Sigan mintiendo sobre Vox

Preguntado por un periodista en TVE si los miembros de Vox se sienten de ultraderecha o extrema derecha, uno de los ideólogos de este partido, el profesor Francisco J. Contreras, dio una respuesta magistral, que vale la pena transcribir casi entera:

“No, claro que no, estas etiquetas no tienen ningún sentido; y además ya no funcionan… Las etiquetas, estas descalificaciones de facha, ultraderecha, racista, etcétera… durante mucho tiempo le han funcionado a la izquierda, era su forma de cerrar los debates… Una palabra-mordaza de éstas significa ‘el debate está cerrado, yo no quiero que se hable sobre esto’, y el rival se dejaba intimidar, efectivamente se callaba… Con nosotros esto no funciona, no nos callamos porque nos llamen racistas o ultras. Por supuesto no lo somos. Es una señal de la impotencia de la izquierda que sabe que lleva las de perder en los debates de fondo, como la dictadura del feminismo radical o la inmigración…”

(Vídeo. A partir del minuto 45.)

No sólo esas descalificaciones ya no funcionan sino que incluso parecen estar teniendo un efecto contrario al deseado por quienes abusan de ellas. La hostilidad de los medios hacia determinados políticos, partidos o discursos cada vez redunda más no en descrédito de éstos, sino de los propios medios, que han reducido sus grandilocuentes códigos deontológicos a un empeño obsesivo por inculcarnos la unanimidad progresista.

Muchos ciudadanos cada vez estamos más asqueados de que, desde instituciones políticas, económicas y de todo tipo nos traten como menores de edad o como elementos sospechosos a los que hay que “formar”, “concienciar”, “sensibilizar” y en definitiva “reeducar”, al estilo de los regímenes totalitarios.

No deja de ser sumamente revelador que quienes acusan a Vox de ultraderechista utilicen, a fin de justificar su aislamiento político, una expresión tan impúdica como “cordón sanitario”, con su obvia connotación pestilente y deshumanizadora, más propia del lenguaje político de los nazis (plagado de indecentes metáforas clínicas y biológicas) que del debate civilizado.

Cuando tus propuestas se basan en la más elemental sensatez, en el puro sentido común, quien las califica con términos infamantes se retrata él mismo. Limitar la inmigración masiva, combatir a las mafias de la inmigración ilegal, perseguir el extremismo islámico, ¿qué tiene que ver con el odio a los extranjeros?

Restaurar la igualdad ante la ley de hombres y mujeres, oponerse a la imposición coactiva del feminismo neomarxista, pretender que las ayudas públicas lleguen a las personas verdaderamente maltratadas y no a asociaciones radicales, proteger a hombres, mujeres, niños y ancianos de la violencia doméstica, ¿qué tiene que ver con el machismo?

Entender que la institución óptima para la sociedad es la familia natural, es decir, la convivencia estable del padre y la madre biológicos con sus hijos, como prácticamente todo el mundo pensaba no hace muchos años, ¿qué tiene que ver con el odio a los homosexuales?

En fin, proponer como hace Vox, un sufragio universal más proporcional, defender una mayor libertad educativa, blindar la independencia judicial, ¿qué tiene que ver con las actitudes autoritarias y antidemocráticas que se asocian con la ultraderecha y el fascismo?

La respuesta a estas preguntas es obviamente nada. Tan obvia es, que quienes insisten en propalar tales mentiras e infundios acaban atrayendo hacia Vox más votantes de los que disuaden. Por mí pueden continuar así.

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