El bucle sórdido

El gobierno socialista de Pedro Sánchez repite desde el primer día el mantra del diálogo con los separatistas catalanes para distinguirse de su antecesor, sugiriendo que es la falta de este bálsamo milagroso y curalotodo el origen del “problema catalán”. La última en remachar el soniquete, cuando escribo estas líneas, ha sido Teresa Cunillera, delegada del gobierno en Cataluña, quien en una entrevista ha formulado así el profundo paradigma: “Donde [desde el gobierno del PP] ponían ordeno y mando y confrontación, nosotros ponemos diálogo, acuerdo y negociación.”

Se trata de una inversión de la realidad tan grosera y descarada que no debería ser necesario señalarla. Pero por desgracia lo es, porque hay demasiada gente que vive de difundirla. Para empezar, quienes rompieron cualquier diálogo fueron los separatistas cuando optaron por la vía unilateral, violando la Constitución y el Estatuto catalán, además de otras leyes de menor rango, desobedeciendo a la Justicia y proclamando formalmente en el parlament que eso es precisamente lo que habían hecho y lo que seguirían haciendo.

Dicen los separatistas que se vieron abocados a la ruptura con el Estado por culpa de un gobierno enrocado, que se negaba a hablar. Esto, después de décadas de autonomismo y de gobiernos centrales del PSOE y del PP sostenidos por los diputados nacionalistas, y haciendo la vista gorda ante la corrupción institucionalizada del pujolismo, es una burla feroz.

Por lo demás, nadie con dos dedos de frente puede creer que las enmiendas del Tribunal Constitucional a un nuevo Estatut, última de las preocupaciones de los ciudadanos catalanes, que ni habían imaginado que les hiciera puñetera falta, sean el origen de un problema real. Y menos creíble aún es que el origen se halle en ningún quítame allá esas pajas por desacuerdos en inversiones o en competencias, cuando la Generalitat tiene las más decisivas, incluyendo 17.000 policías autonómicos y más de 70.000 maestros y profesores dedicados al adoctrinamiento masivo de la juventud en el nacionalismo catalán.

Pero el estribillo del diálogo contiene una mentira aún más grande, la megamentira que corrompe todo el debate político contemporáneo. Aquella según la cual la derecha es autoritaria e intransigente, mientras que la izquierda es democrática y tolerante. ¡Permítanme que me ría! Desde la Revolución Francesa, si algo ha sido portador de los más brutales y sanguinarios despotismos del mundo ha sido la izquierda. Y cuando la derecha ha prohijado dictaduras y fascismos, ha sido unas veces como una reacción más o menos torpe a la izquierda, y otras como una mutación de la misma con la única finalidad de robarle su idea totalitaria.

Digámoslo sin tapujos: el objetivo último del PSOE y de Podemos no es solucionar ningún “problema catalán”, sino excluir del sistema a la derecha. Entiéndase bien, no me refiero al Partido Popular, que es un actor necesario para dicha exclusión. Conviene que exista una seudoderecha domesticada a la que los incautos sigan votando, para prevenir la irrupción de formaciones como Vox que realmente pongan en cuestión las premisas de la socialdemocracia hembrista y multicultural. Para ello, hay que seguir alimentando sin cesar el mito de una derecha archivillana y con ADN autoritario. Aunque el franquismo diera paso a la democracia parlamentaria, y el castrismo y el bolivarianismo sigan vendiendo cuarenta años después la misma tiránica opresión y la misma miseria de siempre.

Todo indica que el PSOE se propone repetir la misma jugada que tan bien le salió con ETA. Negociar con quienes desean la destrucción de España, con tal de obligar al PP a bajar la cabeza por miedo a ser tildado de enemigo de la paz, y a que asuma su indigno papel subalterno, de partido conservador… de las “conquistas progresistas”, desde el aborto a la memoria histórica.

A resucitar al brazo político de ETA, llegando al extremo de implicar al Tribunal Constitucional en la infamia, se lo llamó “proceso de paz” y “derrota de ETA”. Ahora, a que los separatistas catalanes ganen tiempo y puedan rearmarse (metafóricamente y quizás no tanto), lo llamarán diálogo y acuerdo. Y el PP, si alguna vez regresa al gobierno, volverá a tragarse con patatas cualquier pacto infame con los separatistas al que llegue el PSOE. Y la izquierda volverá a decir que el PP es un partido autoritario e intolerante. ¿No habrá nadie que sea capaz de romper este bucle sórdido? Desde luego, no en ninguno de los actuales partidos con representación parlamentaria.

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