Cervantes el facha

La extrema izquierda separatista (los partidos CUP y Arran, más los sindicatos COS y SEPC) ha impedido violentamente que Sociedad Civil Catalana rindiera un homenaje a Cervantes en la Universidad de Barcelona. Hasta aquí, una algarada estudiantil más, en una Universidad politizada desde los años sesenta del siglo pasado. Nada nuevo, aparentemente.

Pero hay que prestar atención a dos aspectos. Uno de ellos, de carácter inmediato y evidente, es el sistemático cultivo del odio. La llegada del fanático hispanófobo Joaquim Torra a la presidencia de la Generalitat es sólo, por usar la manida metáfora, la punta del iceberg de un fenómeno no por conocido menos inquietante.

Un error común consiste en pensar que el odio es algo puramente irracional. No es así, o al menos no lo es más que la emoción antitética, el amor. El odio suele estar cargado de razones. Seguramente, más de uno de los participantes en el boicot estaba al tanto de las sesgadas investigaciones del periodista Jordi Borràs, autor de un libro titulado Desmuntant Societat Civil Catalana, en el que pretende demostrar la naturaleza ultraderechista del núcleo fundador y dirigente de la entidad cívica contraria al secesionismo. Un resumen de la tesis de este libro puede leerse (en catalán) en el artículo “Els vincles ocults de l’extrema dreta amb Societat Civil Catalana”.

El procedimiento de Borràs consiste en señalar la trayectoria ultraderechista o tradicionalista de algunos miembros de SCC, sumando a ello indicios mucho más débiles: que uno es hijo de un franquista (como muchos izquierdistas), que el de más allá publicó algo en una revista editada por una editorial que es propiedad de un histórico neonazi y que a algunos actos y manifestaciones de SCC, entre gente de muchos otros partidos, han acudido miembros de Falange, MSR o Vox (que no es ultraderechista, pero da igual, todo hace bulto en el mismo saco). Así reúne material suficiente para sugerir, mediante una hábil presentación periodística, que SCC es un oscuro contubernio fascista.

Por supuesto, los cafres que lograron impedir el homenaje a Cervantes necesitan mucho menos que eso para ponerse en acción. Para ellos, todo lo que se sitúa a la derecha de la ultraizquierda es ultraderecha. El mero hecho de defender la unidad de España lo conceptúan directamente como fascismo. Lo que seguro no saben estas criaturas es que el fascismo no fue más que una mutación del comunismo: de ahí que los métodos violentos y de agitación de ambos se parezcan como dos gotas de agua.

Sin embargo, no deberíamos desdeñar el papel de cada uno en incubar el huevo de la serpiente. Borràs ha actuado como tantos intelectuales que ponen la diana: identifican al enemigo que luego, ¡oh casualidad! acaba siendo perseguido y no pocas veces exterminado sin compasión. El ejemplo más reciente y cercano lo tenemos en los Balcanes, pero la entera historia del siglo XX es incomprensible sin tener en cuenta ese papel del intelectual inspirador del chekista, del camisaparda o del terrorista.

El segundo aspecto al que me refería antes tiene que ver con la propia figura de Cervantes. Porque, si bien se mira, Cervantes es bastante incorrecto políticamente, como se dice ahora. Su concepción de la milicia, sus juicios sobre mahometanos o gitanos, sus ideas sobre la mujer y la honestidad sexual, si fueran expresados en lenguaje actual, sin aludir a su origen en el Siglo de Oro, recibirían una condena universal, no sólo de la CUP, sino de todos los partidos del arco parlamentario, del PP a Bildu. Al imprudente que así se expresara se le llamaría fascista, xenófobo, racista, machista y todo el repertorio habitual de anatemas, como paso previo a posibles medidas más desagradables.

Resulta significativo que hoy no podamos decir lo mismo que decía Cervantes tranquilamente, hace cuatrocientos años. Se replicará que el autor del Quijote, a su vez, no hubiera podido manifestar según qué cosas contra la Iglesia, la monarquía o la moral imperante en su época. Cierto. Pero en lo esencial no habría diferencia entre el siglo XVII y el XXI: tanto entonces como ahora, unas ideas son pronunciables y otras no. O como observa Nicolás Gómez Dávila: “Los prejuicios de otras épocas nos son incomprensibles cuando los nuestros nos ciegan.”

Los ignorantes creen que sí hay una diferencia crucial: que hace no muchos siglos te quemaban en la hoguera y hoy al menos, en Occidente, no se arriesga la vida. Esto sólo puede afirmarse desde el más puro analfabetismo funcional, no sólo porque frente al islamismo u otras ideologías, como el animalismo o el “antifascismo”, claro que uno arriesga la vida, y unos cuantos ya la han perdido, por exteriorizar lo que pensaban, sino porque la Inquisición quemó en la hoguera a menos personas, en varios siglos, que las que masacraron los jacobinos en cuestión de meses o las que fusiló Lenin en dos tardes. Y con muchas menos garantías procesales que en tiempos de Torquemada.

Sin embargo, sí existe esa diferencia, después de todo. Sólo que no es excesivamente halagadora para nosotros. En el siglo XVII sabían perfectamente que algunas cosas no se podían decir, y sobre todo que no debían decirse, porque eran malvadas, repugnantes o intolerables. Hoy creemos que somos libres de manifestar lo que nos da la gana, porque hemos identificado la libertad casi exclusivamente con la licencia para lo disoluto, lo obsceno y lo perverso. O para ser más exactos, hemos pasado del paradigma cristiano en que la libertad es divina porque permite elegir el bien, acatando una norma trascendente, al paradigma diabólico en que la libertad sólo puede consistir en rebelión contra toda norma, con lo cual se invierten el bien y el mal. Sólo puede ser bueno lo que nace de la rebelión, e inclinarse ante algo superior a nosotros es necesariamente malo.

En según qué contextos ya no se puede sostener sin escándalo que los niños necesitan una madre y un padre, o que sus diferencias genéticas determinan su sexo. Pero hace poco se agotaron en Madrid las entradas de una obra de teatro (o lo que fuera eso) en la cual, ¡durante cinco horas! las actrices se masturbaban sobre el escenario, una se dejaba orinar encima y se emitían imágenes reales de canibalismo. ¡Oh, qué libres somos hoy! ¡Gracias, Marqués de Sade, por habernos señalado el camino!

No les extrañe que, en esta época tan orgullosa de sus libertades, alguien acabe proponiendo la prohibición o censura de las obras de Cervantes, si es que no se ha hecho ya, probablemente en alguna universidad anglosajona. Pero como suele suceder, los peores acabarán siendo sus defensores más torpes. Los que pedirán clemencia para nuestro mayor escritor sin atreverse a cuestionar lo esencial de los argumentos contrarios. Los que admitirán, conciliadores: “bueno, sí, un poco facha era Cervantes, pero que hay que comprender las limitaciones de su época”. De las limitaciones de la nuestra hablamos otro día, si eso. Costará encontrar a alguien que las exponga sin temor a perder la reputación, el empleo y algo más.

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2 comentarios sobre “Cervantes el facha

  1. Como dice Pío Moa:Si “facha”significa defender la unidad de España,la cultura cristiana,la libertad individual,la verdad histórica…todos deberíamos de ser “fachas”.Por tanto,no debiéramos de considerarlo como un insulto.

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