El arreglamundos

Si yo fuera un partidario del aborto, probablemente habría elegido realizar un referéndum sobre su legalización aprovechando la circunstancia excepcionalmente favorable del papado de Jorge Bergoglio. ¿Cómo dejar pasar la oportunidad de un pontífice que cree que no hay que hablar tanto de este asunto, y que consecuentemente evitará poner toda la carne en el asador para movilizar a los católicos?

Sé que es una acusación muy dura, que incomoda a muchos creyentes. Pero la hago en conciencia y como católico que, con el debido respeto al sucesor de Pedro, no tiene ninguna obligación por ello de estar en todo de acuerdo con él ni de comulgar con sus errores, si los comete. Porque por encima de la autoridad papal están la Escritura y el Magisterio de la Iglesia bimilenaria, que se resumen en el Catecismo.

A nadie que no viva en una aldea sin televisión ni periódicos se le oculta que en la agenda del papa Francisco el aborto ocupa un lugar muy secundario, por detrás de temas como el cambio climático, la economía mundial, los refugiados, la inclusión en la Iglesia de homosexuales y adúlteros, etc. Este orden de prioridades ya es en sí mismo claramente impropio del máximo dirigente católico, porque no le distingue de un líder secular cualquiera.

Bergoglio parece ante todo más preocupado por arreglar el mundo que por la salvación de las almas. O quizá crea que la salvación de su alma pasa por arreglar el mundo, no lo sé. Pero aunque los cristianos no tengamos por que despreocuparnos de los asuntos sociales, nuestro horizonte debe ser la vida eterna y no este mundo pasajero.

Por supuesto, esto suena mal, o cuando menos extraño, al oído moderno. Suena a escapismo, incluso a falta de caridad con los sufrientes en el aquí y ahora. Y sin embargo, se da la paradoja de que la Iglesia, fundada por Aquel que dijo que “mi Reino no es de este mundo”, ha hecho mucho más por los pobres que todas las divagaciones utópicas responsables del exterminio de millones de “enemigos” políticos, para al fin y al cabo multiplicar la miseria o, en el mejor de los casos, obtener discretos resultados en comparación con la prosperidad capitalista. No hay duda alguna que aquí se cumple lo que dice el Evangelio: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.” (Mateo, 6, 33.)

Cuando el cristiano antepone las preocupaciones materiales (“sociales”) suele hacerlo a través del filtro o el prisma de las teorías e ideologías de moda en cada momento. Y lo único que consigue es comprometer a la Iglesia con errores que tarde o temprano acaban saliendo a la luz.

Así ocurre con las teorías que culpan al libre mercado de la pobreza, contra los abrumadores datos que prueban justo lo contrario. O con la pedestre visión economicista, vestigio del marxismo, de que las guerras y el terrorismo se “explican” siempre por meros intereses económicos, como los de los fabricantes de armas.

Algo análogo tenemos con el cambio climático, un fenómeno sobre el que, más allá del “consenso” político, no existe ninguna certeza científica (hasta donde haya certezas científicas) de que sea provocado principalmente por la acción humana, ni por tanto merecen confianza las predicciones catastrofistas basadas en modelos antropogénicos.

La misma impericia se observa en el tema de las migraciones. Se nos presenta a los inmigrantes como refugiados que huyen de las guerras y que son rescatados en alta mar por humanitarias ONG, cuando la realidad es muy distinta. En gran parte emigran de países que no están en guerra, y no parecen desde luego los más pobres de sus habitantes, pues tienen al menos salud y dinero suficiente para pagar a las mafias dedicadas al tráfico de personas. Mafias que gozan de la inestimable colaboración de unas ONG que cada vez van a recoger a los emigrantes más cerca de las costas de los países de origen.

Por otra parte, cuando se habla de solidaridad, yo me pregunto qué clase de solidaridad es la de unos políticos que invitan a venir a Europa a miles de inmigrantes, pero no para acogerlos en sus confortables zonas residenciales, sino para que sean los ciudadanos europeos más humildes quienes sufran los innegables problemas de convivencia, especialmente con los musulmanes, así como una mayor competencia por los servicios públicos y los empleos menos cualificados. Invito yo, pero pagas tú: esta la divisa de nuestra solidaria clase política.

Tampoco quiero dejar pasar otro de los temas de la agenda bergogliana. Su empeño (bien que jugando al despiste y ocultándose a menudo tras testaferros) por congraciarse con los homosexuales y los adúlteros (al menos, los divorciados vueltos a casar). Pero no como hacía Cristo, que abría sus brazos a los pecadores arrepentidos, sino al revés, como si fuese la Iglesia la que debe arrepentirse y pedirles perdón a ellos.

Aquí de nuevo muchos cristianos se dejan colonizar por concepciones modernas sobre la sexualidad, como si fueran verdades establecidas firmemente. Se asumen las ideas desde Freud para acá en el sentido de que controlar (“reprimir”) los impulsos sexuales jamás puede ser bueno, y que es preciso satisfacerlos sin otra consideración que el respeto a la libertad ajena y la higiene. Incluso pasando por encima de las vidas de los no nacidos. A esto se reduce en esencia la llamada “educación” sexual moderna, en proporcionar técnicas de satisfacción compatibles con la infecundidad y la prevención de enfermedades de transmisión sexual.

