Aquí un monstruo de Vox

La espectacular irrupción de Vox en el parlamento de Andalucía ha puesto de los nervios al progresismo abrumadoramente dominante. Al partido presidido por Santiago Abascal le están llamando de todo menos bonito. Lo más suave es extrema derecha y ultraderecha. Quienes pensamos (hablo al menos por mí) que la izquierda es un error multiforme no deberíamos, en teoría, ofendernos porque nos dijeran que somos muy de derechas, es decir, que defendemos resueltamente lo que creemos que es la verdad. El problema es que ultraderecha y extrema derecha se utilizan como sinónimos de fascismo, y eso sí que es mentira. No digamos ya cuando se nos tilda de racistas, machistas y otras lindezas.

En El País del día posterior a las elecciones andaluzas, además de los consabidos epítetos citados, se pudieron leer cosas como “populismo neofascista”, “supremacista” (¡sic!) o, señalando a los dirigentes del partido liberal-conservador, “friquis… con garrote y taparrabos” (Manuel Jabois.)

Como ha señalado Francisco José Contreras, catedrático de la Universidad de Sevilla y miembro del Comité Ejecutivo Provincial de Vox, en un artículo titulado ¿Por qué no es Vox fascista?, es imposible que lo sea un partido que pide reducir drásticamente el peso del Estado o que defiende la máxima libertad educativa, como es el cheque escolar. (Dicho sea de paso, vi anoche al profesor Contreras en una tertulia en Canal Sur y no iba con taparrabos de leopardo ni garrote, sino con traje y corbata.)

Pero los argumentos les dan absolutamente igual a nuestros adversarios, porque fascismo, facha y toda la familia semántica que acompaña a estos términos no son elementos de análisis ni de debate, sino armas arrojadizas, meros exabruptos. Son en realidad lo contrario del debate racional: de lo que se trata es de demonizar y deshumanizar las ideas y propuestas de Vox de tal modo que mucha gente no ose siquiera escucharlas, tomarlas en consideración aunque sólo sea para discutirlas racionalmente, con argumentos. Basta rechazarlas con tres o cuatro consignas preventivas.

Para ello, nada es tan útil como la palabra fascista, una de las más tóxicas del lenguaje político, porque como digo, no sirve para abrir debates, sino para cerrarlos . ¿Esto o alguien es fascista? Pues no hay más que hablar, a la hoguera con él, o a machetazos, como amenazaban las hordas ultraizquierdistas en sus manifestaciones violentas, en respuesta a los resultados de unas elecciones democráticas.

Según Umberto Eco, el fascismo creado por Mussolini era más una retórica que una ideología coherente, a diferencia del nacionalsocialismo hitleriano. Sin embargo, ello no impidió al escritor italiano postular, para mí de modo un tanto incongruente, un “fascismo eterno”, al que sintetizó por una serie de rasgos que ni siquiera es preciso que se den todos a la vez para tachar algo como fascista. Salvo cuando se detectan en la izquierda, como sucede con la violencia: entonces caracterizarla de fascista no vale.

Lo decisivo es que mediante una amplificación desmesurada y sesgada del significado del término se pueden catalogar tanto un conservadurismo burkeano o un tradicionalismo de matriz católica (ingresarían, supongo, por el sumo delito contrarrevolucionario de “culto a la tradición”), como un nazismo “decididamente anticristiano y neopagano”, según la definición del propio Eco.

Esta es la auténtica función del adjetivo fascista, criminalizar cualquier forma de pensamiento contraria al progresismo, por el insidioso procedimiento de emparentarla, en primer o segundo grado, con Hitler.

Debe reconocerse que cuando intelectuales de la talla de Umberto Eco se prestan a semejante fraude, no es nada fácil luchar contra él. Si te opones al aborto o a la agenda LGTB te llamarán con suerte ultraderechista, que no es más que la forma relativamente fina de llamarte nazi hijo de puta.

El truco no por burdo y evidente deja de ser sumamente efectivo: Se trata de sugerir que quien se opone al aborto es un misógino al que no le importa que las mujeres mueran en clínicas abortistas clandestinas; que quien no desea que sus hijos sean adoctrinados en ideología de género, volvería a fusilar a Federico García Lorca; que quien está contra la inmigración ilegal es un xenófobo desalmado al que no le preocupa que cientos de africanos se ahoguen en el Mediterráneo; y que quien luce con orgullo la bandera rojigualda en el balcón no abriga más que odio a los catalanes.

Un profesor de instituto que se define en su cuenta de Twitter (@JuanitoLibritos) como “abiertamente gay y de izquierdas”, se ha lamentado en esta red social, y en un artículo publicado en el digital Sur, de que varios de sus exalumnos hayan votado a Vox. “No les sirvió de nada lo poco o lo mucho que mis compañeros y yo les enseñamos: al final acabaron siendo fascistas. Fascistas nacidos cerca del año 2000. Fascistas adolescentes con acento andaluz.”

Juanito Libritos reconoce no sin perplejidad que se trataba de “adolescentes normales”, algunos incluso buenos estudiantes, lo cual le lleva a sentirse dolorosamente responsable por no haber dado más importancia a los síntomas de que en esos chavales se estaba incubando el germen del fascismo. Ni por un instante se le ocurre pensar que a lo mejor quien debería revisar algunos prejuicios es él; que quizás esos buenos chicos votaron a Vox porque no se trata de ningún partido fascista, que promueva perseguir a los extranjeros, ni a los homosexuales, ni a los catalanes, ni destruir la democracia parlamentaria, sino que todo ello se reduce a delirios paranoicos, alumbrados por mentes sectarias como la suya.

libritosWilde

Por cierto que el sectarismo casa mal con aquel elegante escéptico que era Oscar Wilde, por quien Juanito Libritos confiesa su admiración en un tweet. Admiración literaria que comparto con él, como posiblemente más cosas que difícilmente imaginará, mientras siga pensando que quienes discrepamos de sus ideas políticas sólo podemos ser unos descerebrados o unos monstruos. En mi caso, un monstruo con acento catalán.

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Un comentario sobre “Aquí un monstruo de Vox

  1. Al hilo de su reflexión, se me ocurre que, curiosamente, quienes utilizan la palabra “fascista” hoy día persiguen los mismos fines que los nazis cuando obligaban a los judíos a ponerse el brazalete con la estrella de David. Esto es, no ya sólo identificar al enemigo, sino segregarlo de la especie, calificarlo de subhumano.
    Es bueno que tengamos esto presente, pues se trata de algo que va más allá de la dialéctica de los términos para adentrarse en lo más oscuro del corazón del hombre.

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