República Amarilla de Feoluña

Os gusta que os llamen independentistas, aunque para mí no sois más que unos vulgares separatistas, con mucha menos épica y estética que los esclavistas sureños de la guerra civil estadounidense. Estos trataron de secesionarse de la joven nación americana a fin de preservar su sistema de esclavitud racista; vosotros queréis preservar una Cataluña étnicamente jerarquizada, donde los Garcías, los Martínez y los López no se os acaben subiendo a las barbas en el gobierno y el parlamento autonómicos, ni en los consejos de administración.

Pero quiero dirigirme no a los políticos ni a los grandes empresarios que apoyan el llamado “proceso”, sino a los separatistas del montón, como los jubilados que llenan los autobuses de las manifestaciones nacionalistas y acuden al supermercado con el lacito amarillo en la solapa. Quiero haceros una pregunta: sinceramente, ¿qué creéis que os aportará la República? ¿De verdad creéis que viviréis mejor, que tendréis salarios más altos, pensiones más altas? ¿De verdad creéis que la sanidad y la enseñanza públicas van a ser mejores porque se gestionen desde Barcelona? ¡Ah, pero si ya se gestionan desde Barcelona!

Quizás sea una cuestión de lo que llamáis “dignidad”. Quizás pretendéis hablar más en catalán, aunque no sé cómo, si en vuestros pueblos no se puede hablar más catalán –ni más árabe. Es verdad que habláis castellano cuando os conviene, con vuestros clientes, aquellos que tenéis un comercio, un taller, una gestoría. ¿En la nueva república les hablaréis sólo en catalán?

Pero ya comprendo que no es sólo la lengua. Que disponer de un documento de identidad catalán os hará inmensamente felices. Que cuando no veáis ninguna bandera española ni en ningún bar sintonicen un canal de televisión en español, respiraréis mejor. A veces, el ser humano se conforma con muy poca cosa.

Pero ¿sabéis que os digo? Que no me lo creo. No me creo que vuestro estado de permanente borrachera sentimental esté motivado por meras fantasías utópicas, ni por dignísimas futilidades. Os diré cuál es la emoción que verdaderamente os mueve, cuál es el motor de todo el proceso: el odio. El odio, sí, un odio a España que no podéis disimular, que aflora cuando estáis más relajados, cuando os sentís entre los vuestros, en la intimidad, o cuando os enardecéis en una multitud, o en una brigada vecinal; los llamados C.D.R. que habéis copiado de Cuba o Venezuela.

¿Qué os ha hecho España para que la odiéis tanto, para que una perfecta imbécil, además de desagradecida, pueda decir en Twitter: “Ya es mala suerte que de todos los países de Europa nos haya tocado nacer en España”? (No menciono su nombre para no darle más relevancia.) No me vengáis con la matraca de los “presos políticos” ni los “exiliados”. No son ni una cosa ni otra, son ciudadanos que no están por encima de la ley, y que por tanto deben responder ante la Justicia de las acusaciones que pesan sobre ellos. Unos en prisión provisional y otros fugados, entre ellos Carles Puigdemont, viviendo a cuerpo de rey en Bélgica. Si algo demuestra que una república, incluso imaginaria, es mucho más cara que una monarquía parlamentaria, ahí tenemos la prueba fehaciente.

Permitidme que responda por vosotros lo que os ha hecho España: os ha dado uno de los países del mundo con más esperanza de vida, un país donde a pesar de los problemas (¿dónde no los hay?) se vive generalmente muy bien, donde hay bajos índices de criminalidad, donde se habla la segunda o tercera lengua del planeta (según se cuenten el número de hablantes vernáculos o los que simplemente la conocen), con una historia gloriosa aunque tengáis de ella una ignorancia abisal. España contuvo al islam, descubrió, pobló y civilizó América, construyó en el nuevo continente ciudades, universidades, catedrales, y escribió los primeros diccionarios y gramáticas de las lenguas indígenas; enriqueció la cultura universal con sus artistas y escritores… Cometió errores y crímenes, pero qué país no los ha cometido, algunos horrendos. Los alemanes, pobres, no pueden ocultar los suyos, demasiado monstruosos y recientes. Pero franceses, ingleses, norteamericanos, incluso los insignificantes belgas, han perpetrado atrocidades inenarrables, y no por ello dejan de estar encantados de haberse conocido.

Decís que España sigue siendo franquista, tras cuarenta años de democracia. Para empezar, habría que decir que la democracia llegó gracias a los franquistas, no a los antifranquistas retrospectivos, ni los antifranquistas terroristas y ultraizquierdistas, que nunca habían creído en el parlamentarismo “burgués”. Pero bien comprendéis el verdadero punto débil de los españoles: lo poco que se quieren a sí mismos, y el pánico que tienen a que los llamen fachas. Y lo sabéis tan bien porque, mal que os pese, sois españoles de pura cepa. Os llaméis García o Gilabert.

¿Cuándo empezasteis a odiar tanto a España y por qué? Probablemente ni vosotros mismos lo sabéis. Esto viene de mucho antes de que el separatismo se convirtiera en movimiento de masas, de siglos antes. Deberíamos remontarnos, sin duda, a la Leyenda Negra creada por los enemigos del Imperio español y del catolicismo, y que llevamos comiéndonos con patatas hasta hoy mismo.

No es necesario insistir en los efectos que el odio tiene para la convivencia. En lugar de ello, me interesa aquí señalar una de las consecuencias más significativas, aunque quizás menos estudiadas, de esa emoción: la fealdad. La fealdad en sus diversas formas, que incluyen lo cursi y lo ridículo, pero que no es meramente metafórica, sino real carencia o anomalía estética y que en Cataluña ha acabado por explotar, invadiéndolo casi todo. Siento decíroslo, pero la República de Feoluña es una terrible constatación experimental de esa profunda y misteriosa relación entre la ética y la estética.

No creo en absoluto que sea casualidad que hayáis impuesto la bandera estrellada cuatricolor (amarillo, rojo, blanco y azul) sobre la bicolor, con las cuatro barras y la estrella rojas sobre fondo amarillo. Si ésta, teóricamente más izquierdosa, se ve todavía en algún balcón, la otra ha ganado por goleada la batalla icónica. Y me sorprende que nadie os haya señalado (hasta donde yo sé) lo hortera de esa combinación cromática, con el amarillo dándose patadas con el azul y el blanco, y el rojo acabando de arreglar el pastel. Desde luego, vuestro gusto está a la altura de vuestras pobres ideas.

Por si hubiera alguna duda sobre el efecto feísta del odio, ahí tenemos la invasión de los plásticos amarillos, la destrucción de los paisajes urbano y rural de Cataluña que estáis perpetrando quienes decís amarla tanto, contaminando con furia invasiva calles, plazas, puentes, árboles y monumentos. El odio hace estragos en el propio odiador, los sentimientos turbios se exteriorizan y terminan fijándose en el fenotipo, como se puede comprobar contemplando la cara de mala llet de vuestro líder Joaquim Torra. También me diréis que es casualidad.

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