Si la Iglesia cediese en esto (lo que no sucederá nunca: “las puertas del infierno no prevalecerán”, Mateo, 16, 18), eliminaría de facto el sexto y el noveno mandamientos (por no hablar del quinto, en relación al aborto) y convertiría el sacramento del matrimonio en algo superfluo. No haría otra cosa que bendecir sacrílegamente el egoísmo universal, que persigue satisfacer un instinto primario del modo más cínico posible, aunque sin desdeñar, a efectos propagandísticos, seguir utilizando en muchos casos un lenguaje romántico de “amor incondicional”.

Lo peor de todo es que se quiera vender esta mercancía tóxica como si fuera, no ya compatible con el cristianismo, sino el mismo cristianismo, depurado de supuestas excrecencias. Como si los que tratamos de ser fieles al Catecismo fuéramos el equivalente de los antiguos fariseos: unos rigoristas desalmados, que situamos el sábado por encima del hombre.

Sin embargo, la característica definitoria de los fariseos no era tanto su supuesto rigorismo como que se creían moralmente superiores. “¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres…” (Véase Lucas 18, 9-14.) De algún modo llegaron a creer que se habían ganado la salvación por sus propios méritos, sin necesidad de la misericordia divina.

Pues bien, esto me recuerda poderosamente a nuestros actuales progresistas. A quienes se creen moralmente superiores porque sostienen las opiniones y las indignaciones supuestamente correctas. A quienes no se creen necesitados de salvación, sino más bien salvadores de los demás. Creen, por ejemplo, que hay que abrir de par en par las puertas a la inmigración. No piensan en las consecuencias, en cómo un país puede garantizar unas condiciones de vida adecuadas a todos los que vengan. Lo único que importa al nuevo fariseo es sentirse bien consigo mismo, gustarse a sí mismo, y que me aspen si no repite esta máxima como si fuera el primer mandamiento.

Enamorado de su propia bondad, como Narciso de su reflejo, el progresista es incapaz de reconocer que sus gestos para arreglar el mundo con demasiada frecuencia sólo lo estropean más; como no podía ser de otro modo, cuando uno se deja guiar exclusivamente por sentimientos autohalagadores en lugar de por la verdad y por la auténtica caridad, que lo último que tiene en cuenta es los propios deseos, y aún actúa a menudo contrariándolos. Como sucede con el valiente, que no es quien no tiene miedo, sino quien sabe dominarlo, el bueno no es el que carece de egoísmo e impulsos viles, sino quien se sobrepone a ellos, con la ayuda de Dios. ¡Que Él nos libre de creernos buenos por nuestros sentimientos espontáneos y más aún de querer regirnos sólo por ellos!

Francisco, creo yo, debería ser el primero en saber todo esto.

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4 comentarios sobre “El arreglamundos

  1. Un matiz. No quiero discutir lo que de verdadero hay en este artículo. Pero si decir que respecto del referéndum de Irlanda para aprobar el aborto, no veo la responsabilidad del Papa.

    En todo caso la de los obispos irlandeses.

    Pero creo que al final daba igual, los católicos provida irlandeses se han movido lo que han podido o han querido. Y al final la triste conclusión es que Irlanda no es ya católica de ideas. Los católicos son una minoría allí y aquí.

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  2. Revisemos varios tipos de argumentación recurrentes:
    1) Superposición justificativa de males: A es mal, sí, pero no importa mucho (y resulta hipócrita denunciarlo) porque existe también el mal B o el mal peor C
    2) Interferencia comprensiva de males: B es mal, pero alivia el mal C, ergo conviene admitir los dos. En lugar de combatir los dos. Este supuesto suele llevar ímplícita la mera repercusión del mal.
    3) Eliminación arbitraria de concausas: A no es causa de X porque lo son B y C
    4) Eliminación de causas remotas: Si bien B es causa de C, A es causa de B, no de C
    5) Contradicción por eliminación de identidad: Si bien A es B, B no es A. O bien: A no es B, pero B es A.
    6) Reducción relativista de incompatibilidad esencial: A y B son incompatibles, pero, en ciertas circunstancias, pueden concurrir perfectamente.
    7) Relativización incongruente del mal: El mal no es algo OBJETIVAMENTE ABSOLUTO porque las circunstancias OBJETIVAS lo reconfiguran ABSOLUTAMENTE.
    Apliquénse donde proceda.
    ¿De modo que el Papa no es responsable cuando hace declaraciones, amplificadas por todos los medios de propagación hostiles a la Iglesia, del tipo JARRA DE AGUA FRÍA como “No hay que obsesionarse con la cuestión del aborto” o del tipo BALONES FUERA como “¿Quién soy yo para juzgar?”.(1) Vale. Sobre la memoria del Papa Pacelli se vienen arrojando toneladas de heces porque se abstuvo de hacer declaraciones sobre los campos de concentración nazis (¿Sabía por entonces que eran de exterminio? En cualquier caso, no mejor que los Aliados) Bien, ahora imaginemos que Pío XII hubiera expresamente declarado “No hay que obsesionarse con la cuestión de los campos de exterminio” En comparación con las reacciones consecuentes, las toneladas de heces vertidas han de pasar, sin duda, a la consideración automática de simples piadosas pre-heces en pro de la bendita memoria de Eugenio Pacelli.

    (1) O del tipo EVANGELIOS FUERA como las hechas por alguna de sus nombradas Autoridades Superiores: “En tiempos de Cristo na había micrófonos” Ni cámaras, por supuesto.

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  3. Bergoglio elogia a la abortista Enma Bonino.Está preparando a la Iglesia y a todos para que lo acepten.De todas formas,como bien ha dicho Carlos en esta entrada,el Catecismo está muy por encima de lo que diga cualquier Papa.

    El Catecismo es más importante para el cristianismo que los objetivos de un Papa.Que no te engañen.

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