Diálogos en Castilfrío

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Para cualquier político, ser protagonista de un libro de Fernando Sánchez Dragó sería un raro privilegio. Por ahora, sólo el líder de Vox, que yo sepa, puede presumir de ello. Santiago Abascal. España vertebrada (Planeta) no es un libro-entrevista al uso, sino un diálogo entre el escritor y el político. Desarrollado en la casa soriana del primero en Castilfrío, a lo largo de tres días, en esas conversaciones se plasman opiniones de ambos. También interviene ocasionalmente Kiko Méndez-Monasterio.

Santiago ya contaba con un verdadero libro-entrevista, Hay un camino a la derecha (Stella Maris, 2015), donde el mencionado Kiko se limitaba a hacer las preguntas, de modo que la mayor parte del texto lo constituían las palabras del político. Sigue siendo en mi opinión el mejor libro para acercarse al ideario de Vox. Pero con ello no quiero decir que el de Dragó no sea sumamente interesante, sólo que es otra cosa: un coloquio, a veces caótico, más que una entrevista propiamente dicha, en el que no sólo se exponen las ideas de Abascal, sino que se someten a discusión, junto con las del escritor.

Son muchos los temas debatidos. Aquí comentaré sólo algunos que me fascinan en especial, prescindiendo olímpicamente de las polémicas más estridentes. Son la ideología de Vox, la democracia, la distinción entre patriotismo y nacionalismo, la relación entre cristianismo y progresismo y por último, el problema de la baja natalidad.

La ideología de Vox
Aunque en numerosas ocasiones Abascal no duda en posicionarse en la derecha (y el citado libro de 2015 es un buen ejemplo de ello, ya desde su título), en su conversación con Sánchez Dragó se muestra poco interesado por las etiquetas, lo que no tiene nada que ver con la indefinición. El líder de Vox cita como algunos de sus autores de cabecera a Burke y Tocqueville, auténticos padres del pensamiento liberal-conservador. Le alabo el gusto y el criterio. Sin embargo, reconoce no saber con seguridad “qué significa ser conservador o liberal”. Y añade: “Vox debe definirse por su programa y sus propuestas, no por las etiquetas”. Creo que en esto tiene mucha razón. Una gran parte del debate político contemporáneo se basa sólo en palabras, en especial en palabras estigmatizadoras (machismo, xenofobia, populismo, ultraderecha, etc.) que más que expresar un pensamiento racional, argumentativo, lo simulan o sustituyen. Aunque sin duda en Vox hay un claro ingrediente liberal, definirse como lo hace también Albert Rivera contribuiría más a confundir que a otra cosa. Y análogos problemas presenta el término conservador, que con el PP parece haber quedado reducido al papel de gestor eficiente de la economía y “conservador” de las leyes ideológicas de la izquierda. Por eso dice Nassim N. Taleb que “los filósofos [piensan] con conceptos (…) y los idiotas con palabras”.

Democracia 
Como hemos dicho, Abascal menciona a Tocqueville, uno de los autores que, desde la simpatía hacia la democracia, no dejó de señalar sus peligros. Dragó se muestra especialmente escéptico respecto al sufragio universal y cuestiona el principio de que todos los votos valgan lo mismo. El político no le sigue en absoluto por ese camino aristocratizante, sino que por el contrario ve el problema de la democracia actual no en el pueblo, sino en oligarquías que lo engañan con “programas que son una especie de pack. Y eso es un timo que permite a los políticos dar gato por liebre y una coartada para que los gobiernos no hagan lo que los votantes no quieren que se haga. Si por la gente fuera, ningún psicópata sexual saldría de la cárcel. Los asesinos y los violadores se pudrirían en ellas. Diana Quer y Laura Luelmo, entre otras muchas, seguirían vivas.” Y añade más adelante: “Si la gente votara caso por caso, ley a ley, en vez de otorgar patentes de corso para que los gobernantes cuelen lo que les venga en gana, no habría traducciones en el Senado, por poner un ejemplo de bajo voltaje, ni existirían las autonomías, por ponerte otro de gruesa cilindrada, pero el sistema vigente, impuesto por los partidos al uso, impide que los españoles puedan decidir ese tipo de cosas.

