Histeria antimachista

Ruego al lector que considere el siguiente texto, procedente del Diari de Tarragona del 7 de setiembre:

recorte

Lo primero que salta a la vista en esta noticia es la contradicción entre el antetítulo (“Violencia machista”) y la entradilla: “El precario estado de salud de las dos mujeres pudo ser el desencadenante que habría llevado a este médico jubilado a realizar la acción.” Si es cierto que este individuo cometió el doble crimen en un estado de enajenación o desesperación, ¿a santo de qué viene la “violencia machista”?

Nótese que no pretendo mitigar la culpabilidad del asesino, sino clasificar correctamente el delito cometido. El suceso tiene todo el aspecto de pertenecer a una tipología muy distinta del asesinato cometido por una pareja o expareja celosa o dominante, aunque no sea menos abominable. Más bien se encuadra dentro de esa clase de crímenes, cometidos tanto por hombres o mujeres, que en un momento determinado, acaso temporalmente trastornados, deciden quitarse la vida, no sin antes matar a las personas dependientes de ellas, por una desdichada “compasión” mal entendida.

Es lo que sugieren los hechos desnudos: que el hombre matara también a su propia madre, que su esposa fuera médico jubilada al igual que el homicida (lo que desmiente la trillada falacia marxistoide de que la violencia machista es consecuencia del sometimiento económico de la mujer) y que hubiera planificado su suicidio, como indica la nota que dejó.

Sin embargo, no contento con el antetítulo, el redactor concluye la noticia remachando la interpretación políticamente correcta. Tras señalar ritualmente que no existían denuncias previas por maltrato (lo que no descarta que hubiera maltrato y más bien nos invita a conjeturar que la esposa lo sufriera en silencio) suma las dos víctimas a la lista de “víctimas mortales a manos de sus parejas o exparejas”, que alcanzaría la cifra de 30 este año y de 954 desde el 2003.

El dato incurre por lo pronto en dos falsedades evidentes. En primer lugar, la madre del asesino no era su pareja o expareja, por lo que en rigor no debería contabilizarse dentro de esa lista, sino en otra de parricidios. En segundo lugar, las personas asesinadas por sus parejas o exparejas son más de treinta este año, y sin duda muchas más de mil desde 2003… Al menos si incluimos a las víctimas de sexo masculino, asesinadas por sus compañeras. Que las hay aunque oficialmente se ignoren.

Por supuesto, hay razones sobradas para cuestionar unos cómputos globales engrosados de manera tan arbitraria como nos indica este suceso. Pero incluso en los casos más claros de asesinatos por celos de pareja, el concepto de “violencia de género” es apriorístico y carente de valor científico. Pretende sugerir, sin necesidad de ninguna contrastación empírica, que los asesinos de mujeres no son meramente seres inmorales o disfuncionales que abusan de la superioridad física para resolver sus frustraciones, o por cualesquiera otros motivos, sino producto de una cultura patriarcal dominante que justifica o disculpa parcialmente ese tipo de violencia, como sucede en determinadas culturas.

De hecho, un elevado porcentaje de los delitos llamados “machistas” es cometido por ciudadanos extranjeros, y no podemos descartar que en algunos de ellos intervenga efectivamente una vaga creencia de una suerte de preeminencia del hombre sobre la mujer. Pero tal atavismo, de existir, hace mucho que no tiene el menor respaldo entre los europeos nativos, ni en las leyes ni en las costumbres, y desde luego no es un elemento imprescindible de la violencia, pues también hay mujeres que matan por celos o conflictos de convivencia, así como agresiones dentro de parejas homosexuales. Países con legislaciones igualitarias más antiguas que la española, como Finlandia (cuya igualdad entre los sexos ya llamó la atención de Ángel Ganivet hace un siglo), tienen estadísticas de feminicidios superiores a las nuestras.

