Las dos críticas al capitalismo

Hay una crítica indocumentada, ternurista e inane contra el capitalismo. Es la de quienes denuncian, contra los datos más rigurosos, que “los ricos cada vez son más ricos y los pobres más pobres”, y basándose en medias verdades y en informes tendenciosos e interesados como los de Oxfam postulan un aumento escandaloso de las desigualdades o la irrupción de una nueva depauperización en el mundo desarrollado.

No es una crítica que ejerza exclusivamente la izquierda, sino que la encontramos también en determinados autores conservadores y tradicionalistas, con términos a veces apenas distinguibles. Hay un cierto auge, en círculos restringidos, de las ideas distributistas de Gilbert K. Chesterton, el genial apologista católico, que defendía una especie de sociedad neorrural tan alejada del capitalismo como del comunismo. En nuestro país, el escritor Juan Manuel de Prada se ha erigido en uno de los representantes notorios, a través de sus columnas periodísticas, de esta tendencia reaccionaria.

No me malinterpreten. Quien escribe se reconoce sin ambages en el pensamiento reaccionario, cuya tesis central es que la modernidad, entendida como la ruptura con el cristianismo, es un error capital, por no decir la fuente de todos los errores. Sin embargo, las deducciones que algunos autores extraen de esta tesis, en el terreno económico, me parece que se han dejado influir por ideas que nada tienen que ver con el pensamiento genuinamente reaccionario, sino con un marxismo más o menos vulgarizado, que evidentemente se halla en sus antípodas.

Hace escasos días me llamó la atención la emisión, en Intereconomía TV, de una interesante entrevista de Julio Ariza a Jaime Mayor Oreja, en la que, tras tratar diversos temas, el director de la cadena lanzó una soflama denunciando las crecientes desigualdades económicas, en unos términos que cualquier comunista habría suscrito. El político democristiano se mostró diplomáticamente en sintonía con el discurso de su entrevistador, aunque apresurándose a señalar que él no era socialista ni comunista. Lo cual es una forma de admitir una cierta coincidencia con el diagnóstico de la izquierda, desconectándolo, no sé si muy consistentemente, de sus soluciones.

Personalmente, creo que el socialismo es una doctrina completamente falsa, no sólo por sus resultados sino ante todo por su interpretación del mundo, de la que a fin de cuentas derivan aquéllos. Sencillamente no existe un monstruo llamado capitalismo que sea el único o principal responsable de la pobreza en el mundo, de las guerras y de los desastres medioambientales. Nada ha provocado más miseria en el planeta que la instauración del comunismo en Rusia y en China, así como las políticas socialistas en otros muchos países, como la India de no hace muchas décadas. Nadie ha matado más en la historia que los regímenes y movimientos comunistas, en los últimos cien años. Y nadie ha provocado desastres ecológicos comparables a Chernóbil y otros menos conocidos.

La doctrina comunista, sin embargo, sigue disfrutando de un prestigio absolutamente increíble e inmerecido. Y las muletas de este prestigio son básicamente el discurso antifascista y el discurso anticapitalista. Del primero, sólo cabe decir que es probablemente el mayor éxito propagandístico de todos los tiempos. La izquierda pretende que unas doctrinas que en su origen no fueron más que una mutación ideológica del socialismo, y cuya influencia real, reducida a un cuarto de siglo, terminó en 1945 con la derrota del nazismo, constituyen la mayor amenaza que se cierne sobre la humanidad hasta el día de hoy y en el futuro.

La pretensión es desde luego ridícula, pero hay que rendirse a la evidencia de su efectividad política. El antifascismo es desde siempre el gran banderín de enganche del izquierdismo, tanto de jóvenes ingenuos como de oportunistas. El antifascismo lo justifica todo, incluso prácticas políticas violentas que no se distinguen de las fascistas. Porque en el fondo, y sin negar sus diferencias, fascismo y progresismo comparten una idea con resultados prácticos muy similares: la de que la vida social es una guerra más o menos encubierta, bien sea de clases, razas o sexos.

Sobre todo, el antifascismo es el gran espantajo que mantiene a la derecha política y sociológica amedrentadas, siempre a la defensiva, como si el mero hecho de sostener cualquier posición no progresista, como por ejemplo ser contrario a la eutanasia, le colocara a uno, dentro del llamado espectro político, más cerca de Adolf Hitler. (El cual, dicho sea de paso, defendía radicalmente la eutanasia y la aplicó desde antes de la guerra con la firme y valiente oposición de la Iglesia católica.)

El otro discurso que le hace el caldo gordo al comunismo es el anticapitalismo. Cada vez que algún bienintencionado conservador dice que comparte el diagnóstico de Podemos, pero no sus recetas, habría que darle una colleja metafórica. Porque dicho diagnóstico, por debajo de adornos y tacticismos varios, no es otro que situar el origen de todos los males en la propiedad privada y el libre mercado. Suelen hablar, para atracción de los incautos, de “gran propiedad” o “capital especulativo”, pero a la postre un comunista con poder acabará robando o arruinando a los más pobres e indefensos. Y ello es así no por desviaciones o excesos, sino por culpa del mismo concepto de partida.

Porque, díganme: ¿quién decide qué forma de propiedad es lícita o no? ¿Dónde ponemos el límite y cómo? Y lo más importante: ¿es posible un mundo de más de siete mil millones de pequeños propietarios? ¿Existe una alternativa a la economía industrial que permita alimentar, vestir, dar vivienda y medios de transporte a los miles de millones de seres humanos que, gracias precisamente (y digan lo que digan sofistas y demagogos) al capitalismo, han accedido a niveles de prosperidad desconocidos en toda la historia?

