Más allá del liberalismo conservador

¿Qué relación existe entre la libertad de mercado y el derecho a la vida del no nacido? ¿O entre la libertad de expresión y la familia tradicional compuesta por los padres y sus hijos biológicos? Para ciertas personas, la democracia liberal y los derechos individuales son incompatibles o poco congruentes con el derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural y la defensa de la familia.

Algunas de esas personas, que se autodenominan liberales, y hasta reparten carnés de liberalismo, consideran que el aborto y la eutanasia son derechos tan inviolables como la libertad de expresión o la religiosa. Asimismo, opinan que cualquier persona adulta tiene absoluto derecho a adoptar niños o a reproducirse sin pareja heterosexual y sin otro motivo que la mera satisfacción de sus deseos.

Los liberalconservadores, por el contrario, defienden la compatibilidad del demoliberalismo con lo que, para abreviar, llamaré moral tradicional. Con objeto de razonar esta posición, Francisco José Contreras, catedrático de filosofía del derecho de la Universidad de Sevilla, ha escrito varios libros magníficos, entre los que destacan Liberalismo, catolicismo y ley natural y el breve pero enjundioso Una defensa del liberalismo conservador, recientemente publicado. (Unión Editorial, Madrid, 2018.)

En el estilo del resto de obras del profesor sevillano, la última es una argumentación analítica, clara y profusamente documentada con datos empíricos, engarzada en la tradición del pensamiento clásico y la reflexión contemporánea más lúcida. El efecto es impresionante. Quien no esté de acuerdo con Contreras no puede –honestamente– desdeñarlo o despacharlo con un simple calificativo ideológico despectivo. Y quienes compartimos sustancialmente sus conclusiones, tampoco nos vemos eximidos del esfuerzo de digestión intelectual que requiere su lectura.

Contreras señala, con toda razón, los supuestos conservadores de los liberales clásicos, desde Locke hasta Hayek, así como su plasmación práctica en el sistema político de los Estados Unidos. Niega que el libertarianismo (como el que representa por ejemplo Juan Ramón Rallo, por citar a un autor mediático) sea una deriva inevitable del liberalismo clásico, tal como acostumbran a denunciar los pensadores tradicionalistas. Los autores citados en primer lugar y otros entendían la libertad más bien como un medio, o una condición, para realizar la vida buena y virtuosa, mientras que los libertarianos, especialmente a partir de John Stuart Mill, convierten la libertad en un fin en sí mismo, de modo que cualquier decisión libre que no interfiera en los derechos de terceros merece la misma valoración. Por ello, el libertarianismo es moralmente relativista, a diferencia del liberalismo clásico.

Esta distinción entre la libertad como medio y como fin es crucial, pero muy fácil de olvidar. Creo que el propio pensamiento liberalconservador bordea ese olvido con frecuencia, cuando argumenta a favor de la moral y las instituciones tradicionales como las más adecuadas para preservar la libertad o la civilización. Lo cual es cierto, pero distinto de la afirmación que puede deslizarse implícitamente: que salvaguardar esos bienes indudables es la única justificación, o la más importante, de instituciones como el matrimonio y la familia.

Es significativa al respecto una cita de Robert P. George aportada por Contreras : “Las empresas no pueden producir por sí mismas personas honradas y trabajadoras a las que emplear. Ni puede tampoco el Gobierno crearlas por decreto. Las empresas y los gobiernos necesitan que existan muchas personas con estas características, pero dependen de las familias –ayudadas a su vez por las comunidades religiosas y otras instituciones de la sociedad civil– para producirlas.”

Nótese el verbo producir, empleado un par de veces. Sin duda, su uso es completamente inocente, o todo lo más levemente irónico, pero no por ello consigue evitar una connotación desasosegante. Se quiera o no, sugiere que si existiera algún método alternativo para fabricar el “material humano” necesario para el funcionamiento de la economía, como en la novela Un mundo feliz de Aldous Huxley, podríamos prescindir de la institución familiar.

Este riesgo del pensamiento liberalconservador, consistente en reducir a finalidades pragmáticas los valores conservadores, parece confirmar los recelos de los autores reaccionarios contra el liberalismo. Contreras acaso trata de hacer justicia a dichas prevenciones al admitir que existe una pulsión “autofágica” en el liberalismo. Explicada brevemente: la explosión de riqueza creada por el sistema capitalista ha alumbrado una sociedad consumista que socava las virtudes (disciplina, ahorro, esfuerzo) que son condiciones de posibilidad del propio capitalismo. Sin embargo, con esta concesión no parece que dejemos de supeditar los valores morales a sus efectos socioeconómicos, cosa muy distinta de comprender la indiscutible relación entre ambos.

Opino que la tentación utilitarista del liberalismo conservador sólo se puede sortear asimilando la verdad nuclear del pensamiento reaccionario, esto es, la denuncia de la ruptura moderna con el cristianismo. Es lo que de hecho hace Contreras en el último capítulo, no exento de cierta melancolía crepuscular, titulado “Liberalismo, teísmo, materialismo.” Aunque también podríamos decir que con ello, en cierto modo, trasciende el marco del liberalismo conservador, apuntando al territorio maldito de los Donoso Cortés, Richard M. Weaver y Gómez Dávila. Lo cual no sería el menor mérito de un libro que tiene más que suficientes para hacer de su lectura un festín de la inteligencia. No se lo pierdan.

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