El desequilibrado

Un método de argumentación política muy frecuente consiste en vincular aquello que nos parece mal con la “ultraderecha”. Una vez lo has conseguido, parece que ya queda todo explicado. Lo estamos comprobando ahora a cuenta de los escritos hispanófobos (impropiamente calificados de xenófobos, como muy bien ha puntualizado el bloguero Elentir) del recién investido presidente de la Generalidad, Joaquim Torra, Quim para los amigos y para los periodistas.

Otro expediente fácil y sumamente popular es hablar de “locura colectiva” para explicar la aparentemente súbita irrupción del secesionismo. El catedrático de Psiquiatría Adolf Tobeña nos ha ilustrado a los profanos sobre el carácter más bien seudocientífico de este tipo de diagnósticos. (La pasión secesionista, 2017.) Pero que dudemos de la existencia de psicopatologías colectivas no implica descartarlas en casos individuales.

En cualquier caso, Torra comparte un aspecto esencial de su ideología con la izquierda, que es el antifranquismo. En uno de sus artículos rescatados de la hemeroteca, afirmaba: “El franquismo fue un golpe contra la civilización catalana del que todavía no nos hemos recuperado.” Para Torra, Franco tiene la culpa (después de casi cuarenta años de inmersión lingüística en catalán, así como de control nacionalista de los medios de comunicación públicos y no pocos privados) de que menos de la mitad de la población de Cataluña sea catalanoparlante.

Sin duda, hoy se habla, se escribe y se publica en catalán mucho más que en ningún tiempo pasado, en términos absolutos. Pero los nacionalistas no se conforman con ello, porque lo que quieren es que la cultura catalana y especialmente la lengua, sean absolutamente predominantes en Cataluña. Y jamás podrán aceptar que el hecho de que no sea así se deba a algún mérito del idioma y la cultura españoles; al dinamismo, o si quieren, a la mera inercia de la tercera lengua más hablada del mundo.

No: tiene que haber detrás una voluntad maligna, alguien que odia a los catalanes y es el culpable de que no sean una potencia internacional. Dentro de esta categoría que podemos llamar el Enemigo, Franco sigue ocupando un puesto singularísimo, y en esto el nacionalismo catalán no se diferencia en absoluto de la izquierda, obsesionada por derrotar al dictador aún cuatro décadas después de muerto.

Pero si de obsesiones hablamos, otro artículo de Torra, La llengua i les bèsties, merece figurar en una antología del género psicopatológico. Torra postula aquí un Enemigo implacable de todo lo catalán, una clase de individuos que experimentan “un odio perturbado, nauseabundo… contra todo lo que representa la lengua [catalana]”.

Cualquiera diría que quien está proyectando un odio perturbado es el propio Torras al referirse a estas “bestias”, “carroñeras, víboras, hienas… Están aquí, entre nosotros. Les repugna cualquier expresión de catalanidad. Es una fobia enfermiza. Hay algo freudiano en estas bestias. O una pequeña sacudida en su cadena de ADN… Abundan, las bestias. Viven, mueren y se multiplican.”

Sin duda, esta forma de deshumanizar al supuesto enemigo, asimilándolo a plagas o parásitos, recuerda inquietantemente a Hitler. Pero quien antes utilizó un brutal lenguaje seudozoológico para referirse a los exterminables fue Lenin. Nada cambia que el odio de éste fuera no racial, sino de clase. Como ha señalado Federico Jiménez Losantos en su magnífico Memoria del comunismo, “¿Cuál es la diferencia esencial entre las ‘ratas’ burguesas según Lenin y las ‘ratas’ judías según Hitler?”. Ahora bien, al igual que son innegables y fundamentales los elementos comunes de todo totalitarismo, de izquierdas o de derechas, tampoco estaría de más rastrear coincidencias de carácter biográfico o psicológico entre algunos de sus líderes.

El artículo citado de Torra parte de una carta de protesta hecha pública en 2008 por un militante de UPyD, en la que se quejaba por el uso del catalán, en detrimento del castellano, en la compañía aérea Swiss. Torra, no contento con llamar de nuevo “bestia” a esta persona “con nombre y apellidos”, afirma de ella que segrega “salivera rabiosa”, que desprende “un hedor de cloaca” y un “sudor mucoso, como de un sapo resfriado”.

Sin dejar de tener en cuenta que determinadas ideologías pueden atraer especialmente a cierto tipo de personas, yo veo en este desahogo destemplado un problema psicológico, un desequilibrio íntimo que requeriría una elucidación particular. Que el señor Torra, a punto de hacerse con el mando político de 17.000 policías autonómicos, reaccione de esta manera sólo porque una persona reivindica el uso de la lengua común oficial de España, sin oponerse a que además se utilicen otras lenguas regionales, resulta sumamente alarmante. Urgen acaso psicotécnicos para evaluar la idoneidad de los dirigentes políticos.

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