Por qué hay ateos

Del mismo modo que los ateos tratan de buscar respuestas en la sociología, la psicología y hasta la neurología a la pregunta de por qué muchos creemos en Dios, es lícito y conveniente preguntarse por qué hay ateos.

Los ateos se sienten intelectualmente superiores porque piensan que los creyentes tenemos motivos irracionales como la búsqueda de consuelo o de respuestas agradables a los enigmas de la existencia, el interés por preservar la moralidad y el orden social, etc. No suelen plantearse que ellos puedan tener sus propias motivaciones irracionales.

Creo que hay dos explicaciones psicológicas fundamentales del ateísmo. La primera es el orgullo o la rebeldía del hombre que no quiere deberle nada a una instancia superior, que pretende ser éticamente autosuficiente y aspira a conseguirlo todo por sí mismo. Esta rebeldía es una constante en la historia humana, pero caracteriza especialmente la época moderna. No es accidental que nuestra secularizada cultura haya elevado a valores supremos el ánimo rebelde, la transgresión y el inconformismo.

Subyace aquí, por cierto, una paradoja: la sociedad contemporánea recompensa sólo formas de rebeldía estandarizadas, prefabricadas. Falsas rebeliones, en suma, como por ejemplo el feminismo o el homosexualismo, que en realidad se integran en el orden establecido constituido por grupos de presión, medios de comunicación, partidos políticos y grandes corporaciones, y contra las que, significativamente, sí está mal visto y hasta perseguido sublevarse. Hemos cambiado la obediencia a la ley divina, que nos acerca a los ángeles, por servidumbres humanas que rebajan nuestra dignidad al nivel de las bestias.

Pero hay otra causa psicológica del ateísmo nada desdeñable, procedente de una de nuestras debilidades: es la pereza intelectual. Ésta se manifiesta en forma de una serie de razonamientos simplistas y sofísticos, entre los cuales destacaría el naturalismo grosero, la carga de la prueba, el paso prescindible y la paradoja de Epicuro.

Naturalismo grosero

Por naturalismo entiendo la idea de que no existe ninguna realidad sobrenatural, es decir, que todo puede y debe explicarse mediante las leyes de la naturaleza. Esta tesis, aunque no la compartamos, merece ser respetada. Sin embargo, con frecuencia se adopta sin tener consciencia de que se trata de un mero postulado, es decir, que no se sostiene en ningún otro principio más fundamental o general, ni en ninguna evidencia. (Puede haber evidencia empírica de que exista algo, pero no de que algo no exista.) La inconsciencia del naturalismo como mero postulado es lo que denomino naturalismo grosero.

Un naturalista grosero asegura que los milagros no existen, porque suponen violar las leyes de la naturaleza. Pero precisamente esta es la definición de milagro: una violación de las leyes de la naturaleza, realizada directa o indirectamente por Dios. Afirmar que los milagros no existen porque violan las leyes de la naturaleza es una argumentación circular: es exactamente lo mismo que decir que las leyes naturales no se pueden violar porque las leyes naturales no se pueden violar. O más concisamente: los milagros no existen porque los milagros no existen.

El naturalismo grosero es claramente perezoso. Lo más fácil es decir que sólo existe lo que podemos percibir por los sentidos, y fin de la historia. Pero que una idea sea cómoda o intuitiva no significa que sea cierta. Existen infinidad de cosas que no percibimos, salvo por sus efectos, y que muy pocos ateos se atreverían a negar.

La carga de la prueba

Consiste este argumento en la idea de que los ateos no tienen ninguna obligación intelectual de argumentar por qué Dios no existe, sino que corresponde a los creyentes ofrecer pruebas positivas de la existencia de un Creador. Es decir, el ateísmo sería la posición “normal” o por defecto de un ser racional, que no estuviera contaminado por prejuicios recibidos. Comte señaló que ya nadie cree en los dioses de la mitología griega, y que no por ello se exigen pruebas de su inexistencia. Más humorístico, Bertrand Russell imaginó que podría existir una tetera orbitando entre Marte y Júpiter, indetectable para cualquier telescopio por su insignificante tamaño. Refutar la existencia de Dios sería tan ocioso, según él, como tratar de probar que no existe esa tetera.

