Ser feo, gordo y mala persona

Nada retrata mejor a la izquierda que el modo como ella retrata a la derecha. El desprecio, la ignorancia y el odio con que observa a su enemiga (porque es así como la ve, y en esto no le quitaré la razón) dice mucho más de ella, de la izquierda, que no al revés.

Una reciente ilustración de esto que digo la tenemos en un breve artículo, publicado en El Periódico, firmado por Ángeles González-Sinde, cineasta y exministra de Cultura con Rodríguez Zapatero, titulado Ser de derechas, en una alusión tardía y seguramente inconsciente a un libro de Germán Yanke (fallecido hará justo un año el lunes que viene), a su vez titulado Ser de derechas: manifiesto para desmontar una leyenda negra (Temas de Hoy, 2004).

El articulito es efectivamente una demostración de que la leyenda negra de la derecha no es más que una variante subalterna de la Leyenda Negra antiespañola por antonomasia: un puñado de medias verdades, flagrantes mentiras y groseras caricaturizaciones que se difunden de manera totalmente acrítica, y que terminan siendo interiorizadas por los propios españoles y por la propia derecha. (Les recomiendo de nuevo, a quienes aún no lo hayan leído, el libro de María Elvira Roca: Imperiofobia y leyenda negra.)

Con una burda redacción de nivel escolar, González-Sinde nos explica irónicamente cómo le gustaría ser de derechas e incluso, “si ya me pongo muy fantástica”, ser hombre, porque al parecer eso reporta innegables ventajas. Empieza así:

“Hay lunes que me levanto y me digo: ¡cómo me gustaría ser de derechas! Cómo desearía encender la radio y creer firmemente que, a pesar de lo que oigo, las cosas están bien: que los pobres son pobres porque no se esfuerzan; que los inmigrantes sobran y deben ser deportados…”

El resto repite el mismo esquema cursilón. González-Sinde nos pinta a un varón de derechas absolutamente satisfecho de sí mismo y, a consecuencia de ello, de un statu quo en el que él supuestamente ocupa una posición privilegiada.

Nicolás Gómez Dávila (disculpen la brusquedad del salto mental) definió a la burguesía como “todo conjunto de individuos inconformes con lo que tienen y satisfechos de lo que son.” Y cualquiera que haya leído lo suficiente al reaccionario colombiano sabrá que para él, el burgués alcanza su forma más perfecta en el intelectual de izquierdas. Una persona que se cree moral e intelectualmente superior, y que por ello se muestra inconforme con todo lo existente que no haya sido diseñado por la elite de la cual imagina formar parte.

No es este el lugar para entrar a debatir las ideas de la derecha y de la izquierda sobre la pobreza o la inmigración, porque las chocarrerías no merecen ser contestadas con razonamientos. Sí conviene tomar nota de aquello en lo que González-Sinde acierta: que para la derecha, al menos la derecha sociológica (que de la partidocrática ya no podemos esperar sino sistemáticas traiciones) la bandera de España es preciosa y que el último Estatut de Cataluña fue nefasto. Lo cual equivale a admitir implícitamente que la izquierda española tiene desde sus orígenes un serio problema con su propio país; del cual ella, característicamente, infiere que es su país el que tiene un problema.

Dice González-Sinde también con bastante verdad, si pasamos por alto sus torpes exageraciones, que los hombres tenemos la suerte de no preocuparnos tanto por nuestras canas, nuestras barrigas o nuestras arrugas como las mujeres. Pero hay en ello un claro retintín acusatorio, como si esa suerte no fuera debida a razones biológicas sino a la opresión del heteropatriarcado –háganme el favor de contener la risa. Vamos, que las mujeres se aplican cremas o calzan tacones por una imposición cultural irresistible. Acepto gustosamente que ser de derechas sea, entre otras cosas, no transigir con semejantes necedades, en las que menos que nadie creen esa gran mayoría de mujeres que no sienten el menor complejo de culpa o inferioridad por querer estar guapas.

Concluye González-Sinde su ejercicio de redacción modelo para la asignatura de Educación para la Ciudadanía con un resumen de su tesis, por si alguien se hubiera perdido. Dice así:

“Cómo anhelo ser ese señor de derechas, que cree tener la razón en todo, que no duda de nada, al que los demás admiran y respetan. ¡Cómo descansaría! Sin embargo… no lo logro. Nací o me hicieron de izquierdas. Tendré que conformarme.”

