Otra trampa del sanchismo

El gobierno de Pedro Sánchez parece especializado en la puesta en marcha de polémicas en las que, sea cual sea la posición que adopten la oposición y los críticos, aquel sólo puede ganar. El ejemplo paradigmático es la exhumación del cadáver de Franco. Apoyarla significa plegarse a la interpretación de la historia de la izquierda y convertirse en cómplice de la Comisión de la Verdad, engendro totalitario con el que ya se nos amenaza resueltamente. Ponerse en contra permite situar a quien tal posición adopta en el campo del “fascismo” más o menos confeso: o sea, estigmatizarlo como un enemigo contra el que todo vale, al que se debe aislar implacablemente e incluso negar los derechos más elementales, como la libertad de expresión.

Otra polémica que se encuadra en esta estrategia, también conocida como “si sale cara gano yo, si sale cruz pierdes tú”, es la del sindicato de prostitutas con las que el gobierno pretende alimentar más horas de informativos y tertulias –después de hablar de Franco, naturalmente. De nuevo asistiremos a esos debates trucados en los que se cumple la máxima (no recuerdo su autor) según la cual el diablo envía los errores al mundo por parejas de opuestos, para que los seres humanos creamos que la verdad se halla en uno de los dos miembros.

¿Por qué digo que también aquí el diablo, digo el gobierno y la izquierda, sólo pueden ganar? Pues porque el debate parece centrarse básicamente en dos posiciones: la de quienes ven en la prostitución femenina otra manifestación más de la opresión del patriarcado, frente a la de quienes defienden que se trata de una actividad tan respetable como cualquier otra. En el primer caso, es obvio que se refuerza un frente más de la ideología de género. En el segundo, se contribuye al encallanamiento de la sociedad, hundiéndola más en esa ciénaga pútrida donde la izquierda se mueve con destreza anfibia.

Muchos creen tener la receta mágica para resolver esta cuestión. Sería el principio de John Stuart Mill, según el cual la coacción estatal sólo es válida para prohibir comportamientos que dañen a terceros. En ningún caso el gobierno puede intervenir para salvarme de decisiones que sólo me dañan (si es que lo hacen) a mí, como por ejemplo drogarme o prostituirme. Reconozcamos que este principio es con frecuencia útil. Pero también la mecánica de Newton sirve aún para poner satélites en órbita, e incluso para viajar a la luna, y sin embargo desde Einstein sabemos que no es la verdad absoluta, sino que en todo caso tiene una validez parcial. Por ejemplo, es incapaz de explicar la órbita del planeta Mercurio, demasiado cercano a la gravedad del sol.

Dos son los problemas del principio de Mill, según mi opinión. El primero, que está lejos de quedar siempre claro si determinados comportamientos dañan o no a terceros. Ejemplos: el tráfico de drogas, el suicidio asistido, la eutanasia. Que ambas partes (el traficante, el cooperador del suicidio o la eutanasia, por un lado, y el consumidor de drogas, el suicida o el paciente por otro) actúen libremente, ¿justifica la no intervención de las leyes ni de la autoridad? ¿Un daño consentido deja de ser un daño? ¿No existen criterios objetivos?

El segundo problema es que quienes defienden la no intervención, de manera implícita o inconsciente están presuponiendo el relativismo moral. Aquí la prostitución es un buen ejemplo. Concediendo que esa actividad no daña a terceros, y que por tanto no debería prohibirse, ¿se deduce de ahí que es sólo una actividad económica más? O formulado de manera más general: ¿todo lo que no está prohibido legalmente tiene el mismo valor moral?

Si respondemos negativamente, se plantea entonces la siguiente cuestión, tal como agudamente me la transmitió el periodista Yago González a través de Twitter: “Si uno tiene la convicción firme de que algo es moralmente malo, legalizarlo es en cierto modo legitimarlo moralmente, ¿no? Es un poco contradictorio.”

Creo que, efectivamente, ese es un problema muy real de las leyes. Por un lado, no podemos prohibir todo lo que está mal, porque nos veríamos abocados a una especie de teocracia asfixiante, con la policía dedicada a perseguir toda clase de supuestos vicios. Pero por otro, es cierto que la ley es maestra, como decía Aristóteles, y que la opinión pública tiende a percibir como moralmente legítimo todo aquello que no está legalmente prohibido, es decir, sin mediar coacción de la autoridad.

No hay aquí una solución mágica. Este problema existe y humanamente es ineludible. Los cristianos nos regimos de manera genérica por las palabras de Jesús: “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Pero está claro que estas no nos permiten resolver de manera infalible cada caso concreto. Mi opinión respecto a los que nos ocupa sigue siendo la de Clint Eastwood en Sin perdón: “Dejad a las putas en paz”. Pero dejarlas en paz también implica no engañarlas, no halagarlas falsamente diciéndoles que, puesto que son libres de vender su cuerpo, no hay nada de malo en ello. Esto es mentira y ellas suelen ser las primeras en saberlo. En cuanto tienen la oportunidad, tratan de dejar esa clase de vida.

El error de muchos liberales consiste en creer que deben dejar la moral “aparte”, tal como también con gran acierto señalaba Yago, en el tuiteo en el que se originó nuestra breve conversación. Pero quien pone la moral entre paréntesis, no está haciendo más que realizar sus propios juicios morales implícitos, sin reconocerlos, haciéndolos pasar por pura lógica. El “¿quién soy yo para juzgar?”, que puso de moda el papa Francisco, es con frecuencia difícil de distinguir de ese relativismo moral que impide decir que hay cosas buenas o malas, independientemente de lo que piense cada cual.

¿Quién soy yo para juzgar? Como ejercicio de humildad, la pregunta está muy bien. Pero en esta era democrática, suele entenderse de manera externa al propio ego: ¿quién es nadie para juzgar, para decirme lo que tengo que hacer? A los progresistas les chifla esta relativización de la moral, este cuestionamiento de toda autoridad. Pero sólo cuando lo que se relativiza y cuestiona son las creencias y la autoridad ajenas, no las suyas. Así no sorprende que haya tantos progresistas.

Anuncios

Un comentario sobre “Otra trampa del sanchismo

  1. Personalmente soy partidario de “legalizar la prostitución” aunque sea una actividad que yo no estoy ejerciendo ni alentaría o aconsejaría su ejercicio; y aquí no encuentro ninguna contradicción, existen muchas actividades legales que a mi no me gustan y no ejerzo. Con la legalización creo que estás poniendo dificultades al tráfico negro y favoreciendo unas mejores condiciones para su ejercicio.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s