La sociedad aduladora

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Ayer “los jóvenes” se manifestaron en contra del cambio climático. Ya empezamos mal cuando adoptamos el lenguaje de ciertas organizaciones políticas convirtiéndolas en las representantes de “los jóvenes”, “los estudiantes” o “las mujeres”, como si se tratara de colectivos en los que todos piensan igual, excepto tal vez algunos individuos alienados que no saben cuáles son sus verdaderos intereses, como sí lo saben la ONU, los gobiernos y las grandes multinacionales.

Bastaba sintonizar cualquier canal televisivo, en esta maravillosa pluralidad que nos hemos dado, para ver a niños de corta edad repitiendo como adiestrados loritos lo que sus educadores les habían enseñado. Les ahorraré ejemplos de eslóganes y consignas tontas. Eran del estilo de “Sólo tenemos un planeta” y otras cursiladas sonrojantes.

Bien es cierto que la voz cantante la llevaban niños más creciditos y adolescentes, aunque tampoco crean que ello redundaba en la gran originalidad de sus proclamas. Lo que no dejaba de llamarme la atención es el tono sistemáticamente adulador con el cual periodistas y políticos se referían a esos jóvenes. Lo que venían a decirnos es que debíamos tomárnoslos muy en serio, que nos estaban dando una lección de “compromiso” y “responsabilidad”.

Por supuesto, estas muestras de adulación no fueron una peculiaridad del día de ayer. Son constantes, y el ecologismo es sólo un pretexto ocasional. Cada día le estamos diciendo a la juventud que es la generación más preparada de la historia y que se merece lo mejor, por el mero hecho de existir. Que los adultos tenemos más que aprender de los jóvenes que no al revés, y que deben ser rebeldes. Nótese el carácter contradictorio de esta última oración: “Sed rebeldes” es exactamente algo tan paradójico como decir: “¡Obedece: no seas obediente!”

Tanto halago no es en absoluto desinteresado. Sabemos todos por la propaganda comercial que quien quiere vendernos algo empieza por darnos coba, o sea por mentirnos agradablemente. Decirle a los jóvenes, o a quienes pretenden representarlos, que sus propuestas son enormemente originales e inteligentes es engañarlos, especialmente cuando son meros ecos de las directrices de organizaciones burocráticas y corporativas muy poderosas.

Decirle a los jóvenes que no tienen que pasar por empleos “precarios” (contratos temporales, de prácticas, etc.) ni desplazarse fuera de su provincia para adquirir experiencia laboral, es engañarlos también. Y sobre todo es engañarlos decirles que están sobradamente preparados, que los adultos no tenemos apenas nada que enseñarles, pues ellos se manejan mejor con YouTube e Instagram que sus padres. Son halagos enormemente dañinos porque desincentivan mejorar, aprender, disciplinarse y esforzarse: crecer, en suma. Promueven el infantilismo, además de la queja y la victimización, fácilmente instrumentalizables por los políticos.

La adulación no se ceba sólo en los jóvenes. Se trata de una técnica de manipulación política que se emplea de forma sistemática y general. Pondré dos ejemplos más. El primero, las mujeres. Bajo promesas de supuesta liberación, se las orienta sutilmente a que sean más productivas para el sistema. Menos tener hijos y dedicarse al hogar, tareas de rango inferior, y más rendir, más competir profesionalmente. Más interesarse por carreras de ingeniería, por deportes bruscos, por conducir maquinaria pesada y dirigir empresas. Quienes tanto liberan a la mujer no hacen otra cosa que decirle lo que tiene que hacer, incluso lo que le tiene que gustar y lo que tiene que desear.

El segundo ejemplo son los inmigrantes. De maneras más o menos implícitas, se les transmite el mensaje de que llegan aquí pertrechados de numerosos derechos y muy escasas obligaciones. De que es la sociedad de acogida la que les debe algo, encontrarles un empleo o incluso garantizarles unos ingresos mínimos sin trabajar. De que su cultura y sus costumbres son respetables sin más, sean las que sean, mientras que no puede decirse lo mismo de la cultura europea, manchada de colonialismo y racismo.

El resultado es que los extranjeros, y me refiero especialmente a los de origen musulmán, acaban encontrando pocos motivos para integrarse, porque más bien se les disuade de ello. Pero este inmigrante no integrado es terreno abonado para el resentimiento. Como más se le anima a reclamar derechos y seguir encerrado en su cultura, más acaba odiando a la sociedad anfitriona, que no le da todo lo que le han hecho creer que le corresponde, y en la cual no puede dejar de sentirse eternamente un extraño.