Atribuir a un machismo ancestral todo asesinato de una mujer a manos de su pareja o expareja masculina es tan riguroso como la acusación de brujería (es decir, de tratos con el diablo) a la que se exponía en otras épocas cualquier persona que realizara prácticas de curanderismo o abortos. Personalmente no veo objeción a la existencia del diablo, como tampoco niego que exista el machismo, pero sospecho que en la gran mayoría de personas condenadas por sus relaciones con el maligno, si no en todas, tales cargos eran objetivamente infundados. Y algo análogo está sucediendo en la edad contemporánea, que tanto presume de su carácter racional y científico.

Resulta paradójico que el feminismo haya puesto en circulación el provocador lema: “Somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar”. Mucho más exacto sería decir que gran parte del feminismo actual manifiesta una continuidad con las antiguas cazas de brujas, motivadas por creencias supersticiosas inmunes a la experiencia. Sólo que hoy la superstición tiene formato académico.

La ideología de género es una seudociencia que proporciona muchísimo dinero de los contribuyentes y poder institucional a quienes la utilizan. Las estadísticas demuestran que no sirve lo más mínimo para reducir las agresiones a mujeres, cosa lógica, pues en lugar de promover una investigación científica de su naturaleza multicausal, se limita a postular una guerra milenaria entre los sexos que sirve para explicar por adelantado cualquier cosa, desde la relativa escasez de ingenieras o directoras de cine hasta la violencia de pareja, del mismo modo que Marx convirtió la lucha de clases en el principio omniexplicativo de la historia y los fenómenos sociales. Es más, al añadir motivos de resentimiento entre los sexos y menospreciar la maternidad, favorece las disensiones y rupturas familiares que constituyen el contexto habitual de la violencia.

Quizás el efecto más inquietante de esta ideología neomarxista sea el ataque creciente que perpetra contra los derechos individuales, no sólo de quienes pueden verse acusados de violencia machista, conculcando normas tan elementales como la presunción de inocencia o la igualdad ante la ley, sino de todos aquellos que nos atrevemos a discrepar de semejante histeria colectiva, alimentada por una masiva propaganda con la cual nos bombardean todos los días, desde los periódicos de provincias hasta las televisiones que acaparan la mayor parte de la audiencia, y tanto desde la sección de sucesos como de la política, la económica y la cultural. Si decir esto es reaccionario, sinceramente creo que hoy el primer deber de una persona mínimamente inteligente e íntegra es ser reaccionaria.

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3 comentarios sobre “Histeria antimachista

  1. La “Violencia de género” no existe, existe como el fantasma que proporciona suculentos beneficios económicos, laborales e incluso de estatus social (Miguel Lorente). Los “hombres” no matan a las “mujeres” por el mero hecho de ser mujeres o porque las consideren de su propiedad. Existe la “violencia” que se desencadena en una pareja, y tan condenable es la que se mantiene y termina con una mujer asesinada, como la que se mantiene y termina con un hombre muerto o condenado socialmente como está ocurriendo hoy en dia, con las miles de denuncias falsas o sentencias de divorcios completamente abusivas y que favorecen a “la mujer”.

