Vox y los límites de la política

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Lo que más me gusta de Vox es que resume con solo tres letras mis ideas políticas. En lo que sigue trataré de desarrollar esta frase.

Toda concepción política implica una cierta idea de la libertad, y derivadas de ésta, unas ciertas ideas del orden y la justicia. Algunos entienden libertad como desinhibición, como el poder de satisfacer los propios deseos. En consecuencia, definirán el orden como un mero intento de conciliar la libertad de cada uno con la de los demás, y la justicia como todo aquello que contribuye a hacer posible un máximo de libertades.

Tal idea de libertad conduce lógicamente al progresismo: a concebir la Historia como un proceso indefinido de liberación de todo aquello que supone una traba o un obstáculo para la libertad. Entre estas trabas a la plena emancipación se incluyen no solo las instituciones políticas y económicas, sino la religión, el patriotismo (“Imagine no religión, no countries”, canta Lennon), las costumbres e incluso la naturaleza. Paradójicamente, el progresismo tiende al determinismo: al concebir la libertad como mero poder, la convierte en una fuerza que se justifica por sí misma y contra la cual es absurdo oponerse.

Mi idea de la libertad es mucho menos ambiciosa. No creo que la desinhibición sea por sí misma un valor, algo bueno, simplemente porque nos gusta. Desde que nacemos odiamos la menor frustración, pero ahí están nuestros padres para enseñarnos que la renuncia, hasta cierto punto, es necesaria, que no todo lo que queremos es conveniente que se realice. Así que mi noción de libertad como valor es poder hacer lo que está bien, guiado por la razón, no por la emoción. Hacer lo que nos dé la gana es también libertad, sin duda, pero no es un valor.

Trasladado a la esfera política, esto significa que la libertad necesita del orden no meramente para solventar los conflictos con los otros, sino para fijarse sus objetivos, para plasmarse y no sólo convertirse en una fuerza ciega que arrolla todo lo que se interpone en su camino, sin saber muy bien a dónde se dirige. De ahí la concepción clásica de que la libertad es obedecer a las leyes, en contraposición a la arbitrariedad de la tiranía. O la concepción evangélica de que la libertad es obedecer a Dios, no a los hombres. “La verdad os hará libres.”

Siguiendo esta línea de razonamiento, para mí la justicia no se reduce a conceder más y más derechos, lo que a veces se plantea (engañosamente) como una búsqueda de igualdad. La justicia no es más que un determinado orden, el orden justo, que pone límites y objetivos a la libertad. El “dar a cada uno lo suyo” de Ulpiano, lo que incluye principalísimamente la protección del débil. El más débil sin discusión es el niño y, aún más, el ser humano durante la gestación en el útero materno. También son débiles el enfermo y el anciano. Después hay muchos falsos débiles, que aspiran a ese estatus sólo como justificación de privilegios, disfrazados de igualitarismo.

Conocida es la crítica esencial que el progresismo hace de la concepción clásica de la libertad: ¿Quién define lo que está bien y lo que está mal? ¿Los teólogos, los obispos? El progresismo, desde la sofística griega, contra la cual se enfrentó Sócrates, ha recurrido siempre al relativismo (Protágoras: “El hombre es la medida de todas las cosas”) para desacreditar toda idea de la moral y la política que quiera fundar el valor en algo distinto de la libertad-poder.

Hay que conceder que, humanamente, el problema no tiene solución. Sin una autoridad es imposible el acuerdo sobre casi nada. Pero la autoridad, para no ser arbitraria, en última instancia sólo puede tener una justificación trascendente. En algún momento debemos reconocer: Esto no lo puedo demostrar, pero lo creo. Ahora bien, defender la existencia de una autoridad espiritual no tiene nada que ver con la teocracia, sino más bien al contrario: sólo puede haber autoridad espiritual si la separamos de la política. De otro modo, la segunda siempre acaba absorbiendo a la primera, que es lo que ocurre en los países islámicos, pero también, de manera más sutil, en los Estados progresistas, que tienden a establecer un pensamiento único, una “religión laica” de Estado, valga el oxímoron.