Traspasar la carga de la prueba a los creyentes es sin duda una demostración de pereza intelectual. No tiene más justificación que si los creyentes hicieran lo mismo, pues las comparaciones que se hacen de Dios con seres imaginarios como los citados y cualesquiera otros eluden sistemáticamente la naturaleza del concepto monoteísta de Dios. Aquí no nos estamos planteando la existencia de un ser cualquiera, como la diosa Afrodita, la tetera de Russell o el ratoncito Pérez, cuya existencia o inexistencia no afectan globalmente al resto del universo, sino la naturaleza básica de la realidad.

O bien la realidad primordial (lo que los presocráticos denominaban arjé) es una Inteligencia personal, creadora de todo lo demás, o bien el arjé es la materia inerte, de la cual surgiría accidentalmente la inteligencia. El ateo ha realizado su elección entre ambas posibilidades, como lo ha hecho el creyente. No veo por qué el primero estaría menos obligado a justificar su posición, si es que lo está de algún modo, que el segundo.

Como enseñaba Joseph Ratzinger en su libro Introducción al cristianismo: “Nadie puede sustraerse al dilema del ser humano. Quien quiera escapar de la incertidumbre de la fe caerá en la incertidumbre de la incredulidad, que jamás podrá afirmar de forma cierta y definitiva que la fe no sea la verdad. Sólo al rechazar la fe se da uno cuenta de que es irrechazable.”

El paso prescindible

Uno de los argumentos simplistas favoritos del ateísmo es el siguiente: Si decimos que el universo existe porque fue creado por Dios, pero Dios es un ser increado, ¿por qué no ahorrarnos un paso y decir que el universo es increado? En realidad, esto ya ha sido contestado en la sección anterior, pero reformularemos aquí el razonamiento para que se comprenda bien. Decir que Dios ha creado el universo no es añadir un ente superfluo más al conjunto de lo existente, sino que altera por completo el carácter y el sentido de dicho conjunto.

Supongamos que el universo sea increado, es decir, que exista por sí mismo. Esto puede significar dos cosas: o bien que existe sin razón alguna, o bien que la razón de su existencia se halle en sí mismo. Si admitimos los primero, cualquier cosa puede darse (puesto que no necesita razón alguna para ello), y por tanto se derrumba la inteligibilidad última de lo real. No habría ningún motivo por el cual el universo se nos presentara regido por las leyes naturales conocidas, ni tan siquiera por cualesquiera otras; sencillamente habría habido un determinado orden -hasta ahora- que en cualquier momento podría concluir abruptamente. El filósofo ateo Sartre comprendió perfectamente eso y lo reflejó en su novela La náusea.

Si en cambio suponemos que el universo existe por su propia naturaleza, se deduce que todo cuanto existe es necesario, que nada podría ser de otra manera, pues tiene en sí mismo la fuerza para existir. En un universo así no hay lugar para la libertad humana, como ya vio el gran pensador Spinoza, porque la libertad es la negación de que todo acontecimiento esté sometido a la necesidad causal o al azar.

Por el contrario, si Dios ha creado el universo, se justifica tanto su inteligibilidad (pues procede de una Inteligencia ordenadora) como la libertad humana, que sería un trasunto de la libertad absoluta del propio Creador. Por tanto, no se trata de un paso lógico de más o de menos: se trata de elegir entre una concepción u otra de la existencia, radicalmente distintas. El ateo es una persona a la que le da una enorme pereza tan tremenda elección, y por eso se deja seducir fácilmente por el argumento de que basta con prescindir de un paso, aplicando la ley del mínimo esfuerzo.

La paradoja de Epicuro

Por las redes sociales circula un diagrama llamado “paradoja de Epicuro”. Importa poco que la atribución al filósofo griego sea fantasiosa, aquí nos interesa sólo analizar la argumentación lógica. Este es el diagrama:

paradojaEpicuro

El razonamiento básico no es más que la exposición del clásico problema del mal: Si Dios es omnipotente e infinitamente bueno, ¿por qué existe el mal? Si lo permite no es bueno, y si no puede impedirlo, no es omnipotente. De lo que se deduce, dice el ateo, que Dios no existe.

El diagrama considera y rechaza tres posibles respuestas de los creyentes al problema del mal. La primera respuesta es que Dios permite el mal para que el hombre sea libre de elegir el bien. La segunda, que el mal procede del diablo. Y la tercera, que el mal es una forma de poner a prueba al hombre. Las tres se rechazan por el mismo motivo: un Dios omnipotente puede crear un mundo con libre albedrío y libre del mal; asimismo, puede destruir al diablo. Por último, no necesita probar al hombre, porque es omnisciente y ya puede prever sus actos.