Ahora bien, dicho esto, hay una crítica de otro orden al capitalismo, ejercida por los autores reaccionarios en sus momentos más lúcidos, con la que sí estoy de acuerdo. La resume magníficamente Nicolás Gómez Dávila en uno de sus escolios: “El capitalismo es abominable porque logra la prosperidad repugnante vanamente prometida por el socialismo que lo odia.”

Es decir, el problema del capitalismo no es que produzca miseria, sino lo contrario: su ilimitada y demostrada capacidad para producir riqueza y satisfacer los deseos consumistas de las masas. Objetivo que comparte plenamente con el comunismo, con la única diferencia de que uno cumple sus promesas y el otro no. Soy consciente de que esta posición puede confundirse con un aristocratismo o torremarfilismo hipócrita y cínico. El de quien desde una posición acomodada (como era la de Gómez Dávila) puede permitirse el lujo de deplorar el mal gusto e inmoralidad de infinitos productos industriales destinados a satisfacer la demanda del gran público.

Desde luego, un reaccionario consecuente no debería caer en el error de proponer ilusorias alternativas. Puede evocar con ánimo ilustrativo o hasta provocativo viejas formas de vida preindustrial y feudal, pero realmente sabe, o debería saber, que ni esas viejas formas eran tan idílicas ni en todo caso podemos (ni queremos, hablando con sinceridad) volver a ellas. Sin embargo, esto no invalida el hecho de que el capitalismo, al producir sin otro criterio que satisfacer la demanda (sea espontánea o excitada artificialmente), nos conduce a una sociedad donde el materialismo eclipsa fácilmente cualquier otro sistema de valores, aunque sea a veces bajo el disfraz de las variadas seudoespiritualidades que el mercado se apresta también a ofrecernos.

Se ha comparado, en mi opinión acertadamente, el mercado libre con la democracia. Y en efecto, ambos beben del mismo principio: que el pueblo, o el consumidor, es el soberano. Para la mentalidad moderna, esto es un dogma incuestionable; pero tiende a desentenderse graciosamente de sus consecuencias más incómodas, lamentándolas como si se tratara de accidentes inexplicables o azarosos. Ese pueblo soberano puede al final acabar votando a Hitler. Y ese consumidor-rey sostiene una industria pornográfica (en el sentido más amplio, no me refiero sólo al negocio de contenidos sexuales, sino al entretenimiento basura en general) que mueve miles y miles de millones de dólares en el mundo, los cuales evidentemente se distraen de otros menesteres infinitamente más caritativos, nobles o inteligentes.

No nos equivoquemos. El problema de la democracia y del capitalismo no es que vote gente ignorante, ni que gente vulgar tenga dinero para comprar. No se resolvería nada restringiendo el sufragio ni creando redes de comercio elitista. Pues precisamente, esta “solución” ya ha sido ensayada hasta la saciedad por los comunistas. Lenin no accedió al poder por una mayoría de votos, sino dando un golpe de Estado y cerrando el parlamento. Sin embargo, la ideología leninista no dejaba por ello de ser democrática, en un sentido más profundo de lo que suele creerse. Quien está imbuido de la supersticiosa idea de que el pueblo o la mayoría siempre tienen la razón, en el fondo no necesita siquiera de ningún método que permita corroborarlo. Basta con que, del mismo modo supersticioso, crea que alguien, un líder o un partido, encarna esa voluntad infalible. Nuestro reaccionario de cabecera Gómez Dávila ya señaló esta fundamental comunidad de principios entre las democracias parlamentarias y las “democracias populares”: “Mayoría, partido minoritario, o individuo, la legitimidad democrática no depende de un mecanismo electoral, sino de la pureza del propósito.” (N. Gómez Dávila, Textos, Atalanta, 2010, pág. 72.)

Lo que distingue al parlamentarismo occidental del despotismo democrático es que, precisamente en el primero, el principio democrático está restringido y compensado por el constitucionalismo: porque en Europa y en Estados Unidos hay todavía serios límites legales a lo que un gobierno puede hacer, por mucha legitimidad electoral que posea, y porque sobrevive la división de poderes. Pero los ataques al imperio de la ley y a la independencia judicial son habituales desde las posiciones más fervientemente democráticas. Es ya cotidiano que se exija a los jueces que se plieguen al sentir popular expresado en manifestaciones callejeras, o que se demande a los gobiernos que ejerzan poderes ilimitados para solucionar tanto problemas reales como muy frecuentemente imaginarios o exagerados histéricamente.

Es aquí donde reaccionarios y liberales se encuentran: en su desconfianza de la democracia como expresión de una voluntad popular de derechos ilimitados. Pero algunos liberales, en su empeño por absolutizar la libertad individual, acaban no distinguiéndose demasiado de los demócratas más sectarios. Proclamar soberano al individuo (lo que implícitamente descarta cualquier criterio de valor trascendente) tiene resultados prácticos que no son tan distintos del absolutismo democrático, como se advierte por las significativas coincidencias de estos susodichos liberales con muchas posiciones progresistas, como la defensa de la eutanasia o los vientres de alquiler. Si el liberalismo fuera eso (aunque me resisto a concederlo), yo estaría con los reaccionarios, sin dudarlo.

 

 

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