La prueba de Franco

Como todos ustedes saben, el presidente del gobierno Pedro Sánchez ha anunciado la exhumación del cadáver de Franco del Valle de los Caídos. 42 años después de la muerte del dictador, de los cuales más de la mitad ha gobernado el PSOE, un presidente de este partido parece haber descubierto dónde está enterrado el antepenúltimo Jefe del Estado.

Algunos dirán que nunca es tarde para corregir una “anomalía” semejante, sin paralelo en Europa. “¡Imaginen un monumento a Hitler en Alemania!” Dicen cosas así, basadas en groseras patrañas sobre la construcción y el significado del Valle de los Caídos, y mucha gente calla o responde débilmente, por ignorancia o cobardía.

A los progresistas les gusta mucho comparar a Franco con Hitler, lo cual es por lo pronto un grave insulto a las millones de víctimas del nacionalsocialismo. Pero se crecen con ello, porque piensan que así avergüenzan a sus adversarios, y no se puede negar que en la mayoría de casos consiguen tal efecto.

Es evidente que el objetivo inmediato de Sánchez es drenarle votos a Unidos Podemos. Pero sería un error quedarnos en esta explicación coyuntural. Debemos remontarnos al anterior presidente socialista, Rodríguez Zapatero, que fue quien pretendió enlazar la legitimidad democrática con la Segunda República, despreciando los casi treinta años de democracia que España sumaba en 2004, cuando se produjeron los atentados de Madrid que lo catapultaron a la Moncloa.

Esta política guerracivilista tuvo su plasmación en la Ley de Memoria Histórica y en el pacto secreto con la ETA y su brazo político. La primera convierte en doctrina de Estado una interpretación de la República, la Guerra Civil y la dictadura favorable al bando izquierdista del conflicto.

El pacto con ETA, por su parte, consiguió insuflarle nueva vida al agonizante brazo político de la organización terrorista, justo cuando estaba a punto de ser vencido tanto policial como políticamente. Sobre este tema, recomiendo la lectura del importante libro de Rogelio Alonso titulado La derrota del vencedor, donde desmonta todas las mentiras que se vienen repitiendo desde hace años sobre “la derrota de ETA”.

Lo que une a la banda criminal con los partidos de izquierdas y los nacionalismos hispanófobos es que todos ellos se reconocen en su antifranquismo. Zapatero, con la Ley de Memoria Histórica y el pacto con la ETA, pretendió ni más ni menos que instaurar un nuevo régimen en el que las ideas discrepantes de la narrativa izquierdista sencillamente no tengan cabida.

Es obvio que para la perfección de este plan, la figura de Franco sigue siendo imprescindible. Y a ello contribuye que la derecha política haya sido absolutamente incapaz de ofrecer su propia versión desacomplejada sobre el franquismo, señalando lo que rechaza de ese periodo o simplemente considera anacrónico, pero también lo que es perfectamente reivindicable. Cuando le mientan la bicha, lo único que sabe replicar es que ese tema “no es la prioridad de los españoles” o el socorrido “hay que mirar el futuro”, al que se atuvo también, hace escasos días, el recién elegido presidente del PP, Pablo Casado.

En esta situación, no es de extrañar que la izquierda se sienta absolutamente cómoda y que sea la menos interesada en que nos olvidemos de Franco. ¿Cómo iba a querer tal cosa, si le proporciona la ventaja decisiva sobre su adversaria? Una derecha amedrentada por el estigma del franquismo le facilitará largas legislaturas y se limitará a administrarle fielmente la finca en su ausencia, sin atreverse a aplicar su propio programa.

Porque no se trata de un mero debate historiográfico: aquí estamos decidiendo entre dos modelos de sociedad. La izquierda (e inclúyase en adelante a su derecha de compañía) significa un Estado mucho más gravoso y metomentodo, una sociedad civil más débil y teledirigida.

La izquierda significa que la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, queda al albur de la opinión y del interés.

La izquierda significa que la familia y la infancia se vean desprotegidas, con leyes que consagran el seudoderecho de cualquier adulto caprichoso a la adopción de niños y a la reproducción fuera de la convivencia heterosexual.

La izquierda significa seguir dando cancha a los nacionalismos hispanófobos, que no descansarán hasta destruir la nación que odian.

La izquierda, en fin, significa desarmarnos frente al islamismo y continuar erosionando nuestras raíces cristianas, sin las cuales devenimos juguetes de la última doctrina delirante de moda.

Si la derecha española quiere aún oponerse a todo esto, es decir, si quiere sencillamente sobrevivir, debe de una vez por todas clarificar su posición ante la figura de Franco. Debe comprometerse con la verdad de lo que sucedió en España en el siglo pasado, sin miedo alguno al qué dirán, apelando al conocimiento y no al emocionalismo necio que hoy es moneda corriente. Esa sería la auténtica prueba del nueve, “la prueba de Franco” de que por fin hay una derecha que está dispuesta a dar la batalla intelectual.

¿Pasará la prueba el sucesor de Rajoy en el PP, Pablo Casado? De momento, como hemos visto, no se ha salido del guión, a pesar de lo fácil que lo tendría alguien nacido tras la muerte del dictador, y que sólo se molestase en leer algún libro de Pío Moa o Stanley Payne.

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