Todos estos razonamientos se basan en una errónea concepción de la omnipotencia. Esta, como ya señaló Tomás de Aquino, no puede incluir lo lógicamente contradictorio. Dios no puede hacer que dos más dos sumen cinco, o que un triángulo tenga dos lados, no porque haya una limitación a su poder, sino simplemente porque tales cosas son absurdos que ni siquiera pueden pensarse.

Aplicado a nuestro problema, vemos que Dios no puede hacer libre al hombre y al mismo tiempo imposibilitarle que sea capaz de elegir el mal. Sería lógicamente contradictorio. Ahora bien, si Dios permite el mal por razón del libre albedrío, puede entre otras cosas admitir que exista el diablo, aunque por supuesto sin llegar a concederle un poder ilimitado. Y también tiene sentido someter al hombre a prueba, no porque Él necesite conocerlo (ya lo conoce, obviamente) sino porque es el hombre quien necesita conocerse a sí mismo, con el fin de que a partir de ese autoconocimiento tenga la oportunidad de perfeccionarse, arrepintiéndose del pecado y relativizando los bienes materiales.

No se me ocurre ni remotamente haber zanjado en estas pocas líneas el problema del mal. Por el contrario, el diagrama de la paradoja de Epicuro, con su engañosa sencillez, es una presuntuosa simplificación de un problema que ha ocupado a los filósofos cristianos durante siglos, como si bastaran unos pocos letreros y flechas para ahorrarnos la lectura meditada de una bibliografía ingente. ¿Cabe mayor demostración de pereza?

Termino apuntando una reflexión sobre la conexión entre la pereza intelectual y el orgullo rebelde contra Dios. No es extraño que quien se cree capaz de prescindir de Dios quiera creer que el universo puede existir por sí mismo, sin necesidad de un Creador, e incluso que tenga la osadía de enmendarle la plana, de pensar que en su lugar hubiera hecho las cosas mejor. Si la pereza es ignorancia del coste de las cosas, la rebeldía es negarse a pagar su precio, no reconocer ninguna deuda. Es una actitud vital básica que hoy se manifiesta en muchas formas subalternas, en la constante exigencia de derechos sin obligaciones, en las políticas económicas deficitarias, en la desvalorización pedagógica del esfuerzo y muchas más. Todas ellas derivan de la misma negación o transgresión original.

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6 comentarios sobre “Por qué hay ateos

  1. Dices: Dios no puede hacer libre al hombre y al mismo tiempo imposibilitarle que sea capaz de elegir el mal. Sería lógicamente contradictorio.
    Opino que no es así. No es cierto que el ser libre sea necesariamente incapaz de elegir el mal. Dios es absolutamente libre y es incapaz de elegir el mal. Por motivos muy distintos, Jesucristo y la Virgen María, en vida mortal, eran libres e incapaces de elegir el mal. Todos los bienaventurados del cielo (que Dios nos conceda serlo) son incapaces de elegir el mal y son perfectamente libres.
    Es que ser libre es simplemente querer lo que se hace. En todos los casos citados, esas personas quieren la única posibilidad que tienen: hacer el bien.
    De ahí que el problema del mal sea más misterioso aún… Dios pudo crearnos como a los bienaventurados del cielo, para entendernos, y no lo hizo…
    MUY BUENO TU ARTÍCULO. ¡¡¡ÁNIMO!!!

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  2. Me corrijo. He escrito: “No es cierto que el ser libre sea necesariamente incapaz de elegir el mal”. Quería escribir: “No es cierto que el ser libre sea necesariamente capaz de elegir el mal”. Lapsus…

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  3. Impresiona ver cómo alguien inicialmente lógico y racional demuestra no entender en absoluto el ateismo y simplemente enmascarar con una ligera limpieza superficial el típico deismo. Por ejemplo, no hay causas psicologicas del ateismo sino racionales, no es la pereza intelectual ni la rebelión lo que lo fomenta sino la constatación de que todas las explicaciones deistas son falsas y hay mejores explicaciones racionales para los mismos hechos o conceptos.

