La Hidra y las sirenas

¡Oh amigos! No conviene que sean únicamente uno o dos quienes conozcan los vaticinios que me reveló Circe, la divina entre las diosas, y os los voy a referir… Nos ordena lo primero rehuir la voz de las divinales sirenas…, atadme con fuertes lazos, de pie y arrimado a la parte inferior del mástil… Y en el caso de que os ruegue o mande que me soltéis atadme con más lazos todavía.

Odisea, canto XII.

Me van a disculpar la propuesta de un neologismo un tanto bárbaro: progreblishment, que sería la contracción de establishment progresista. Toda sociedad tiene un establishment, es decir, un grupo de personas que ejercen el poder, no sólo desde el gobierno y las grandes corporaciones, sino desde muchas otras instituciones: comunicativas, académicas, religiosas, etc.

El establishment es un hecho consustancial a la civilización. Sólo desde la más simplona beatería democrática se puede caer en el error de pretender acabar con cualquier establishment, es decir, con el hecho de que exista una elite o grupo de personas que, en cada momento, ejercen el poder.

Lo que sí es válido y hasta obligado es la crítica de un determinado poder, o de cómo se ejerce. Admitido que se trata de un fenómeno inevitable y necesario, la cuestión es limitarlo para que no se produzca su hipertrofia orgánica, proceso que siempre termina comprometiendo la salud entera del cuerpo social.

Aquí es donde entra el elemento progresista, aunque de modo distinto al que habitualmente se considera. Porque el progresismo, más allá de su autopercepción como la lucha por los débiles, la libertad y la igualdad, es una ideología que legitima, a la corta o a la larga, el poder totalitario. Soy consciente de que debo justificar una afirmación tan a contracorriente.

El progresismo, reducido a su esencia, que puede tener distintos desarrollos, a veces incluso aparentemente antitéticos, es la tesis según la cual el ser humano puede lograr exclusivamente por sus propios medios y capacidades eliminar el mal en el mundo.

Todo progresismo es utópico, no necesariamente en el sentido de que pretenda conscientemente conseguir un mundo perfecto, sino en el de que tiende a creer que haya algún problema humano (la desigualdad, la violencia, la ignorancia, etc.) que tenga una solución total y definitiva.

El problema de esta tesis es que en ella va de suyo que el hombre es el creador de toda norma moral. Es decir, que la distinción entre el bien y el mal puede ser establecida por “expertos” y por legisladores, basándose exclusivamente en una racionalidad inmanente. El progresismo es por eso intrínsecamente contrario a la revelación de un Salvador divino. Si no la niega categóricamente, la relega al fuero interno, donde debe permanecer recluida prácticamente como si fuera algo impúdico.

La pretensión progresista de fundar la ética exclusivamente en la razón humana conduce invariablemente a un relativismo moral que rara vez se ejerce hasta sus últimas consecuencias o de modo enteramente coherente. Si tal cosa hiciera, produciría resultados tan aberrantes que la mayoría de progresistas se echarían atrás horrorizados.

Digamos que el progresismo prospera a base de no ser enteramente consecuente, o para ser más exactos, de no mostrar todas sus conclusiones lógicas de golpe, sino por fases. En cada fase, el concepto de lo que es aberrante retrocede un poco más, gracias a campañas de propaganda intensiva, realizadas en el doble frente del periodismo y el entretenimiento de masas.

Desde hace mucho tiempo, el establishment es progresista. Desde la ONU hasta el Ayuntamiento, desde los partidos políticos hasta las asociaciones vecinales, desde los grandes medios de comunicación hasta las novelas de moda, desde las grandes corporaciones hasta los sindicatos, desde la Universidad hasta la escuela de pueblo: el progresismo es la ideología abrumadoramente dominante, la principal legitimadora del poder sin límites.

