Los tres problemas existenciales de España


Desde que Pedro Sánchez hizo de la exhumación de Franco el tema estrella de su legislatura, hemos escuchado muchas veces aquello tan socorrido de que “esto no es lo que preocupa a los ciudadanos”.

En efecto, si atendemos a las encuestas, lo que preocupa a los españoles, a gran distancia de cualquier otro asunto, es el paro: un 39 % considera que es el problema más importante y un 60,6 % lo coloca entre los tres mayores problemas. Luego les siguen “los políticos en general” y “la corrupción y el fraude”. (Barómetro del CIS de febrero.) Ahora bien, una cosa es que a los ciudadanos les inquiete mucho más el paro o la corrupción que el separatismo o los debates sobre la “memoria histórica”, y otra cosa bien distinta es que sean indiferentes ante estos temas, e incluso que no les apasionen mucho más, aunque ello parezca contradictorio con sus respuestas al CIS.

Las encuestas tienden a magnificar los asuntos económicos, porque afectan especialmente a la vida cotidiana, pero lo que motiva a la gente, aquello sobre lo que le gusta hablar y discutir, suelen ser otras cosas: el fútbol, los cotilleos, y también el separatismo catalán, la inmigración o la inseguridad ciudadana.

Por eso, cuando Javier Maroto asegura que el PP es el partido que más seriamente aborda la principal preocupación de los españoles, el desempleo, dice probablemente algo cierto, pero al mismo tiempo revela por qué no hacen más que perder votantes. No es sólo por la corrupción, que también, sino porque al reducirlo todo a economía, al conformarse con su gris ambición de gestores, el PP deja en un mezquino segundo plano gran parte de lo que nos hace humanos: creencias, principios y valores.

Permítanme ahora decirles cuáles son en mi opinión los tres grandes problemas de España. Los desarrollaré en orden de importancia creciente, aunque el que menciono en primer lugar sea sin duda el más acuciante en estos momentos.

1. La amenaza de disgregación territorial
No me refiero solamente al separatismo catalán, aunque sí especialmente. La crisis de Cataluña es sin duda la más grave que ha sufrido nuestro país en los últimos cuarenta años, como mínimo. Pero no se trata de un fenómeno aislado, sino que comparte su origen con el nacionalismo vasco y las tendencias diferenciadoras en otras regiones, algunas incluso promovidas desde los gobiernos autonómicos por partidos supuestamente nacionales, como es el caso del PP en Galicia.

El objetivo final al que tienden estos movimientos centrífugos, tanto los más planificados y agresivos como los más aparentemente inofensivos (pienso en absurdos como la promoción del bable u otras hablas regionales a la categoría de idiomas oficiales), es la destrucción de la Nación, al menos tal como se ha organizado en los últimos cinco siglos. Y esto tendría dos consecuencias principales. La primera, que los 46 millones de españoles, al dejar de estar unidos, seríamos mucho más débiles y vulnerables frente a intromisiones de potencias extranjeras y poderes trasnacionales.

La segunda consecuencia es que al romperse la continuidad histórica de la nación, el conocimiento de nuestro pasado dejaría de transmitirse, hasta convertirse en ininteligible para las generaciones futuras, con la pérdida espiritual inconmensurable que ello supone. La nación española es una de las más importantes e influyentes de toda la historia, sin la cual no puede comprenderse el devenir de Occidente. Fue una de las más romanizadas y cristianizadas, la que frenó el avance del islam tras largos siglos de luchas, la que descubrió el Nuevo Mundo y trasplantó a él nuestra civilización, la que más luchó por mantener unida la cristiandad y, ya en el siglo pasado, logró evitar la victoria del comunismo en un país de Europa occidental.

Las tendencias disgregadoras de nuestra nación tienen su origen primero en la Leyenda Negra y la mitología izquierdista, es decir, en propagandas al servicio de poderes extranjeros e ideologías totalitarias, que los propios españoles hemos acabado interiorizando. Al dejar de sentirnos legítimamente orgullosos de nuestra Nación (lo que no excluye la honrada autocrítica, uno de los rasgos con los que España también ha contribuido a la cultura occidental), hemos abonado el terreno para que arraiguen fanáticos racistas e hispanófobos como Sabino Arana, Arzalluz, Pujol, Puigdemont o Torra.

Ahora bien, la causa próxima o eficiente de los nacionalismos disgregadores es sin duda el Estado autonómico, el mayor defecto de diseño de la Constitución del 78. Porque se requiere ser muy ingenuo, o estar muy ciego, para no ver que si en Cataluña hay actualmente dos millones de independentistas es porque durante cuarenta años ha habido unos gobernantes autonómicos con el control de competencias estatales básicas, desde la Enseñanza hasta la Seguridad, así como de los medios de comunicación públicos y buena parte de los privados.