Creo que no es difícil demostrar que en el programa de Vox subyacen las abstracciones aquí esbozadas. El partido presidido por Santiago Abascal defiende con mayor consistencia que ningún otro el liberalismo clásico: la defensa de la libertad individual frente a la arbitrariedad que suponen el expolio fiscal, los excesos regulatorios y las imposiciones totalitarias de la ideología de género, la memoria histórica y los nacionalismos separatistas. Asimismo, Vox defiende un orden justo: la protección de los más débiles, los no nacidos y la infancia; pero también la defensa de las fronteras y el apoyo a la labor de la policía y las Fuerzas Armadas, es decir, todo aquello que protege nuestro modo de vida, enraizada en la cultura antigua clásica y el cristianismo.

Se podría pensar que el Partido Popular también defendía, y quizás defiende aún, principios similares. La experiencia demuestra otra cosa, que el PP se conformó, al menos desde los tiempos del propio Aznar, con ser un gestor del Estado del bienestar más o menos eficiente. Por eso su discurso pone siempre por encima de todo la creación de empleo. Indudablemente, el paro es el mayor problema estructural de la economía española, pero no es verdad que sea el más grave de nuestra sociedad. Mucho más debería preocuparnos el invierno demográfico, el avance del islam y los intentos de destruir nuestra nación. Es decir, aquello que no sólo tiene que ver con el bienestar material (aunque también, y en grado nada desdeñable) sino con los valores morales y espirituales por los que en definitiva vale la pena vivir y luchar.

Hasta aquí, las ideas políticas. Pero he dicho al principio que lo que más me gusta de Vox es el hecho de que las resuma con solo las tres letras de su nombre. Quiero señalar la radical modestia de esta preferencia. Voté a Vox ya en las elecciones europeas de 2014, única ocasión que tuve desde mi circunscripción electoral de Tarragona, donde no volvió a presentarse. Y me afilié en marzo de 2017, hará pronto dos años. Pero tengo muy claro cuáles son las limitaciones de la política. Desconfío instintivamente de quien pretenda transformar la sociedad, no soy de esos que albergan esperanzas excesivamente ingenuas en líderes ni gobernantes, ni mucho menos en paraísos terrenales.

En lo que sí creo es en la batalla de las ideas, las cuales –contra lo que sostiene el materialismo– gobiernan el mundo, para bien y frecuentemente para mal. Por eso dijo el inolvidable Jean-François Revel: “La première de toutes les forces qui mènent le monde est le mensonge.” Y contra la mentira sólo se puede luchar con la verdad, valga la trivialidad del aserto.

Hasta el 28 de abril abundarán las especulaciones, basadas en encuestas más o menos creíbles, sobre si la suma de los votos del PP, Cs y Vox podrá impedir la reedición de un “gobierno Frankenstein”, con un Pedro Sánchez apoyado por la extrema izquierda, los separatistas y los filoterroristas. Obviamente, deseo vivamente que la derecha consiga una mayoría suficiente para conjurar esa amenaza. Pero tampoco me hago excesivas ilusiones sobre las bondades de un gobierno presidido por Pablo Casado. En Andalucía, a menos de dos meses de las elecciones, ya estamos comprobando cómo el ejecutivo de Juan Manuel Moreno se escaquea de los compromisos firmados con la formación de Abascal. Ahora es el momento de que Vox haga valer su grupo parlamentario en la cámara autonómica para que el PP y Cs se retraten como lo que son: un mero condimento a elegir para el plato único socialdemócrata.

Todo indica que una situación similar puede reproducirse en la Cortes y el gobierno de la nación, a partir de mayo. Todas las encuestas auguran un resultado de Vox notable, aunque con un margen de variación muy grande. Pero incluso aunque no se lograra una mayoría de derechas, aunque nos enfrentáramos a cuatro desastrosos años de socialismo, que exista un grupo parlamentario en el Congreso defendiendo, argumentando y dando a conocer las ideas aquí expuestas, supera todas las expectativas que tenía hace escasos meses, antes de la grata sorpresa de las elecciones andaluzas del 2 de diciembre. Por eso el 28 de abril, después del anuncio de Vox de que se presentará en todas las circunscripciones, iré a votar con alegría y sin miedo alguno a los resultados.

cemvox

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Un comentario sobre “Vox y los límites de la política

  1. Excelente articulo.
    Me alegro de observar verdaderos ideólogos que sustentarán las bases de las sociedades justas después de ese mensaje celestial: “Por fin Mi Inmaculado Corazón Triunfará”. Esto fortalece los movimientos contrarevolucionarios de occidente. Dios quiera podamos ver la muerte de esa ideología que Fatima definió “esparcirá sus errores por el mundo”, refiriéndose al comunismo.

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