Lo que separa a Vox de Ciudadanos

Desde que Vox ha dejado de ser un partido extraparlamentario en Andalucía, están proliferando, entre quienes contemplan con escasa o nula simpatía su irrupción, gruesas comparaciones con Podemos, e incluso con los separatistas catalanes.

La comparación con Podemos se basa, aparte de en el calificativo de extremistas (que curiosamente se aplica raramente a la formación neocomunista) en que, de algún modo, ambas formaciones cuestionan la Constitución del 78. Sin embargo, esta superficial semejanza oculta dos diferencias radicales. La primera y más obvia es que Vox pretende eliminar el Estado de las Autonomías, mientras que Podemos defiende la redefinición de España como “estado plurinacional”.

La segunda diferencia, no menos importante, es que Podemos habla de “proceso constituyente” y de romper los “candados constitucionales”, con un lenguaje que calca de manera inquietante, aunque nada sorprendente, al del chavismo. En cambio, Vox defiende escrupulosamente el Estado de Derecho, y su compromiso con las vías constitucionales de reforma de la carta magna es por tanto inequívoco.

Algo análogo ocurre con la insidiosa e inverosímil comparación entre Vox y los separatistas catalanes. Ambos son acusados también de cuestionar la Constitución, aunque aquí la diferencia es aún más estridente, si cabe, que con el partido morado. Pues mientras éste no ha dado, por el momento, ningún golpe contra la carta magna, los Puigdemont, Junqueras y compañía sí lo han hecho. Y da la casualidad de que es Vox el único partido que se ha presentado como acusación popular contra los separatistas.

Pero la pretendida semejanza entre Vox y los separatistas tendría una argumentación algo más elaborada, aunque tampoco crean que mucho. Fue apuntada, a los pocos días de las elecciones andaluzas, por Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional y uno de los fundadores de Ciudadanos, en un artículo publicado en El País, titulado “Hipótesis sobre Vox”. Vale la pena extraer de ahí una cita algo larga:

“El primer rasgo [de Vox] es un nacionalismo español a la antigua, el propio de la derecha clásica, a la misma altura del nacionalismo catalán aunque de signo opuesto. Un nacionalismo identitario duro, basado en los mitos históricos, los símbolos, la lengua castellana, y los valores tradicionales de raíz católica. España es un término sagrado por el cual, si es preciso, se debe luchar y morir. Este punto de partida le lleva a considerar que el Estado de las autonomías tiene la culpa de los separatismos y propone suprimirlo, reemplazarlo por un Estado centralista.”

Que el Estado de las Autonomías, además de ser una onerosa carga para los contribuyentes, tiene la culpa de los separatismos, me parece algo tan evidente que no sé muy bien qué más pruebas se pueden pedir. Sin la existencia de parlamentos y gobiernos autonómicos, pertrechados con el control de la enseñanza, medios de comunicación y fuerzas de seguridad, el golpe separatista (frustrado, por ahora) jamás se habría producido. El nacionalismo como ideología seguramente existiría, pero circunscrito a ambientes intelectuales y asociativos minoritarios.

Ahora bien, lo que es cuestionable es la premisa de que el supuesto nacionalismo de Vox y el de los separatistas se distinguen sólo por el sujeto nacional que defienden. O mejor dicho, es dudoso que esa diferencia sea una mera cuestión de “signo”, como si bastara intercambiar los nombres de Cataluña y España para describir una misma ideología.

Personalmente, soy más partidario de asociar a Vox con el término patriotismo que con el de nacionalismo. Lo que llamamos nación es un hecho cultural e histórico que seguirá ahí por mucho que lo neguemos, y que tampoco existe meramente porque así lo decida la mitad más uno del censo electoral. Y esto es así porque los muertos también forman parte de la nación: por ello la palabra patria se revela más adecuada, porque alude a los padres o antepasados.

Si olvidamos esta continuidad en el tiempo, a través de las generaciones, somos incapaces de entender nada. Por eso proliferan hoy quienes rechazan la Constitución del 78 con el peregrino argumento (que llevaría a derogar prácticamente todas las constituciones del mundo) de que ellos no la votaron, porque no habían nacido o eran todavía menores de edad.

En esto se funda la antítesis entre el nacionalismo catalán y el patriotismo español de Vox. El primero pretende crear una nación manipulando la historia; inventándola en parte y omitiendo todo lo que no le conviene; el segundo, por el contrario, se opone a toda manipulación, tanto las de los nacionalismos periféricos, como la Leyenda Negra y la ley de Memoria Histórica, que de hecho se retroalimentan entre sí.

Pero la concepción de la nación o patria nos pone sobre la pista de una diferencia de carácter más amplio entre Ciudadanos y Vox. Los primeros defienden un liberalismo progresista, que de algún modo es ciego para cualquier otra realidad que no sea la constituida por el binomio individuo /estado. En cambio, Vox es liberal-conservador: defiende la libertad del individuo sin perder de vista que esa libertad queda a la intemperie cuando olvidamos que las personas nacen y crecen en una familia, tienen un sexo biológico con igualdad de derechos pero no intercambiable, y se reconocen en una identidad nacional.

