Hay un facha en mi sopa

Los dos grandes temas del periodismo actual son el machismo (en sentido amplio, lo que incluye todas las formas de LGTBfobia) y la xenofobia. Cabe añadir el cambio climático, pero quizás este asunto no reciba una atención tan invariablemente diaria; digamos que se trata un poco menos de siete veces por semana.

Alguno pensará que los periodistas no hacen más que reflejar la realidad, y que si hablan constantemente de estos temas es porque realmente el machismo y la xenofobia son las principales amenazas que se ciernen sobre el mundo. Nos pondrán como ejemplos el número de mujeres víctimas de la violencia llamada “de género”, las disparidades profesionales entre ambos sexos, el auge de partidos que pretenden poner barreras a la inmigración, el ascenso al poder de Trump, el Brexit… ¿Acaso no tienen razón?

El problema es que la relación entre la información y la opinión no es tan evidente como se presupone. Los periodistas seleccionan los hechos y los interpretan. Recientemente, una cadena de televisión informaba de una brutal paliza sufrida por una joven, refiriéndose a sus “agresores” con el masculino genérico que tanto evitan en otras ocasiones, cuando las culpables de esa agresión eran todas mujeres.

Asimismo, los medios son enormemente reticentes a informar objetivamente de problemas asociados con la inmigración. Ya nos hemos acostumbrado a que cuando se producen determinados delitos, como violaciones o atentados, los periodistas retarden la divulgación de los nombres de los sospechosos o detenidos, salvo si no denotan claramente un origen extranjero.

Si alguien señala estos sesgos informativos, o incluso se atreve hablar sin tapujos de los hechos que los medios ocultan o distorsionan, automáticamente será tachado de machista, homófobo, xenófobo o racista. Lo cual no hace más que reforzar el mensaje en bucle de que existe una grave amenaza machista o xenófoba.

Este mensaje además se enmarca en una perspectiva histórica que le presta una aparente solvencia intelectual, conectando las supuestas amenazas del presente con los fascismos del siglo XX. Es cierto que del ascenso de Hitler al poder debemos extraer lecciones muy serias contra los peligros de la demagogia y las bajas pasiones de las masas. Pero el uso indiscriminado de aquellos acontecimientos históricos como arma dialéctica contribuye más a banalizarlos que a ninguna enseñanza.

El columnista del Diari de Tarragona Dánel Arzamendi, en su artículo titulado “Santiago Abascal, heredero de Isildur”, ofrece un ejemplo de esa banalización. Arzamendi pretende explicarnos con la misma plantilla fenómenos y personajes tan heterogéneos y hasta antitéticos como el fascismo, el Brexit, Trump, el separatismo catalán, Podemos, Ciudadanos y Vox. En esencia, todos ellos tienen que ver con la irrupción de “cualquier charlatán (ya sea un fanático convencido o un vendemotos fugaz)” capaz de manipular emocionalmente a las masas.

Para ilustrar su teoría, por llamarla de algún modo, Arzamendi se ceba con un vídeo de Vox (ver al pie), en el marco de la campaña electoral andaluza, en el cual aparece Santiago Abascal cabalgando junto a una cuadrilla. Tras chotearse un poco, se nos pone repentinamente serio (“ojo, poca broma”) para advertirnos del ascenso de la “extrema derecha”. Uno queda con la duda de si el columnista ha visto realmente el mismo vídeo que nosotros o El triunfo de la voluntad, de Leni Riefensthal.

En cualquier caso, hay que reconocer que como culto al líder carismático, el vídeo de Vox deja mucho que desear. De los veintitrés segundos que dura, sólo en los tres primeros aparece Abascal en solitario. Pero da igual. Con el régimen comunicativo al que estamos sometidos, lo raro sería que no viéramos Hitleritos por todas partes.

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