El complemento inseparable del halago es que quien no te adula como yo es malvado, no te quiere, es tu enemigo: o sea, el autoritario, el fascista, el machista, el xenófobo. Probablemente sea ésta la principal función política de la adulación: atraer, mediante el viejo procedimiento de ofrecer protección y amparo, siervos agradecidos.

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2 comentarios sobre “La sociedad aduladora

  1. El imbécil juvenil
    Olavo de Carvalho
    Jornal da Tarde, 3 de abril de 1998
    He creído ya en muchas mentiras, pero hay una a la que siempre he sido inmune: la que exalta la juventud como una época de rebeldía, de independencia, de amor a la libertad. No he dado crédito a esa sandez ni siquiera cuando, siendo yo joven, me lisonjeaba. Todo lo contrario, desde muy pronto me impresionaron enormemente, en la conducta de mis compañeros de generación, el espíritu de rebaño, el temor al aislamiento, el servilismo a la voz cantante, el ansia de sentirse iguales y aceptados por la mayoría cínica y autoritaria, la disposición de rendirse a todo, de prostituirlo todo a cambio de una insignificante plaza de neófito en el grupo de los “tíos guay”.
    El joven, es cierto, se rebela muchas veces contra sus padres y profesores, pero es porque sabe que en el fondo están de su parte y jamás responderán a sus agresiones con fuerza total. La lucha contra los padres es una comedia, un juego de naipes marcados en el que uno de los contrincantes lucha por vencer y el otro por ayudarle a vencer.
    Muy diferente es la situación del joven ante los de su generación, que no tienen con él las condescendencias del paternalismo. En vez de protegerle, esa masa ruidosa y cínica recibe al novato con un desprecio y una hostilidad que le hacen ver, en seguida, la necesidad de obedecer para no sucumbir. De sus compañeros de generación es de donde adquiere la primera experiencia de enfrentamiento con el poder, sin la mediación de esa diferencia de edad que da derecho a descuentos y atenuantes. Es el reino de los más fuertes, de los más descarados, el que se afianza con toda su crudeza sobre la fragilidad del recién llegado, imponiéndole pruebas y exigencias antes de aceptarlo como miembro de la horda. A cuántos ritos, a cuántos protocolos, a cuántas humillaciones se somete el postulante, para escapar de la perspectiva aterradora del rechazo, del aislamiento. Para no ser devuelto, impotente y humillado, a los brazos de su madre, tiene que aprobar un examen que le exige menos valor que flexibilidad, que capacidad de amoldarse a los caprichos de la mayoría – la supresión, en definitiva, de la personalidad.
    Es cierto que se somete a eso con placer, con el anhelo de un apasionado que hará de todo a cambio de una sonrisa condescendiente. La masa de los compañeros de generación representa, en resumidas cuentas, el mundo, el gran mundo en el que el adolescente, emergiendo del pequeño mundo doméstico, pide la entrada. Y la entrada cuesta cara. El candidato debe, en seguida, aprender todo un vocabulario de palabras, de gestos, de miradas, todo un código de señas y símbolos: el mínimo fallo le expone al ridículo, y la regla del juego es generalmente implícita, teniendo que ser adivinada antes que conocida, copiada antes que adivinada. El modo de aprendizaje es siempre la imitación – literal, servil y sin discusión. La entrada en el mundo juvenil dispara a toda velocidad el motor de todos los desvaríos humanos: el deseo mimético del que habla René Girard, en el que el objeto no atrae por sus cualidades intrínsecas, sino por ser simultáneamente deseado por otro, al que Girard llama el mediador.
    No es de extrañar que el rito de entrada en el grupo, al costar una inversión psicológica tan elevada, acabe por llevar al joven a la completa exasperación impidiéndole, al mismo tiempo, descargar de vuelta su resentimiento sobre el grupo mismo, objeto de amor que se oculta y que por eso tiene el don de transfigurar cada impulso de rencor en un nueva embestida amorosa. ¿Hacia dónde se revolverá, entonces, el rencor sino hacia la dirección menos peligrosa? La familia surge como el chivo expiatorio providencial de todos los fracasos del joven en su rito de transición. Si no logra ser aceptado en el grupo, lo último que se le ocurrirá es achacar la culpa de su situación a la fatuidad y al cinismo de quienes le rechazan. En una cruel inversión, la culpa de sus humillaciones no será atribuida a los que se niegan a aceptarlo como hombre, sino a los que lo aceptan como niño. La familia, que le ha dado todo, pagará por las maldades de la horda que se lo exige todo.
    A eso es a lo que se reduce la famosa rebeldía del adolescente: amor al más fuerte que le desprecia, desprecio al más débil que le ama.
    Todas las mutaciones se dan en la penumbra, en la zona indistinta entre el ser y el no-ser: el joven, en tránsito entre lo que dejó de ser y lo que no es todavía, es, por desgracia, inconsciente de sí mismo, de su situación, de las autorías y de las culpas de cuanto pasa dentro y alrededor de él. Sus juicios son casi siempre la completa inversión de la realidad. Ése es el motivo por el que la juventud, desde que la cobardía de los adultos le dio autoridad para mandar y desmandar, ha estado siempre a la vanguardia de todos los errores y perversidades del siglo: nazismo, fascismo, comunismo, sectas pseudo-religiosas, consumo de drogas. Son siempre los jóvenes los que están un paso al frente en la dirección de lo peor.
    Un mundo que confía su futuro al discernimiento de los jóvenes es un mundo viejo y cansado, que ya no tiene ningún futuro.