Nacionalismo y patriotismo
Dragó resume muy bien el concepto de patria de Abascal como “la suma de los muertos, de los vivos y de los que nacerán en ella.” Y la compara, no sin cierto ánimo travieso, con “la comunión de los santos de la teología católica, pero con un toque muy orteguiano y muy joseantoniano”. No se puede reducir el patriotismo a la legalidad constitucional. Por el contrario, es la Constitución de 1978 la que “se fundamenta en la unidad indisoluble unidad de la Nación española”. Tampoco se puede confundir el patriotismo con un nacionalismo basado en el odio a un enemigo externo imaginario. Algunos han sostenido que la crítica contra la inmigración descontrolada responde a esa xenofobia, pero nada más falso. Vox no tiene nada contra los extranjeros, ni mucho menos contra las razas no blancas. Por el contrario, Abascal señala que el español lo último que puede ser es racista, pues una de las aportaciones de la Hispanidad a la historia es su reconocimiento de la igualdad de los indígenas americanos. Lo que Vox critica con toda razón es el efecto llamada que amenaza la seguridad y la prosperidad de la sociedad española con una inmigración masiva y culturalmente conflictiva, con el falaz pretexto de una solidaridad mal entendida, que no es más que una parodia del verdadero concepto cristiano. Lo que nos lleva al siguiente tema.

Cristianismo y progresismo
Dragó apunta en un momento de la larga conversación una tesis que Abascal no puede menos que compartir: que el progresismo es en cierto modo una herejía del cristianismo. Sin embargo, las conclusiones que de ello extraen ambos conversadores son harto disímiles. Aunque no llega a formularla con claridad, en el escritor late una queja contra el cristianismo, al que acusa de estar tras el moderno igualitarismo en su forma más desquiciada. Abascal no lo ve así: “Has dicho que el socialismo es una herejía del cristianismo, ¿no? Pues ya está. Lo acepto. Yo no soy un hereje. Soy un católico cabal.” Y cuestiona, aunque sin desarrollarlo, ese carácter igualitarista del cristianismo, recordando muy atinadamente la parábola de los talentos. En efecto, lo que hacen siempre todas las herejías, como señaló Pascal, es tomar un principio, una verdad del cristianismo, hipertrofiarlo y volverlo contra otras verdades. En cierto modo funcionan como las enfermedades autoinmunes, en las que el sistema inmunitario por error ataca a células sanas. El progresismo empieza negando u olvidando el origen trascendente del hombre, y luego trata de imponer de modo forzado y descompensado lo que se deriva de dicho origen: entre otras cosas, la igualdad. Para ello no tiene más remedio que falsificar la realidad, como hacen la ideología de género y el multiculturalismo.

La natalidad
Consecuente con ese aristocrastismo que mencionaba antes, Dragó se resiste a preocuparse demasiado por la baja natalidad. Se confiesa “bastante malthusiano. Creo que el origen de muchos de los males que afligen a la humanidad es el exceso demográfico. Me agobia salir de casa. Todo está lleno. La Gran Vía, los cines, los teatros, los museos, los restaurantes, los aviones, las urgencias…” Abascal le señala que los negros augurios de Malthus no se han cumplido: “El hambre (…) ha desaparecido en muchos lugares”. Y se opone a las manipulaciones estadísticas. “La ONU manipula los datos para ponerlos al servicio de la globalización. No son científicos, sino ideológicos. Pero, en todo caso, defiendo el incremento de la natalidad en España, no en otras partes.” A Abascal le preocupa nuestra supervivencia, el futuro de una España condenada a la desaparición como nación si los españoles siguen teniendo tan pocos hijos como ahora. Esto da lugar, además de consideraciones sobre el papel de la Unión Europea y la inmigración, al debate sobre los medios para favorecer la natalidad. También aquí Dragó es escéptico. “Para que en España nazcan más niños, habría que cambiar la mentalidad de las mujeres, cosa que no va a ser precisamente fácil con las del #MeToo danzando por ahí.” Aunque generalmente suelo coincidir con Santiago allí donde difiere de las opiniones del escritor, aquí debo darle bastante razón al segundo. El líder de Vox cree que para animar a las parejas a tener más hijos pueden ser útiles los incentivos fiscales o las medidas de conciliación de la vida laboral y familiar. Sin desdeñar tal cosa, coincido con Dragó en que esto no bastará. Sin embargo, es verdad que tales medidas, más que por su eficacia directa, pueden tener un efecto pedagógico considerable. La ley es maestra. En ello parece confiar Abascal: “No creo que [la actual] sea una generación perdida. De hecho, son los jóvenes los que más nos apoyan. El efecto de esa estrategia tardará en hacerse sentir, pero creo que el Estado tiene medios suficientes para salir airoso.

El libro trata muchos más temas. Significativa es la sintonía entre Abascal y Dragó sobre el derecho a la vida, y por tanto en su crítica del abortismo. Pero no deseo extenderme más. Santiago Abascal. España vertebrada, es una excelente elección para el 23 de Abril, Día del Libro, aunque por supuesto recomiendo adquirirlo ya, a quien no lo haya hecho. Un libro donde se apuntan reflexiones en profundidad, algo muy de agradecer en medio de la zafia charlatanería que algunos confunden con el debate ideológico, y que Vox ha venido felizmente a superar.

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