Retorno a la soberanía nacional

“Los países importan. Las organizaciones internacionales no representan a los ciudadanos, las naciones sí.” Son palabras de Mike Pompeo, secretario de Estado de los EE UU, pronunciadas hace menos de dos semanas en un cónclave de la globalización como es el Foro Económico Mundial de Davos.

Las reacciones periodísticas han sido las previsibles: el gobierno de Trump carga contra el multilateralismo (palabra de moda) y pretende revivir los demonios nacionalistas. Una columna de un diario de provincias (cuanto más pequeño el perro, más ladra) advertía incluso contra “el germen de la Tercera Guerra Mundial”.

En Europa diversos movimientos políticos, algunos de ellos desde los gobiernos, defienden la recuperación de unas soberanías nacionales que, según sostienen, han cedido demasiado ante la burocracia de Bruselas, por ejemplo en el control sobre sus fronteras o en leyes que afectan a la familia natural. Los medios los descalifican rutinariamente como populistas y ultraderechistas.

¿Tan atroz es la soberanía nacional? La Constitución de Cádiz rezaba: “La Nación Española es libre e independiente, y no es, ni puede ser patrimonio de ninguna familia, ni persona.” (Artículo 2.) Y proseguía en el siguiente artículo: “La Soberanía reside esencialmente en la Nación, y por lo mismo pertenece a esta conclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales.”

Es decir, por un lado la soberanía se establece en contraposición a cualquier poder que pretenda disponer del territorio, las vidas y las propiedades de sus habitantes al modo de un señor feudal. Por el otro, la soberanía (encarnada en un parlamento) se atribuye un poder legislativo a primera vista ilimitado, lo que nos lleva a entrever el peligro de que esa asamblea acabe ejerciendo un despotismo no muy distinto, por sus efectos, del ejercido por cualquier tirano.

La Constitución de 1812 parecía anticiparse a esta perversión de la soberanía, cuando inmediatamente, en el artículo 4, fijaba unos límites inviolables a la misma: “La Nación está obligada a conservar y proteger por leyes sabias y justas la libertad civil, la propiedad, y los demás derechos legítimos de todos los individuos, que la componen.”

Estas libertades individuales requieren una fundamentación que las constituciones posteriores suelen eludir (la gaditana aún reconocía al Dios cristiano, en su preámbulo, como el “Supremo Legislador de la Sociedad”) o que en todo caso, desde mediados del siglo XX, remiten a la Declaración de los Derechos Humanos, que a su vez también evitó cualquier tipo de reflexión metafísica o religiosa sobre sus fundamentos. Esto es un problema insoluble de toda teoría política estrictamente laica.

También la idea de que el poder procede de Dios, que restringía severamente la arbitrariedad legislativa de los reyes medievales, puede subvertirse, y de hecho es lo que sucedió con las monarquías absolutas, que fundaban en el derecho divino su pretensión de poder ilimitado. Pero como señaló Bertrand de Jouvenel en su magna obra Sobre el poder, la teoría de la soberanía popular es mucho más adecuada para el despotismo, porque mientras que la ley divina se presenta necesariamente como una ley eterna e inamovible, la “voluntad general” es móvil y cambiante. “El Poder usurpador tiene en este caso las manos libres; goza de mayor libertad y la libertad del Poder se llama «arbitrariedad».”

Ahora bien, quienes abogan por la gradual disolución de las naciones en la Unión Europea no conjuran este peligro, sino todo lo contrario, pues objetivamente están trabajando a favor de unas tecnocracias supranacionales mucho más difíciles de controlar democráticamente, y sobre todo mucho menos condicionadas intelectualmente, desde el momento que se desentienden de las raíces culturales de Europa (corroídas por el relativismo y la ideología de género) y se muestran débiles y complacientes frente al islam, una religión hostil a los valores del humanismo clásico y cristiano.

El retorno a la soberanía nacional puede que no sea inmaculado, y que en él haya mezcladas algunas motivaciones espurias, como las que posiblemente subyazcan al Brexit, por ejemplo. Pero en conjunto no se trata de un mero repliegue nacionalista, sino de una comprensible reacción en defensa de nuestra cultura occidental.

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Un comentario sobre “Retorno a la soberanía nacional

  1. Para abundar en esta brillante exposición, se me ocurre recomendar a los lectores del blog una revisión de la “Declaración de París”, firmada por personalidades eminentes del pensamiento europeo contemporáneo. Allí se dice, entre otras muchas cosas: “La verdadera Europa ha sido marcada por el cristianismo (…). No es ningún accidente que el declinar de la fe cristiana en Europa haya estado acompañado por renovados esfuerzos para establecer una unidad política, un imperio de dinero y de regulaciones, recubierto con sentimientos de universalismo psudorreligioso, que está siendo construido por la Unión Europea”.

    De nuevo, como se ve, la raíz del problema es teológica.

    Enhorabuena por tu entrada, plena de enjundia y clarividencia.

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