2. La amenaza de la islamización
Si la destrucción de la Nación española es la amenaza más inminente que se cierne sobre nosotros, hay otra aún peor, y es que no sólo se pierda España, sino que los habitantes de la Península Ibérica y los archipiélagos canario y balear dejen de pertenecer a la cultura occidental, en unas pocas generaciones. Que nuestra civilización se vea reemplazada por otra basada en una religión que es mucho más que una religión: todo un orden sociopolítico, que establece desde prescripciones alimentarias obligatorias hasta la subordinación de la mujer al hombre, pasando por la eliminación de la libertad de pensamiento y la entera sustitución de nuestros códigos civil, penal e incluso mercantil. Por no hablar de la reducción de los cristianos a una minoría expuesta a vejaciones y persecuciones como las que padecen en numerosos países islámicos y totalitarios.

Suena a pesadilla distópica, pero lo que está sucediendo en otros países europeos, empezando por nuestro vecino francés, es una advertencia imposible de ignorar. Sobre las causas de este problema, y para no extenderme, baste apuntar tres: Primero, la progresiva descristianización de Europa, un proceso de siglos que ha generado un vacío espiritual apto para ser ocupado por una religión foránea. Segundo, las políticas multiculturales que favorecen coordinadamente la ONU, organizaciones como el entramado del magnate George Soros y gobiernos como el de Angela Merkel. Y tercero, el derrumbe de la natalidad europea, que es también el mayor problema de España, del que me ocupo seguidamente.

3. La amenaza de extinción
La infranatalidad de la sociedad española es el problema existencial por antonomasia. Malo es que España deje un día de existir como nación, malo sería que nuestros descendientes dejen de ser mayoritariamente cristianos, en el más amplio sentido cultural del término; pero lo más irremediable de todo es sencillamente dejar de ser en sentido absoluto, tras un agónico invierno demográfico de siglos, que ya estamos experimentando. A esa nada nos dirigimos, con matemática implacabilidad, si un gran porcentaje de mujeres fértiles siguen por más tiempo sin tener hijos, o se conforman con tener uno solo.

Es común explicar la baja natalidad por causas económicas, como el desempleo, la precariedad laboral o las dificultades de conciliación. En realidad, estos son pretextos para eludir la verdadera naturaleza del problema y no enfrentarnos a verdades incómodas sobre nosotros mismos. Prueba de ello es que ninguno de los países con menores tasas de paro, como Japón, Alemania, Estados Unidos, Holanda, Reino Unido, Austria, Suiza, etc., alcanzan tampoco tasas de natalidad suficientes para asegurar el reemplazo generacional.

Las causas de la baja natalidad son de orden moral y cultural. Nadie dijo nunca que tener hijos y criarlos fuera fácil, pero muchos deciden ser padres a pesar de las dificultades, y si realmente el tener descendencia fuera un objetivo vital prioritario de nuestra sociedad, lo harían muchos más. Trágicamente, hace tiempo que ha dejado de serlo, y ello está relacionado, mucho más que con aspectos económicos, con la crisis de la familia provocada por la revolución sexual de los años sesenta. Sin la perspectiva de familias estables compuestas por los dos progenitores biológicos, apoyándose mutuamente, cada vez más mujeres y hombres se abstienen de tener hijos o se limitan al hijo único.

El feminismo radical, el homosexualismo y sobre todo el abortismo (la forma más siniestra de antinatalismo), frutos de esa revolución sesentayochista, no hacen más que codificar esta cultura de hedonismo nihilista, cuya máxima aspiración es la búsqueda del placer, el bienestar y la autorrealización individuales, sin sentimientos de culpa, sin responsabilidad ni compromisos firmes.

Es vital llevar a cabo la crítica y el desenmascaramiento de esta ideología denominada “progresista”, que prácticamente se ha convertido en la nueva religión de Estado. Una religión política que si bien choca frontalmente con el islam, de manera paradójica podría situarnos a los pies de los caballos de esta religión medieval. La disgregación territorial de España no haría más que acelerar el proceso. El ser o no ser de nuestra nación, el de nuestra cultura y el de nuestra descendencia están estrechamente relacionados, y me temo que cada vez lo apreciaremos con más dolorosa claridad.

No quiero concluir sin una nota de esperanza: la triple crisis existencial en la que nos encontramos es la razón profunda que explica el ascenso de un fenómeno político como Vox, un partido en el que no por casualidad convergemos todos los que deseamos preservar no sólo la unidad de España, sino la cultura judeocristiana y el orden espontáneo de la familia y la propiedad privada.

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