La inimitable ventaja de Vox

La izquierda y los separatistas, ante las elecciones del 28 de abril, tendrán la tentación de utilizar un discurso del miedo a la “ultraderecha”, en directa alusión a Vox, cuyos efectos ya se comprobaron en las pasadas elecciones andaluzas: El partido de Santiago Abascal, Ortega Lara y Ortega Smith pasó de cero a doce diputados.

Quizás más inteligente, para los intereses de Sánchez, Iglesias, Torra y demás, sea tratar de fundir al Partido Popular, Ciudadanos y Vox en una sola entidad ominosa, como la teratológica “derecha trifálica” con la que nos ha obsequiado la ministra Delgado.

Pero lo tienen realmente difícil, porque Vox es demasiado diferente de los otros dos. Es el único partido que critica sin tapujos el Estado autonómico, proponiendo su desmantelamiento. Es el único que propone derogar todo el funesto legado ideológico de Zapatero y es el único que está personado como parte en el Tribunal Supremo contra los líderes separatistas. No son diferencias retóricas, no es una cuestión de quién ondea más la bandera de España ni concluye todos sus eventos con el himno nacional. El PP nunca será Vox, aunque quisiera. Y en todo caso está claro que los Maroto, Feijóo, López Miras, Alonso, Sémper y Bonig no quieren.

De Ciudadanos ya ni hablamos… O mejor sí. Porque Albert Rivera hizo unas declaraciones inestimables para calibrar el abismo que le separa de Santiago Abascal. Se refería al tema del aborto, que Pablo Casado rescató fugazmente. El líder popular señaló que la baja natalidad no contribuye al sostenimiento de las pensiones, lo cual es tan verdad como que el aborto provocado es la violación del primero de los derechos humanos, el derecho a la vida, aunque este detalle se le olvidó mencionarlo. Sin embargo, incluso el enfoque economicista de Casado desagradó a Rivera. Dijo que temas como el aborto y otros son “debates ideológicos superados”, “del siglo pasado”, que ya están “consensuados”.

Esto es lo que Vox ha venido a cuestionar: la dictadura cultural del “consenso”, de los debates supuestamente cerrados, de las unanimidades impuestas. Para Rivera el aborto es un asunto “superado”, pero lo mismo podría decir del Estado autonómico o de las leyes de “género”. Y en nada se distingue de lo que sostiene el portavoz del PP vasco, Borja Sémper, cuando acusa a Vox de “romper los grandes consensos”. Pues sí, si al pensamiento único le queremos llamar consenso, Vox está aquí para romperlo.

Porque para empezar, el consenso es una gran mentira, no todos pensamos que el aborto sea un derecho ni un progreso, no todos creemos que nuestra sociedad sea estructuralmente machista ni que el Estado autonómico haya sido un éxito. Reabrir debates falsamente cerrados no es retroceder a nada. La verdad no entiende de épocas ni modas. Y sin verdad no hay libertad.

Naturalmente, esto contradice frontalmente la mitología progresista, un relato tejido con falaces “conquistas” ante las que no cabe admitir “ni un paso atrás”. El progresismo subvierte la relación entre verdad y libertad, subordinando la primera a la segunda. Como Fausto, proclama que “en el principio era la Acción”, e idolatra su fruto, ese hecho consumado que llama “conquista”.

Vox es el único partido que con sus propuestas, que se rebelan contra imposiciones falsamente irreversibles, pone en cuestión la entera cosmovisión progresista. Esta es su gran, su inimitable ventaja sobre todos los demás.

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