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  2. Jóvenes paranaenses
    Olavo de Carvalho
    Folha de Londrina, 26 de abril de 2003

    La importancia de la humildad en el aprendizaje era ya resaltada, en la Edad Media, por Hugo de San Víctor, uno de los mayores educadores de todos los tiempos. Humildad, en el fondo, no significa nada más que sentido de lo real. El culto universal a la juventud ha obscurecido esa verdad obvia hasta el punto de que todo el mundo considera natural el esperar que, a los quince o dieciocho años, un individuo tenga opiniones sobre todas las cosas y que, milagrosamente, sean más acertadas que las de sus padres y abuelos. El resultado de esa creencia generalizada es desastroso: todos los movimientos totalitarios y genocidas de los últimos siglos — comunismo, nazismo, fascismo, radicalismo islámico, etc. — fueron creaciones de jóvenes, y sus militantes fueron reclutados sobre todo en las universidades.

    El culto a la juventud conlleva, como uno de sus elementos esenciales, el desprecio por el conocimiento: si al salir de la adolescencia el individuo ya tiene en la cabeza todas las ideas seguras, ¿para qué seguir estudiando?

    En Brasil, ese prejuicio ha arraigado tan profundamente, que parece ya imposible extirparlo. El efecto de eso es que millones de jóvenes, incapacitados para percibir las realidades más obvias, se creen investidos con el derecho divino de juzgar todas las cosas, los hombres y los acontecimientos. Además del conocimiento, les falta a veces hasta ese mínimo de integración de la conciencia, sin el que un individuo ni siquiera puede argumentar de manera razonable. Su pretensión arrogante contrasta tan deplorablemente con su falta de recursos intelectuales, que ningún educador dotado de sentido común se atrevería a enseñarles sea lo que fuere.

    Rarísimos estudiantes, hoy día, saben distinguir los principios generales de las decisiones sobre acontecimientos específicos. Adoptan una opinión sobre esto o aquello, sobre la homosexualidad, sobre la guerra en Irak, y la convierten inmediatamente en un principio universal, sacando de ella conclusiones que contradicen los propios principios de la lógica o del derecho en los que, no obstante, siguen basándose para razonar sobre todo lo demás. La “autodeterminación de los pueblos”, por ejemplo, es usada para justificar la soberanía de Sadam Husein, al mismo tiempo que se deja de aplicar a la minoría curda, y es casi imposible mostrar al que habla que ahí existe una contradicción. En casos como ése, una opinión política particular es colocada por encima de los principios fundantes del propio raciocinio, de tal forma que una persona neurológicamente normal acaba teniendo el ejercicio cerebral de un mongólico. El otro día encontré en internet un site de jóvenes homosexuales que demonizaban a los EUA, tierra de promisión del movimiento gay, y defendían entusiásticamente las dictaduras islámicas, en las que la homosexualidad es un delito castigado con la muerte. En la antigua retórica grecolatina, eso se llamaba “argumento suicida”, como en el caso de un judío que hiciese propaganda nazi. El argumento suicida era tan raro que los manuales de retórica casi ni lo mencionaban. Hoy día se ha convertido en la cosa más normal del mundo y, en las conversaciones de los estudiantes brasileños, casi en un paradigma. Los ejemplos que he citado son sólo dos entre miles. La juventud, cuanto más lisonjeada es por los padres y educadores, más se vuelve estúpida e incapaz, anunciando una madurez de resentidos, fracasados y envidiosos.

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