Quién odia a quién

Entre las consecuencias de la irrupción de Vox en la escena política hay una de tipo literario: la aparición de un subgénero entre periodístico y fantástico que podríamos llamar algo así como “Se empieza votando a Vox y se acaba en los campos de concentración”. O para abreviar: “Vox = nazis”.

El artículo arquetípico de este subgénero ya se puede fijar en sus rasgos generales, porque desde el 3 de diciembre pasado (el día después de las elecciones andaluzas) han proliferado los ejemplos. Dicho artículo arranca con una reflexión de tono pontifical sobre las emociones que inspiran a los grupos humanos; algunas nobles, como la solidaridad y la fraternidad, pero otras más oscuras, como el miedo, el resentimiento y el odio. Luego nos ilustran tal reflexión con el caso paradigmático: el surgimiento del fascismo y del nazismo en los años treinta del siglo pasado.

Seguidamente, sin apenas solución de continuidad, pasan a hablarnos de Vox, al que tachan de xenófobo, racista, machista, anticatalán y retrógrado, sin el menor análisis del contenido real de sus propuestas; lo relacionan con Trump, Salvino y Bolsonaro (a los que previamente se ha aplicado con profusión un parecido tratamiento estigmatizador) para dar más empaque global al asunto y terminan con una llamada a defender la democracia, puesta en peligro por estas fuerzas ominosas surgidas de las profundidades más tenebrosas de la psique humana, e invitando a todas las formaciones políticas, de manera más o menos explícita, a establecer un “cordón sanitario” contra los apestados, es decir, contra Vox.

No es una caricatura. He leído varios artículos que se atienen exactamente a este esquema. Uno de los últimos, el de Josep Carles Rius titulado “Vox, la política de l’odi” y publicado ayer sábado en el Diari de Tarragona, periódico provincial que parece haber encontrado en la defensa de los cordones sanitarios contra un partido democrático una manera de sentirse importante, algo así como El País en los tiempos en que marcaba la política nacional desde sus editoriales, para desgracia de España.

Sostiene Rius, siguiendo estrictamente la plantilla descrita, que Vox “se alimenta del odio con sus mentiras. Como los fascismos de siempre. Odio al inmigrante; odio a las mujeres que defienden sus derechos, odio a los catalanes que reclaman la independencia, odio a todos aquellos que no encajan con la visión arcaica y retrógrada de su España”. Luego afirma que este odio procede del franquismo (¡no podía faltar Franco!), y que deberíamos haber intuido que “el monstruo estaba aquí. Escondido, y que, tarde o temprano, despertaría.” Pero aún estamos a tiempo de evitar el mayor peligro, que es su “capacidad de expansión”. Aquí es donde nos dice que “no hay neutralidad posible” y que debemos librar la batalla decisiva por la democracia. En fin, un artículo canónico, como les decía.

El mismo día que se publicaba este alegato, miembros de Vox eran salvajemente agredidos en Zaragoza y en Barcelona por grupos de “antifascistas” y separatistas. Cerca del local donde Vox debía celebrar un acto aparecía una pintada amenazando con un tiro en la nuca a su presidente, Santiago Abascal. (Un político, habrá que recordarlo de nuevo, que ha vivido su infancia y juventud bajo la amenaza de ETA, al igual que su padre.) En otro acto del partido en Murcia, hace unas semanas, los ultraizquierdistas le gritaban a José Antonio Ortega Lara, uno de los fundadores de Vox: “¡Vuelve al zulo!” También se oyeron ahí cariñosas consignas del tenor de “¡Os mataremos como en Paracuellos!”

Ante estos hechos (salvo que queramos negarlos o atribuirlos a infiltrados o descontrolados, táctica también clásica de la izquierda) la pregunta razonable es ¿quién odia a quién? La respuesta obvia es que odian los que agreden, coaccionan y jalean a los violentos, como hizo el líder de Podemos Pablo Iglesias tras las elecciones andaluzas o como hace ese auténtico maestro del odio que es Joaquim Torra. O como el ultrafeminismo que criminaliza a los hombres en general, profana espacios religiosos (siempre cristianos, claro) para ofender creencias que no comparte y escupe su rabia en las redes sociales contra cualquiera (sea hombre o mujer) que ose disentir de sus delirios ideológicos.

Pero quiero ir más lejos. No es sólo que la atribución de odio esté malignamente invertida, que quien acusa de odio a Vox sea el que, a todas luces, alienta auténtico odio: es que éste es precisamente el Método. Si quieres movilizar la ira contra alguien, di que es culpable de un delito de odio, di que es él quien odia. Te ahorrarás así cualquier amago de mala conciencia; al contrario, podrás creerte incluso movido por los más nobles ideales.

Hoy no existe apenas otro discurso de odio que el de quienes acusan a otros de discurso del odio. Paradójico pero efectivo. La intención es clara: cerrar el sistema a cualquier disidencia, a la menor crítica. ¿Defiendes la familia natural formada por la unión estable del padre y la madre biológicos como lo mejor para los niños y para la sociedad? Eres un homófobo que perseguiría a los homosexuales si pudiera. ¿Defiendes que hombres y mujeres deben ser iguales ante la ley y que la Ley de Violencia de Género vulnera esa igualdad? Eres un machista que pretende que la mujer se encierre “en casa y con la pata quebrada”.

Insisto en que no estoy caricaturizando lo más mínimo: cosas como ésta y peores se han escrito. Y podemos seguir. ¿Defiendes la natalidad y el freno a la inmigración ilegal como opciones mucho más deseables que un reemplazo demográfico capaz de convertir nuestra cultura occidental en minoritaria? Eres un retrógrado religioso y un xenófobo. ¿Defiendes que los dirigentes separatistas que han violado la Constitución y empujado a las muchedumbres a obstruir las acciones de jueces y policías, con la complicidad de la policía autonómica, sean juzgados? Pues eres un catalanófobo.

Hasta ahora, no ha habido en España más odio y violencia relevantes que los ejercidos contra Vox y antes contra quienes han defendido la unidad de España y la libertad, muchos de ellos pagándolo con su vida a manos del terrorismo. Esta es la pura realidad.

Los juicios de intenciones infamantes sobre el partido de Abascal y Ortega Lara se revelan como meras injurias, a menudo aderezadas con burdas mentiras, con un fin bien concreto: intimidar a los miembros de Vox, a los políticos de otros partidos que puedan estar abiertos a pactar con ellos y a sus potenciales votantes. Todo ello no mediante argumentos y debate racional, sino recurriendo a la coacción y el escrache, siempre precedidos por el insulto, la sobreactuación político-mediática y la manipulación de los sentimientos de lectores y espectadores.

Hay que reconocer que el establishment progresista lo borda. Atribuye el odio a quienes desea que odiemos, del mismo modo que se cierra a toda crítica detentando el monopolio del pensamiento crítico. Como ha sentenciado Carlos Marín-Blázquez en su pequeña joya recién publicada, titulada Fragmentos: “A modelar unanimidades el sistema lo llama formar ciudadanos críticos.” Y a odiar con buena conciencia lo llama combatir el discurso del odio.

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2 comentarios sobre “Quién odia a quién

  1. Querido Carlos:

    Antes de llegar al final de tu artículo ya estaba pensando en enviarte un mensaje para calificarlo de excelente, valiente y lúcido. Ahora, además, me veo en el deber de mandarte un abrazo de gratitud.

    Le gusta a 1 persona

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