De ahí se deduce que la izquierda nunca cree tener la razón absoluta, como lo demuestra que jamás haya tratado de imponer sus ideas violentamente. Pese a lo cual, pobrecita, es universalmente despreciada e insultada. Todos los días con la matraca del Gulag y el Laogai, nombres que todos los estudiantes de la ESO conocen sobradamente, y en cambio ¿alguien les ha hablado de un tal Franco? ¿No va siendo hora de que el cine español empiece a ocuparse de nuestra guerra civil?

Ser de izquierdas, sin duda, es realmente duro: en la escuela, en la televisión y en el cine uno no escucha otra cosa, desde la más tierna infancia y a todas horas, que Franco fue un gran estadista, que España es una nación con una historia gloriosa, el cambio climático acaso no se deba a la acción humana y que el mercado libre ha demostrado ser mucho más eficaz en la reducción de la pobreza que las fórmulas socialistas.

Que ante este bombardeo constante de ideas derechistas haya quienes, heroicamente, se mantengan en posiciones de izquierdas tendría su mérito, si dicho bombardeo fuera una descripción realista. Que la izquierda se la crea o pretenda que nos la creamos ya lo dice todo de su carácter tan ilimitadamente victimista como presuntuoso.

 

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3 comentarios sobre “Ser feo, gordo y mala persona

  1. Ser de izquierdas es ser un resentido y un envidioso y creer que chillando mucho, papa y mama o el estado o alguien te tiene que dar algo.Ser de izquierdas significa creer que todos tenemos que ser iguales porque si no, no seria justo y que desear la libertad es una mentira de ricos que no quieren compartir.
    Por eso en España el 90% en el fondo es de izquierdas ya que hay que sumar a la izquierda, al menos a la mitad de la derecha de bandera y crucifijo que creer en el INI, la renta antigua y ser funcionario para toda la vida.
    Y asi nos va y nos seguira yendo.

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  2. ¿De modo que el 90 por ciento de la población puede ser izquierdoide? Quizá, pensándolo bien, no esté tan desatinado el comentarista. Hagamos someramente la cuenta; a la comunidad de desheredados, única legitimada, tan desafortunadamente numerosa como inconexa y, por tanto, proclive al asimiento de cualquier anzuelo ardiente, hemos de sumar, entre otros: pícaros, oportunistas politiqueros. esbirros voceros (la voz de su amo), intelectualoides filibusteros, titiriteros, cuenta cuentos cultureros, peliculeros, subvencioneros de toda laya, cebonas estilizadas y panzudos mete mano… de obra (para inflar oferta laboral y desinflar salarios, que tanto cebonas como panzudos entiende un rato largo de economía disfrazada de solidaridad). ¡Oiga, pues así, haciendo la cuenta como aquél que no quiere, resulta que va a ser verdad, que incluso, si nos descuidamos, podemos llegar a rebasar ese 90 por ciento! No obstante, yo me pregunto: Haciendo exclusión de los citados en primer lugar ¿de dónde creen sorber los recursos redistributivos esa restante pero cuantiosa panda de avisados mamoncillos zurdos del Estado?. Veamos los posibles casos:
    a) Del 10 por ciento restante. ¡Leches! ¡ Pero si esa es precisamente la oligarquía dueña de las llaves del cotarro! Y, además, la dueña de las factorías culturetas con sus altas chimeneas diseminadoras del aturdidor smog opiáceo del cambio mental, aunque acérrima oponente del cambio climático, todo hay que decirlo.
    b) Unos de otros de ese 90 por ciento (chupando los orondos organizados de los escuálidos inconexos, y no al revés como se miente. ¡Oh! Se nota, entonces, que las factorías de la cultureta aturden a plena satisfacción de los accionistas oligarcas y manduca de sus esbirros.
    C) Cae del cielo. ¡Vaya! Pues no resulta lo sagrado, después de todo, tan enemistoso(1) como decían.
    (1) Con licencia, lo prefiero, en este caso, a hostil o desamigado.

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