Cinco años después

Hoy hace cinco años que Vox se presentaba en una rueda de prensa. ABC relegó la noticia, al día siguiente, a la página 29. Bajo una foto en la que aparecían los fundadores Santiago Abascal, José Antonio Ortega Lara e Iván Espinosa de los Monteros, entre otros, la breve nota comenzaba:

“Vox, el nuevo partido de centro-derecha abanderado por el exfuncionario de prisiones José Antonio Ortega Lara y por el exdiputado del PP vasco Santiago Abascal, propone acabar con el actual Estado autonómico…”

El redactor añadía que Vox abogaba por “regenerar la democracia, mantener una política antiterrorista firme y fomentar una economía libre…” y que la nueva formación “se pronunció en contra del aborto”.

Hermann Tertsch le dedicaba en el mismo periódico una clarividente columna, titulada “Vox o la conciencia perdida”. Ya desde el primer momento denunció el ninguneo que sufriría el nuevo partido durante los años siguientes, y apuntó, profético, que el PP acabaría necesitándolo: “Vox podría movilizar votos en la derecha decididos a no volver jamás al PP de Rajoy.” Que es lo que ha acabado ocurriendo en Andalucía.

Cinco años es lo que Vox ha tardado en romper el muro del silencio. Pero sobre todo han sido cinco años en los que ha madurado su mensaje. La percepción, quizás incluso la autopercepción, de que Vox era algo así como un “PP auténtico” lo lastró un tanto en sus primeros pasos. Esta concepción llevaba en sí misma la idea implícita de que el nuevo partido nacía con vocación de inmolación, de acabar siendo reabsorbido por un Partido Popular reencontrado con sus supuestas esencias.

Sin embargo, la idea más característica de Vox, que es la supresión de las autonomías, nunca la defendieron Fraga, Aznar, Rajoy ni ahora Casado. Al contrario, desde que el primero llegó a la presidencia de la Xunta de Galicia, el Partido Popular ha contribuido a acentuar lo peor del sistema autonómico, que es la exacerbación de lo diferencial, cuando no su invención, en lugar de lo que nos une.

En cambio, las diferencias entre el PP y Ciudadanos son meramente de matiz. El partido de Albert Rivera surgió aprovechando el espacio que le dejó el PP en la resistencia contra el nacionalismo catalán. Pero ambos comparten esencialmente la misma concepción del Estado autonómico y de una Europa federal, en la que los Estados nacionales ceden cada vez más soberanía. También ambos están muy cercanos, en la mayoría de temas, al “consenso socialdemócrata”.

Vox por el contrario no considera que la soberanía nacional sea un concepto caduco. Conecta con una tendencia mundial, que Trump ha llevado a su expresión más reconocible, de oponerse a un cierto concepto de la globalización, no desde presupuestos neomarxistas, sino de defensa de las clases medias y bajas frente a los planes de las elites progresistas que tratan de imponerles el multiculturalismo y la ideología de género.

Las dificultades que ha experimentado Vox desde 2014 han sido providenciales. Probablemente, si ya en las elecciones europeas de aquel año hubiera obtenido representación, no habría llegado a encontrarse a sí mismo. Ni en ese caso hubiera sido decisivo para acabar con el régimen socialista de Andalucía.

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