerrados vivíamos en el Matrix Progre que ya no concebíamos una salida (abandonad toda esperanza).

    Nuestro voto será un pequeño voto para nosotros, pero uno, espero y deseo, muy grande para España.

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