Vox y la verdadera solidaridad con los inmigrantes

Entrevistado en RNE sobre Vox, Monseñor Argüello, que es secretario general y portavoz de la Conferencia Episcopal, dijo básicamente dos cosas: la primera, que le preocupan “el escenario con Vox y también las reacciones hacia Vox”, en referencia a las violentas manifestaciones azuzadas por Pablo Iglesias contra los resultados de las elecciones andaluzas.

En segundo lugar, el obispo manifestó su inquietud por la cuestión de la inmigración, uno de los temas centrales del programa de Vox, recordando que es deber cristiano acoger a “aquellos que huyen de situaciones de dificultad, injusticia o hambre”. Lo cual merece algunos comentarios.

Sin duda alguna, el espíritu de acogida al extranjero es consustancial al cristianismo que profesamos probablemente la mayoría de afiliados y simpatizantes de Vox. “Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis…” (Mateo, 25, 35.)

Ahora bien, Vox en absoluto se opone a dicho espíritu. Al contrario, en la medida 99 de su programa, que no por ser la penúltima es menos importante, el partido de Santiago Abascal y Ortega Lara defiende la creación de una Agencia de ayuda a las minorías cristianas perseguidas, principalmente en Oriente Medio y en África, según el modelo de Hungría.

Los medios de comunicación y las ONG que dedican considerables recursos a concienciarnos, por ejemplo, sobre las penalidades de la minoría rohingya (musulmanes expulsados de Myanmar tras décadas de violentos conflictos con los budistas) mantienen al mismo tiempo un silencio casi absoluto sobre el genocidio cristiano en Irak y otros países. Curiosa solidaridad selectiva.

La primera condición para ayudar al necesitado es identificar quién lo es realmente, quiénes son los perseguidos, quiénes huyen de la auténtica miseria. La duda razonable que asalta a cualquier persona que sea capaz de pensar por su cuenta es, en primer lugar, si la mayoría de los inmigrantes que tratan de entrar ilegalmente en Europa son realmente perseguidos en sus países de origen. No me vale Libia si entraron allí por propia voluntad, ni Siria cuando no sabemos realmente en qué bando estaban.

En segundo lugar, cabe preguntarse si son realmente los más pobres. ¿Tan pobres son quienes pagan miles de euros a las mafias de tráfico de personas y tienen fuerza y salud suficientes para saltar las vallas fronterizas de Ceuta y Melilla, andar en caravanas de miles de kilómetros o aventurarse en duras travesías marítimas?

No debemos perder de vista que los principales responsables de que tantas personas mueran ahogadas tratando de cruzar el Mediterráneo son las mencionadas mafias de tráfico de personas, así como las ONG que colaboran con ellas, encubriendo su complicidad con una retórica hipócritamente emocional. Y sobre todo, no debe olvidarse el efecto llamada del asistencialismo estatal europeo.

Gran parte de los inmigrantes se sienten fatalmente atraídos por la promesa de unas generosas ayudas (generosas con el dinero de los contribuyentes, claro) que garantizan niveles de vida muy superiores a los de sus países de origen, sin apenas necesidad de trabajar fuera de la economía sumergida ni de integrarse culturalmente, salvo para empaparse bien de las mil triquiñuelas administrativas que permiten acumular subsidios y prestaciones gratuitas.

Hay un abismo entre el auténtico necesitado, que sólo pide una oportunidad para restablecerse de sus penurias y poder empezar cuanto antes a ganarse la vida, y el parásito oportunista, que no llega rogando caridad sino exigiendo “derechos” desde el primer momento, instruido a conciencia por ONG fuertemente ideologizadas.

Si además la “solidaridad” se carga sobre las espaldas de las clases medias y bajas, que son las que asumen el coste, tanto fiscal, como en términos de colapso de servicios públicos, competencia por los empleos menos cualificados, incremento de la delincuencia y presión cultural, no sólo deja de tener algo que ver con la caridad cristiana, sino que se convierte en una auténtica burla.

Dar una manta al que pasa frío quitándosela a otro no es ser solidario. Es ser, en el plano colectivo, un demagogo o un ingeniero social: de esos que promueven la inmigración masiva desde sus lujosas mansiones protegidas por altos muros y por la policía.

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Un comentario sobre “Vox y la verdadera solidaridad con los inmigrantes

  1. Monseñor Luis Argüello: más que católico pareces un globalista más de lo políticamente correcto. Porque cierto que es evangélico el acoger al emigrante, pero es MÁS EVANGÉLICO aún -como que en la jerarquía de las verdades de la fe es lo más importante, lo más esencial- esto: “Vayan por el mundo y prediquen el Evangelio, hagan discípulos míos, bautizando en mi nombre. Para que quien crea, se salve y quien no, se condene”·. Y sin embargo los musulmanes, monseñor, no vienen a Europa a convertirse a la fe de Cristo, la única que salva; vienen a vivir de nuestras ayudas, de nuestro Estado del Bienestar, vienen a delinquir, a odiarnos, a no adaptarse, y muy pocos vienen a trabajar.

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