Mayo del 68 para despistados

Medio siglo después de los acontecimientos de mayo de 1968 en París, el análisis más común es que aquellos jóvenes revolucionarios fracasaron en sus objetivos inmediatos pero vencieron a la larga, porque consiguieron cambiar la cultura occidental, que se tornó menos autoritaria y represiva y más liberal y hedonista; menos tradicionalista y convencional y más espontánea y creativa.

Este análisis de alguna manera es tautológicamente cierto, porque tal como suele expresarse implica una toma de partido a favor de la libertad y contra la autoridad, del placer contra el sacrificio, lo espontáneo contra lo convencional, etc., lo que lo convierte en sí mismo en una prueba viviente de que los ideales del 68 han triunfado.

Ahora bien, algunos, seguramente pocos o muy pocos, no podemos sentirnos satisfechos con tal estado de cosas, porque tenemos la sensación, y algo más que una sensación, de que el sistemático cuestionamiento de la autoridad, las normas, las convenciones y las tradiciones es un gravísimo error.

Una cosa es cuestionar la autoridad de alguien en concreto y otra cuestionar la autoridad en sí. Una cosa es cuestionar una determinada norma y otra oponerse a toda norma. Una cosa es defender la imaginación y la creatividad y otra muy distinta arremeter contra el sentido de realidad y contra la transmisión del conocimiento.

Mario Vargas Llosa publicó en El País, hace unos años, un lúcido artículo sobre el famoso lema del 68 “prohibido prohibir”. El autor de La ciudad y los perros argumentaba que lo único que consiguió el “prohibido prohibir” fue destruir el sistema educativo, con sus consignas derivadas contra la autoridad de maestros y profesores, contra la disciplina y los exámenes, etc.

Pero sus efectos deletéreos fueron mucho más allá de la pedagogía. Nuestra cultura se funda sobre el relato bíblico del fruto prohibido. Cuestionar toda prohibición supone una enmienda a la totalidad de la civilización occidental, cosa que seguramente entusiasma a muchos inconscientes, pero no a quienes mediten brevemente sobre las consecuencias.

Como escribió Nicolás Gómez Dávila (muchos de cuyos célebres escolios son verdaderos anti-lemas sesentayochistas): “Humanidad es el rango a que asciende el animal que acata prohibiciones.” El libertarismo ingenuo olvida que los totalitarismos comunista y nazi sólo fueron posibles sobre los escombros de la moral judeocristiana a que pretendió reducirla alegremente buena parte de la clase intelectual, sustituyéndola por sofisterías seudocientíficas como la lucha por la vida o la lucha de clases.

El mayo francés, con su alergia a normas y tabúes, anunciaba la apoteosis de egoísmo en que vivimos, justificada con una falaz instrumentalización de la terminología de los derechos. “El culto intransigente al yo y sus deseos”, como lo denomina Francisco J. Contreras en un imprescindible artículo, se ha convertido en el criterio supremo que da paso al aborto, la disolución de la familia (con la que ya soñaban Marx y Engels) y los vientres de alquiler.

Mis deseos son la realidad”, rezaba una pintada en Nanterre. No es difícil imaginar adónde conduce este subjetivismo sin trabas. Pero más decisivo es entrever de dónde viene, reconocer su auténtico origen luciferino. Otra pintada de aquellos días lo dejaba claro, por si había dudas: “Lo sagrado: ahí está el enemigo.

Tampoco debemos olvidar el carácter profundamente paradójico del “prohibido prohibir”, explicitado por la frase completa, que rara vez se cita, y que dice así: “Prohibido prohibir. La libertad comienza por una prohibición.” En efecto, a fin de cuentas resulta imposible eludir todas las prohibiciones y coerciones, y quien lo intenta no hace más que crear otras nuevas aún más intolerables, encubriéndolas con una escarnecedora neolengua orwelliana.

