Voluntarismo y feminismo radical

Una de las características esenciales del progresismo es el voluntarismo: creer que basta con querer algo, con que haya voluntad política (“¡sí se puede!”), para obtener cualquier resultado deseable. Así, se habla de “blindar” determinados “derechos sociales” en la Constitución, como si para garantizar las prestaciones públicas (pensiones, sanidad, etc.) bastara una reforma legal, y lo de menos fuera que la sociedad genere riqueza suficiente para permitirse tener mejores hospitales o pagar más a sus jubilados. Ya el hecho de llamar “derechos” a lo que no son sino servicios que alguien debe costear es, en sí mismo, voluntarismo.

Otro ejemplo claro de voluntarismo es la exigencia de que exista cero criminalidad, en especial la que afecta a determinados tipos de víctimas, aquellas que la red social Twitter llama “categorías protegidas”, por razón de raza, religión, género, orientación sexual o discapacidad. De hecho, esta exigencia se extiende no sólo hacia los delitos que puedan sufrir mujeres, homosexuales o minorías étnicas, sino hacia cualquier tipo de diferencia, dando por sentado que sólo puede explicarse por algún tipo de discriminación injusta.

El voluntarismo se manifiesta notoriamente en determinadas expresiones de los formadores de opinión, vertidas habitualmente tras noticias de asesinatos de mujeres. “Algo estamos haciendo mal como sociedad”, “esto es un fracaso de todos”, “hay que acabar con esta lacra”, “ni una más”, etc., etc. Toda esta retórica revela una concepción extremadamente pueril de la vida, propia de personas que se sorprenden, o fingen sorprenderse por una suerte de impostada inocencia, de la existencia del mal, y tratan de buscar explicaciones estructurales, extendiendo la culpabilidad a entes abstractos o colectivos como el patriarcado o los varones en general, como si así demostraran su mayor compromiso en favor de las víctimas.

No resulta cómoda la crítica a esta retórica “comprometida”, porque quien la ejerce se expone, con total seguridad, a ser tachado ya no de insensible, sino de justificar a los criminales. Lo paradójico es que son estos “comprometidos” o “progresistas” quienes suelen oponerse a la cadena perpetua, una medida penal que, si bien tampoco reduciría a cero los atentados contra la vida humana, al menos es innegable que hubiera podido evitar la muerte violenta de muchas personas con nombres y apellidos: todas aquellas que murieron a manos de un condenado por asesinato, en libertad tras cumplir un tiempo más o menos largo de reclusión.

A fin de cuentas, es lógico que el progresismo se oponga a la cadena perpetua: es otro ejemplo de pensamiento voluntarista, de creer que puesto que el legislador ha decidido que todo delincuente se tiene que reinsertar, lo va a hacer. No se digna a considerar la experiencia de miles de casos que lamentablemente contradicen tan buenas intenciones.

Probablemente la variante más extrema de pensamiento voluntarista sea la ideología de género. Aquí ya no se trata sólo de querer acabar con la violencia contra las mujeres, intención tan noble como lo es pretender acabar con cualquier tipo de violencia, sino de poner bajo sospecha todo aquello que no aparente proceder de la voluntad humana. Esta ideología niega la naturaleza como factor explicativo, sustituyéndola por el fantasma del “sexismo”. Por ejemplo, si hay más mujeres enfermeras que enfermeros, se descarta a priori que ello pueda deberse a una inclinación natural de las mujeres y se postulan los efectos de una supuesta educación sexista que las encasilla en tareas de cuidados, análogas a la maternidad.

Por eso, ya no sólo se trata de luchar contra la violencia y otras formas de injusticia innegables, sino que el asesinato de una mujer a manos de un hombre pasa a ser sólo una manifestación más, aunque en grado sumo, de la desigualdad promovida por el machismo. Y en el machismo cabe cualquier tipo de diferenciación entre ambos sexos, incluso viejas normas de cortesía como ceder el paso a una mujer.

Si esta manía igualitaria alcanza extremos ridículos, estos no son lo peor. Lo grave es que, en su furia igualadora, el feminismo radical no admite que las mujeres adopten sensatas medidas de precaución, como por ejemplo evitar paseos solitarios por determinados parajes o calles. Estas medidas, insisto en ello, nunca erradicarán el mal por completo, pero sí pueden salvar muchas vidas. Sin embargo, embriagado de voluntarismo, el feminismo radical se niega en redondo a considerar cualquier comportamiento bajo otro punto de vista que no sea el de los sagrados “derechos”. ¿Es que no tenemos derecho a correr solas, es que no tenemos derecho a salir de noche y a emborracharnos?, se pregunta con retórica indignación.

Tener derecho a algo no implica siempre que ese algo sea realizable ni recomendable. Ningunos padres que le aconsejan a su hija una forma de vestir menos llamativa o unos horarios prudentes están justificando que la violen: sólo intentan protegerla. Que las mujeres sean más vulnerables a determinados tipos de agresiones que los hombres no significa que se las agreda “por el solo hecho de ser mujeres”. Significa que somos iguales en derechos, pero desiguales en muchos aspectos, como la fuerza muscular o la variabilidad psicológica, es decir, la proporción de personas que se apartan del promedio en determinados atributos. La variabilidad se observa por ejemplo en el hecho de que haya más premios Nobel de ciencias masculinos, pero también, y está científicamente comprobado, más varones imbéciles o con rasgos asociales.

Hay muchas otras asimetrías entre los sexos que no producen ningún escándalo. A nadie se le ocurre acusar al “matriarcado opresor” de que los hombres sufran mucha mayor mortalidad que las mujeres por violencia o por accidentes, ni de que realicen los trabajos más duros o de que haya muchos más varones que mujeres viviendo en la calle. Forma parte de la naturaleza de las cosas, y en absoluto está claro que realmente podamos cambiar todo lo que se nos antoje: ni siquiera que sea deseable. ¿Realmente hemos pensado cómo sería un mundo de seres andróginos o asexuados, en el que no existiera ninguna diferencia entre los sexos? Y aunque fuera posible ¿cómo sabemos que en ese mundo tampoco existiría el mal?

El igualitarismo radical no es más que un aspecto de la arrogancia voluntarista. Una arrogancia que nos ciega ante la realidad, y que por tanto sólo puede causar más dolor del que es inevitable en este mundo.

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