A otro perro con ese hueso

Los artículos que nos advierten sobre lo que eufemísticamente llaman “dividir el voto de derechas” seguirán arreciando de aquí al 28 de abril. Todos ellos coinciden en desaconsejar, de manera más o menos descarada, el voto a Vox, por lo cual cabe recelar de sus auténticos motivos. ¿Por qué no concentrar el voto en este partido en lugar del Partido Popular, si verdaderamente lo único que quieren es que la derecha obtenga más escaños que la izquierda?

Por supuesto, es legítimo y respetable que a uno le guste más el PP que Vox. Pero disimular esta predilección tras cábalas aparentemente pragmáticas, basadas en encuestas discutibles, es hacer trampa.

Por lo demás, esta treta resulta poco convincente, después de las elecciones andaluzas del 2 de diciembre. Comparando estos comicios con los de la misma comunidad autónoma celebrados en 2015, salta a la vista un hecho: que el incremento de los votos sumados del PP, Cs y Vox (cerca de 355.000) fue similar a la espectacular ganancia obtenida por Vox, unos 378.000 votos más que tres años antes, cuando cosechó sólo 18.000 y pico. Es decir, no se trató de un juego de suma cero, en el que tres partidos se limitaron a repartirse los mismos votos, sino que se dio una ganancia neta; y fue gracias a Vox.

Sin embargo, los números no son lo más importante. Admitamos que votar a Vox no garantiza absolutamente una mayoría suficiente para desbancar a Sánchez. Pero votar al Partido Popular o a Ciudadanos tampoco. En cambio, dar el voto a Vox puede no sólo permitir que gobierne la derecha, sino algo mucho más ambicioso: que el cambio no se limite a unas gotas de liberalismo económico, asumiendo el paisaje cultural de la izquierda, sino que por vez primera se defiendan, con políticas reales y no mera retórica, los valores liberal-conservadores: defensa de la unidad y la soberanía nacionales, de la familia natural y de la libertad individual frente al colectivismo de género y el estatalismo.

Vox es quizás la última esperanza de una resistencia efectiva contra una ingeniería social progresista que, en las últimas tres décadas, ha ido adquiriendo tintes totalitarios, demonizando cualquier discrepancia y ocupando todos los espacios institucionales y comunicativos.

Vox no ha venido a usufructuar algo tan volátil como un mero sentimiento de protesta o hartazgo. Vox defiende un programa con raíces intelectuales y morales mucho más hondas que las burdas explicaciones psicologistas con las que se pretende encasillar, cuando no denigrar, a sus simpatizantes, ciudadanos que habíamos estado huérfanos de representación política hasta ahora. Por eso, a los que se empeñan en asustarnos afirmando que votar a Vox es votar a Sánchez, les invitamos a ir a otro perro con ese hueso.

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