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  4. La clientela, en general, suele decantarse por los vehículos de transmisión informativa o propagandística (de prensa o visuales) que le resultan simpáticos y atrayentes a causa de resultar afines a sus convicciones ideológicas o incluso, más aún, porque las refuerzan. En cuanto a los blogs o webs, no digamos. Constituyen una selva tan abigarrada que el público ni siquiera tiene la oportunidad de llegar a conocer aquéllos que, por distantes, opuestos o refractarios, caen por completo fuera del ámbito de influencias que le podrían orientar, aunque solo fuera por puro azar, a tropezarse con ellos. ¡Ah, amigos, pero los trolls existen!. Forman avanzadillas que otean constantemente el horizonte internauta y dejan caer implacablemente sus bombas fétidas sobre todo aquéllo que se juzgue oportuno desalentar. Incluso el mero hecho de que se les vea aparecer por lontananza es signo inequívoco de que el blog o la página visitados contiene algún significativo fermento de valor que se hace preciso desprestigiar de raíz. Y mira por dónde que aquí los tenemos.
    ¿Qué probabilidad estadística existe de que progre-ateos puedan dignarse prestar una mínima atención o ni siquiera conocer una página para ellos tan extraña com ésta? Pero, es un hecho. han aterrizado. El primero de la avanzadilla ha sido, como es frecuente, lo que se podría calificar de un troll bufón, en aplicación de la consigna de que la insidia cizañera con befa entra. El segundo, actuando sobre terreno ya reblandecido, es otra cosa: un troll arrogante y solemne. Empieza con un argumento “ad hominem” disfrazado de elogio. continúa demostrando no conocer la distinción entre teísmo y deísmo y concluye, dando un golpe maestro de varita mágica despellejada de argumentos, con la invocación arrasadora de un abracadabra lapidario y moderno: ¡¡¡Está demostrado!!! (Ooooohhhhhh) ¡¡¡Racional!! (Aaaaahhhhh), ¡¡¡CIENTÍFICO!!! (Ooooohhhh Aaaaahhhh Oohhhhhh) Amén. Al tercero, le pido perdón de antemano; no sé si es un espécimen ingenuo o, en verdad, ha preguntado de buena fe.

    En cuanto a la cuestión de si es posible conciliar el libre albedrío (¡ojo! no la libertad) con la imposibilidad esencial de decantarse por el mal, la respuesta es rotundamente no. Son absolutamente contradictorios. Y sería absurdo, incluso para Dios, crear criaturas que simultanearan ambos atributos. Dios es omnipotente (atributo ya señalado por Aristóteles en la conceptualización metafísica de Dios) entendiendo como tal que puede hacer todo los que no sea lógicamente imposible, debiendo añadir, además, que lo lógicamente imposible debe dirimirse en el seno de la propia naturaleza divina y no en el ámbito de nuestra mente finita. Dios, por ejemplo, no puede crear otro Dios. Así pues, toda criatura ha de ser necesariamente limitada, incluso en la posibilidad de su propio ser (contingente). Si Dios, ya según Aristóteles, ha de ser omnipotente, omnisciente, eterno, inmutable, e infinitamente bondadoso, lo es en plenitud de todos estos atributos esencialmente imbricados entre sí. De modo que la merma en alguno de ellos (si fuera posible) repercutiría implacablemente en el resto. Es decir, que si Dios pudiera caer en un defecto de infinita bondad dejaría de ser simultáneamente omnipotente, lo que significaría dejar de ser también absolutamente libre. Así pues, para el caso exclusivo de Dios ( y para Jesucristo que , según la fe, es Dios) libertad absoluta e infinita bondad no solo no son contradictorias, no hay paradoja lógica, sino que se refuerzan mutuamente. No es propio hablar de libre albedrío en Dios precisamente por ser absolutamente libre. Libre albedrío es aquél aspecto particular de la libertad limitada que otorga a la criatura la posibilidad de elección entre el bien y el mal. Decir de una criatura que tiene libre albedrío y simultáneamente es incapaz de realizar el mal (puro vacuo nominalismo) no puede significar sino que en realidad no tiene libre albedrío (se lo concedemos para arrebatárselo inmediatamente). Y este, por excepción, es justamente, para la fe, el caso de la Virgen María desde su concepción en este mundo y de los bienaventurados acogidos en la Gloria Celestial. Pero no porque estas cualidades sean misteriosamente compatibles sino porque, excepcionalmente, en ambos casos se les exime de libre albedrío, aunque no por su naturaleza esencial (son criaturas) sino por apuntalamiento de la Gracia Divina. No son edificios estructuralmente inderrumbables sino edificios apuntalados. Una por su condición especial de Madre terrenal de Dios y los otros por que en la Gloria de Dios ya no lo necesitan al hallarse definitivamente eximidos de superar prueba alguna.

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