Machismo sutil y otros cuentos

Un artículo de El Mundo titulado Anatomía de las 101 ‘manadas’ ofrece ciertos datos significativos. En los últimos tres años han actuado en España 101 “manadas” o agresores sexuales en grupo, de los cuales el 31 % son españoles, un 49 % extranjeros y el resto no está determinado. Por nacionalidades, destaca el 22 % de magrebíes.

Si tenemos en cuenta que en nuestro país hay un 10 % de extranjeros, y en particular un 1,6 % de magrebíes, las conclusiones son claras. La proporción de inmigrantes miembros de esos grupos delictivos es al menos cinco veces superior a su ratio respecto a la población total. En el caso de los magrebíes, catorce veces mayor, aproximadamente.

De esto se desprende claramente que el fenómeno de las agresiones sexuales en grupo no se puede comprender sin tener en cuenta la inmigración, y en especial la de procedencia islámica. En árabe existe incluso la palabra taharrush, que designa un “juego” de violación y humillación en grupo, del que generalmente se hace víctima a una mujer de conducta occidental.

Sin embargo, el periodista, pese a reconocer que la sobrerrepresentación de ciudadanos magrebíes y extranjeros en general como autores de estos delitos es “muy ocultada”, dedica prácticamente todo el artículo a recabar explicaciones que sortean la incómoda realidad del choque cultural, para culpabilizar a un supuesto machismo generalizado de la sociedad española.

Especialmente reveladoras son las palabras de la psicóloga Bárbara Zorrilla: “La revolución sexual se ha vuelto contra las mujeres porque la sociedad española sigue siendo machista.” Cualquiera diría que si la revolución sexual no ha traído los beneficios que prometía, la culpa es de la propia revolución, pero ¿qué sabremos los no iniciados?

Me he acordado de un breve cuento de Pere Calders titulado “Invasió subtil”. El narrador asegura haber conocido, en una localidad catalana, a “un japonés desconcertante, que no se parecía en ningún aspecto a la idea que yo tenía formada de esta clase de orientales”. En efecto, se trataba de un individuo que no presentaba ojos rasgados ni piel amarillenta, que hablaba un catalán sin acento extranjero, vestía como un occidental y se dedicaba a vender santos de Olot. Tras esta descripción, la mujer del narrador le pregunta de dónde ha sacado que ese hombre es japonés… El narrador reconoce, no sin desdeñar la “candidez” de su mujer, que nadie se lo ha dicho, pero que los detecta enseguida. Y termina expresando su inquietud por la habilidad de los nipones para camuflarse entre nosotros.

La corrección política trasluce una lógica paranoica similar. No hay dato, indicio ni evidencia que le pueda desengañar de que vivimos en una sociedad intrínsecamente machista.

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