Alicia V. Rubio, en su trascendental libro Cuando nos prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres, caracteriza a la ideología de género como una Hidra de mil cabezas, una imagen tomada de la mitología clásica que me parece igualmente apropiada para describir al progresblishment. No en vano el ultrafeminismo constituye el núcleo del progresismo actual.

Esta naturaleza multiforme nos indica el camino a seguir para resistir al progresblishment. Ante todo, es imperativo percibir, por debajo de sus variantes y ramificaciones, su unidad fundamental. Sólo así es posible, si no derribar al progreblishment, al menos mantener viva la resistencia. No la hay digna de tal nombre si se limita a una serie de asociaciones o incluso partidos políticos que sólo se centran en cuestiones concretas, sectoriales o superficiales.

Por eso veo con ilusión y esperanza la emergencia de Vox, un partido que no teme abordar de frente todos los temas en los que el progresblishment lleva décadas imponiendo su pensamiento y sus leyes: el modelo territorial del Estado, la valoración de nuestro pasado, el estatismo socialdemócrata, el multiculturalismo globalista y la ideología de género.

Ya están surgiendo numerosas voces que no se sienten cómodas con este carácter de resistencia global de Vox, bien porque en el fondo abrigan la tesis fundamental del progresismo, aunque se aparten de algunas de sus derivadas, bien porque consideran que el partido fundado por Santiago Abascal y José Antonio Ortega Lara debe “limar aristas” en algunos asuntos (aborto y matrimonio homosexual, por ejemplo) para ampliar su base electoral.

En realidad, ambas posiciones son la misma: quien ve la política predominantemente como mercadotecnia ya está de algún modo admitiendo que no hay más verdad que la que procede del hombre, que no hay nada por encima de la voluntad popular, no hay un derecho natural, ni instituciones como la familia, la nación y el “orden espontáneo” en general, que sean anteriores al Estado e independientes de una sacrosanta opinión pública; por otra parte tan manipulable.

Por eso, el principal desafío de Vox no es obtener un determinado número de votos en las próximas citas electorales (aunque eso sea muy importante), sino mantenerse fiel a sí mismo. Eso sólo lo logrará desoyendo los cantos de las sirenas, para lo que deberá amarrarse bien al mástil de los principios y así poder mantener el rumbo de la nave, en el proceloso mar del relativismo. Toda una odisea moderna.

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Un comentario sobre “La Hidra y las sirenas

  1. Permítame adjuntar a su lúcida exposición la sugerencia de sustituir “progresismo” por “socialdemocracia”. Para a continuación ensayar esta fórmula: Socialdemocracia igual a Estado asistencial más relativismo moral. O dicho en palabras inigualables de Bertrand de Jouvenel: “Asistimos a una transformación radical de la sociedad, a una suprema expansión del Poder. Las revoluciones y los golpes de Estado que marcan nuestra época no son sino insignificantes episodios que acompañan a la implantación del protectorado social.
    Un poder bienhechor velará sobre cada hombre desde la cuna hasta la tumba, reparando los accidentes que le sucedan, aunque dependan de él mismo, dirigiendo su desarrollo individual y orientándolo hacia el empleo más conveniente de su actividad (…). En cierto modo, el Poder se compromete a realizar la felicidad pública y privada, y una cláusula indispensable de este contrato es que todas las propiedades, todas las fuerzas productivas, todas las libertades, le sean entregadas, materiales y mano de obra sin los cuales no podría cumplir tan gigantesca tarea”.
    Vivimos, pues, tiempos de revolución, pero de una revolución paradójicamente auspiciada y orientada por el Poder del Estado, fuera del cual ya no hay nada. Una especie de blando totalitarismo, en suma, aliado de los poderes económico y tecnológico, y que actúa suprimiendo o sometiendo cualquier instancia intermedia (familia, escuela, iglesia, sociedad civil) que pueda oponerse a su imperio. Creo que, probablemente desde la Revolución francesa, éste es el objetivo al que se encaminan las democracias modernas.

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