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  2. Hay quienes, implícitamente, tratan de configurar una especie de presunción de inocencia congénita (o activa/sin posible prueba en contrario), de carácter tautológico, que se opone radicalmente, anulándola, a la auténtica presunción de inocencia jurídica (o pasiva/salvo prueba en contrario) Es la que atribuye, arbitraria, discriminatoria e injustamente, a ciertos grupos de personas una calidad ética míticamente perfecta, de modo que cuando se convierten en acusadores, su mera palabra constituye prueba fehaciente indestructible. Sucede así, verbi gratia, cuando se maneja el siguiente prejuicio sofista: Cuando una mujer se decide a denunciar a su marido (ahora pareja) es porque tiene que estar pasando un infierno. Quedan irracional y antijurídicamente implícitos los siguientes postulados:
    1) Que una mujer, por serlo, es incapaz de mentir.
    2) Que es incapaz de albergar pasiones (o caer en conductas) perversas como celos, odio, venganza, egoísmo, ambición, adulterio, traición etc.
    3) Que, en general, por su propia naturaleza, una mujer es un ser moralmente intachable y perfecto.
    4) Que, en consecuencia, por principio tautológico el marido (la pareja) es SIEMPRE culpable sin necesidad de prueba.
    5) Y por último, la consecuencia implícita más cínica: Que el culpable lo es obviamente ¡por ser hombre! (aquí verdaderamente por su naturaleza esencial de varón(*))
    (*) Cuando se utiliza la expresión “por ser” referida a una persona hay que distinguir cuidadosamente si el “ser” en cuestión se está refiriendo a la naturaleza esencial de su condición o únicamente a circunstancias accidentales pero indisociablemente vinculadas a su naturaleza esencial. La confusión sobre tal distinción es utilizada incansable y torticeramente por el hembrismo bien cuando se presenta como eterna víctima del varón “por ser mujer” (asunto que ya se rebate agudamente en el artículo) o bien cuando aquellos aspectos atávicos de la división del trabajo son, en oportunos tiempos de acomodación, denunciados como opresores de la mujer a la que se ha discriminado “por ser mujer”. Primero, no ha existido tal discriminación; durante milenios esa división ha supuesto siempre una situación desventajosa para el varón tradicionalmente arrojado al escupitajo de la intemperie frente a la mujer resguardada en el ámbito doméstico. Y en segundo lugar, en ningún caso esa supuesta discriminación lo habría sido en función del “ser esencial femenino” sino justificada precisamente por las circunstancias accidentales asociadas a su condición, como lo son precisamente su capacidad gestante y amamantadora de la prole. Como el hembrismo es un amasijo absurdo de contradicciones acaparadoras al socaire descuidero de toda clase de ventajas en cualquiera de las situaciones posibles por opuestas que sean entre sí, también en este asunto incurre habitualmente en contradicción. Es muy capaz, cuando le conviene, de distinguir la diferencia que se viene señalando. La muestra más palmaria la constituye nada menos que la llamada ideología de género, hasta el punto de suponer esa diferenciación (aunque quebrando vinculaciones indisociables) el núcleo de la ideología. Pero no es necesario ir tan lejos. Cuando reivindica la mayor presencia de la mujer en ámbitos de poder políticos, culturales y empresariales, lo hace, no en función de que las mujeres sean gestantes y amamantadoras (es más, consideran oprobioso que las circunscriban a esas funciones), sino precisamente en virtud del “ser esencial de la mujer”, es decir, partiendo del criterio de que, frente al ser esencial del varón, la condición esencial del espíritu femenino (en su opinión,más tolerante, pacificador, sensible, intuitivo, sensato, comprensivo etc.) ha de aportar maravillosas ventajas a la paz y concordia universal. Y el hecho de que las circunstancias vitales y el ser nuclear puedan interferirse mediante una suerte de realimentación no añade motivo racional para confundirlos. Pero, además y en todo caso, las diferencias del “ser” entre varón y mujer, sean cuales fueren, lo son en tendencia estadística y no en aplicación matemática precisa e individual y, como las diferencias entre cualesquiera personas entre sí, no otorgan derecho alguno a romper, mediante prejuicios inaceptables, la igualdad de oportunidades o la igualdad ante la Ley sin más. Si, por el mero hecho de serlo, cabe atribuir a una mujer mayor tendencia a resultar mejor en algo (sin olvidar que también deberían considerarse las de carácter relativamente deficitario) habrá de demostrarlo a posteriori, tras haber obtenido su puesto o cargo en imparcial convocatoria y evaluación, y no, tras una nueva vuelta a la tuerca de la contradicción, a resultas de ladinos apriorismos que, además, dejan distraídamente de lado la consecuente consideración de las también más probables carencias.
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