No elegimos nuestra familia, ni nuestro sexo ni nuestra patria. Pero por una de esas paradojas que escapan a los toscos esquemas seudorracionalistas del progresismo, sin todo ello careceríamos de defensa moral e institucional frente al Estado, las burocracias supranacionales y las grandes corporaciones.

De ahí se sigue la reivindicación de la soberanía nacional frente a Bruselas, sin que Vox pueda considerarse un partido propiamente euroescéptico, pues no propone la salida de la UE ni del euro. También es ello congruente con su posición en inmigración, señalada como xenófoba e incluso racista por F. de Carreras, quien acusa al partido presidido por Santiago Abascal de no “apreciar los beneficios que [la inmigración] ofrece ante el descenso de la tasa de crecimiento demográfico y la necesidad de mano de obra”. Impagable ejemplo de cómo el progresismo embarulla los problemas con las soluciones, y encima no ve más que motivos siniestros en quien evita ese error.

Evidentemente, si tuviéramos una natalidad suficiente, la inmigración, caso de existir, no sería un problema, o sería uno menor, porque se absorbería más fácilmente. Cierto es que en Ciudadanos niegan que haya que “absorber” a nadie. Como recoge Cristian Campos en un reciente artículo, miembros de la dirección del partido naranja se preguntan “¿a qué se refiere Vox cuando dice que los inmigrantes se deben integrar en nuestros valores? Perdona, tú le puedes exigir a la gente que cumpla la ley. Pero… ¿qué es eso de ‘nuestros valores’? ¿Se han de convertir al catolicismo?”

Excuso decir que no se trata de convertir coactivamente a nadie. Pero precisamente porque descartamos esta opción, la inmigración de reemplazo que algunos propugnan alegremente (y otros al dictado de intereses muy determinados) es una locura. En Ciudadanos creen que nuestros valores se reducen a la Constitución, sin que importe lo más mínimo la identidad cultural. Pero ¿en qué se fundamentan los valores constitucionales, si no en nuestra cultura clásica y cristiana? ¿Cuántos musulmanes pueden residir en España antes de que la propia Constitución acabe siendo un papel mojado, como ya ocurre en muchas zonas de Europa?

Esta congénita carencia de realismo que aqueja al progresismo, y que se manifiesta en la cuestión nacional y más aún en la delirante ideología de género, es lo que explica el éxito de Vox, un partido que ha hecho bandera de la reacción contra las imposiciones no sólo del separatismo y el multiculturalismo, sino también del ultrafeminismo, el lobby LGTB y el animalismo. Naturalmente, Ciudadanos tiene todo el derecho del mundo de no seguir a Vox por este camino. Y Vox tendrá perfecto derecho de actuar en consecuencia.

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Un comentario sobre “Lo que separa a Vox de Ciudadanos

  1. Francesc de Carreras es el mentor e ideólogo de cabecera de Albert Rivera. C´s o, como le denomina Santiago Abascal muy acertadamente,, la “veleta naranja” se está equivocando muchísimo en su estrategia. Sus bandazos ideológicos han sido una constante en todo su periplo. Se han denominado, considerado y calificado a sí mismos de todo (socialdemócratas, liberales, liberales sociales…). El trasvase de votos de la formación naranja a la verde no ha hecho más que empezar. C´s nace como respuesta al nacionalismo imperante y asfixiante de Cataluña en el año 2005 y sólo en ese ámbito ha sostenido un discurso coherente que ha hecho que muchos catalanes y posteriormente resto de españoles, los voten. Su éxito también se explica en el desastroso actuar del PSOE, partido abocado a ser meramente testimonial en el arco parlamentario español a partir de las próximas Generales y tras el estropicio que está protagonizando Sánchez.

    La actitud de PP en Cataluña con su proverbial tibieza también ha hecho beneficiarios a C´s de buena parte de votos que pertenecían a ese partido en dicha Comunidad. Los 4 diputados del PPC son la prueba de ello.

    Sin embargo, ahora VOX hace un planteamiento sin complejos del concepto de España en toda su consideración y extensión. La gente no es tonta y comienza a darse cuenta de que C´s es más de lo mismo. Una formación ya no tan joven y oportunista que lo mismo pacta con la PSOE en Andalucía que con el PP en Madrid, que se sienta a merendar con los de Podemos en una estación de tren…

    Si a ello unimos el dato de que Albertito, que llegó con 27 años a la política sin experiencia profesional alguna y lleva 12 años subido en coche oficial y pisando moqueta y que no deja que nadie le haga sombra… (cuidado Inés…), pues como que comienza a tirar un poquito para atrás.

    Respecto a la diferencia absolutamente fundamental entre independentistas y VOX es que los primeros utilizan el territorio como si de un sujeto de derecho se tratara. Las personas les importan una higa. De hecho quieren imponer sus postulados totalitarios contra el 53 por ciento de la población de Cataluña que no suscriben sus tesis. Ellos se sienten diferentes y por tanto, superiores y eso les legitima a hacerlo.

    Para VOX los importante son las personas y parten de un principio de igualdad. En eso se asienta como base la nación de ciudadanos libres e iguales que se pretende recuperar en España.

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