Quien se apresta a “romper todas las cadenas interiores” (grafiti de la facultad de Medicina) está poniendo las bases para recurrir a cadenas exteriores que reduzcan a obediencia las fuerzas imprudentemente desatadas, tal como ya señaló Donoso Cortés en un conocido pasaje:

No hay más que dos represiones posibles: una interior y otra exterior, la religiosa y la política. Estas son de tal naturaleza, que cuando el termómetro religioso está subido, el termómetro de la represión está bajo, y cuando el termómetro religioso está bajo, el termómetro político, la represión política, la tiranía, está alta.

No faltaron grafitis que ya remedaban el estilo cínico de todo totalitarismo: “No hay libertad para los enemigos de la libertad”. Por supuesto, la definición de quiénes caen bajo tal categoría se apresura siempre a arrogársela el poder.

Consideremos ahora el que sin duda fue el lema más exitoso del mayo francés: “La imaginación al poder”, o como formulaba un grafiti en la Sorbona, “L’imagination prend le pouvoir” (La imaginación toma el poder). Seguramente muchos jóvenes repiten hoy estas palabras sin siquiera saber de dónde proceden, como si se tratara de un eslogan publicitario cualquiera. Sin embargo, distan mucho de ser inocentes.

Qué duda cabe de que el engañoso prestigio de “la imaginación al poder” ha insuflado nueva vida a los utopismos recalcitrantes, con sus secuelas de crímenes y de miseria. Corolario directo de este lema es otro que mostraron las paredes de la misma universidad: “Olvídense de todo lo aprendido: comiencen a soñar.” Dejando de lado la cursilería, que sigue siendo moneda corriente en nuestro tiempo, cualquiera diría que nos están invitando a olvidar las lecciones de la historia.

Desde la Revolución francesa y el genocidio de La Vendée, el asesinato en masa se ha basado invariablemente en la arrogante pretensión de empezar la historia desde cero, de hacer tabla rasa del pasado a fin de construir un mundo nuevo. “Cambiar la vida, transformar la sociedad”, era otra de las consignas del 68, inspiradas en el surrealismo, y todavía hoy aureolada de un imprudente prestigio. Este adanismo irresponsable es el clamoroso efecto del culto irrestricto a la imaginación, entendida abusivamente como un desprecio del conocimiento, de la tradición y la mera realidad.

Así, otro lema sesentayochista muy recordado en este cincuentenario exigía: “Sean realistas. Pidan lo imposible.” (Muros de Censier.) Ignoro si quien lo ideó o copió era consciente de que, según la Biblia, sólo Dios puede lo imposible. (Mateo, 19, 26.) En cualquier caso, nos revela que el mayo francés en el fondo no es más que otro capítulo en la pretensión de sustituir a Dios por el hombre.

La palabra clave del lema más famoso del 68 no es realmente “imaginación”, sino “poder”. Nuestra cultura contemporánea, como se observa en la asfixiante ideología de género, que pretende ocupar todos los ámbitos públicos y privados, está obsesionada con el poder, con las relaciones de dominación. Quienes desean “liberar” al hombre de toda traba, de todo “prejuicio” moral y religioso y de toda dependencia, no hacen otra cosa que convertirlo en esclavo de sus apetitos y de aquellos que saben astutamente fomentarlos. A menudo, esgrimiendo eslóganes de aquel sobrevalorado mayo del 68.

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3 comentarios sobre “Mayo del 68 para despistados

  1. La eterna alusión a lo universal de las minoritarias élites manipuladoras para mantenerse agazapadas en la clandestinidad privilegiada, en la apariencia de legitimidad y en la simulación de inmensas mayorías: ¡Los estudiantes del mayo del 68! Yo he pasado por la universidad y comprobado la eficacia de una ridícula minoría organizada frente a una práctica totalidad de estudiantes, sí, pero negligente, indiferente y desconectada. Nunca se convocaba una huelga formal y previamente aceptada por mayoría sino que las huelgas acababan de hecho por alcanzar convocatoria eficaz, por estallar, mediante la espoleta de cuatro carteles a la puerta de las aulas y cuatro rumores sabiamente esparcidos por cuatro gatos. No, no eran LOS ESTUDIANTES los del mayo del 68. Eran unos pocos selectos al servicio de un partido político organizado y bajo las consignas de intelectuales corrosivos a los que la impaciencia desesperada había movido a variar la visiblemente fracasada estrategia de la lucha de clases. De hecho. a invertir los postulados marxistas de una superestructura cultural dependiente de las infraestructuras económicas. Era lo que podríamos llamar una ínfima minoría selecta, pero innoblemente mayestática o, por mejor decir, MAYOSTÁTICA.
    He aquí el auténtico significado de sus falaces y huecas consignas:

    Formulación : Significado:

    Prohibido prohibir Prohibido prohibir lo que nos pase
    por el forro (a los pocos selectos)

    La imaginación al poder Imaginamos fervientemente (los
    pocos selectos) la consecución
    de un poder que nos permita improvisar
    sin responsabilidad ni control alguno

    Mis deseos son la realidad Mis deseos, no los tuyos, son la
    realidad

    Lo sagrado, ahí está el Lo sagrado es lo que estorba
    enemigo mi exclusiva ambición y la satisfacción,
    a tu costa, de mis apetitos desordenados

    Romper todas las cadenas Romper todas las cadenas interiores
    interiores que atan las de la estupidez que os arrastre
    a devenir maniatados a nuestro capricho

    No hay libertad para los No hay libertad para los enemigos
    enemigos de la libertad de nuestros libertinos privilegios

    Olvídense de todo lo apren- Olvídense de todo lo aprendido,
    dido, comiencen a soñar comiencen a dormitar, borregos,
    Ya os despertarán nuestros ladridos

    Sean realistas, pidan lo Sean realistas, pidan lo imposible.
    imposible Y nos brindareis la mejor
    justificación para negároslo

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  2. Repito, de nuevo, la formulación de las mayostáticas consignas y sus auténticos significados porque en mi primer comentario han quedado embrolladas.

    1) Formulación: Prohibido prohibir
    Significado: Prohibido prohibir lo que (a los pocos selectos) nos pase por el forro

    2) F.: La imaginación al poder
    S.: Imaginamos fervientemente (los pocos selectos) la consecución de un poder que nos permitirá
    improvisar sin responsabilidad ni control alguno

    3) F.: Mis deseos son la realidad
    S.: Mis deseos, no los tuyos, son la realidad

    4) F.: Lo sagrado, ahí está el enemigo
    S.: Lo sagrado es lo que estorba mi exclusiva ambición y la satisfacción, a tu costa, de mis apetitos
    desordenados e insaciables

    5) F.: Romper todas las cadenas interiores
    S.: Romper todas las cadenas interiores que atan las de la estupidez que os arrastre a devenir
    maniatados a nuestros caprichos

    6) F.: No hay libertad para los enemigos de la libertad
    S.: No hay libertad para los enemigos de nuestros libertinos privilegios

    7) F.: Olvídense de todo lo aprendido, comiencen a soñar
    S.: Olvídense de todo lo aprendido, comiencen a dormitar, borregos. Ya os despertarán nuestros
    ladridos

    8) F.: Sean realistas, pidan lo imposible
    S.: Sean realistas, pidan lo imposible. Y nos brindareis la mejor justificación para negároslo

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  3. Se dirá, acaso, que la actitud de “los estudiantes del 68” no fue la pasiva de unos holgazanes captados por el aliciente de unas ociosas jornadas de novillos, sino la muy activa de “concienciados indignados socialmente comprometidos” (frase hecha para deshacer). Pero no. Una vez propagada la mendaz chispa de ignición, no prendió en causa alguna digna de protesta; prendió en la inflamable molicie de una parcial masa encelada de golfantes mimados ardiente de juerga erótica, diversión alborotadora y amplificado protagonismo mediático. Aparatosos fuegos de artificio social que, aun apagados al instante, se pretende reavivar indefinidamente, con el mismo aparato, mediante algazaras y conmemoraciones inanes. Ahora bien, cierto es que los emporios supermillonarios de la cultureta descubrieron, de rebote, el filón consumista de la mitología 68; convenientemente embadurnado de la sensual 69, que para eso son progres. Y continúan cínicamente en el negocio. Ahora, el pueblo, con ser más sibilinamente explotado, sufraga el consumo de las migajas de opio de su sarcástico consuelo.

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