Qué es el liberalismo conservador

Pocas expresiones son más insatisfactorias que liberal-conservador y sus derivadas. (En adelante, emplearé indistintamente para todas ellas la abreviatura L-C.) En primer lugar, sugiere inevitablemente que el L-C es un híbrido caprichoso y poco coherente entre liberalismo y conservadurismo. “Liberal en economía y conservador en moral”, como quien elige chaqueta y pantalón de traje de distintos colores. Y en segundo lugar (aunque esto sería un problema de cualquier otra etiqueta) da a entender que el L-C es una ideología más, una doctrina perfectamente sistematizada. Sin embargo, mientras no encontremos un término mejor, tendremos que arreglarnos con este, que en la práctica permite entendernos.

Un L-C es quien cree que existe una naturaleza humana básicamente invariable, aunque libre, capaz del bien pero inclinada al mal, y que ambos son naturales, esto es, no convencionales o relativos. De ahí procede todo: desde la oposición al aborto hasta la defensa de un Estado limitado y la propiedad privada. El precedente más antiguo del pensamiento L-C es Sócrates, quien se opuso a las ideas de los sofistas sobre la moral, sintetizadas en la sentencia de Protágoras: “El hombre es la medida de todas las cosas.” Para Sócrates, en cambio, el bien y el mal existen por sí mismos, independientemente de lo que decida una asamblea, como sin ir más lejos la que lo condenó a muerte.

Un L-C coincide con un liberal en defender que el gobierno debe estar constreñido y contrapesado por leyes e instituciones, porque cree que existe una tendencia innata al abuso de poder. Sin embargo, ciertos liberales conciben la libertad como un absoluto que puede resolver todos los males. En esto difieren ambos drásticamente. El L-C es liberal a fuer de pesimista, porque recela de entregar excesivo poder a ningún hombre. Pero por ello mismo no se hace demasiadas ilusiones sobre el uso que los seres humanos vayamos a hacer de la libertad; no la considera una receta mágica para que triunfe el bien, sino en todo caso una mera condición de la moralidad.

Además de la tradición clásica, la fuente principal del L-C es por supuesto el pensamiento cristiano. La tendencia innata al mal no es más que la formulación secular del pecado original. Y el escepticismo hacia el poder de la razón para diseñar un mundo perfecto nace igualmente de la concepción cristiana principal o mainstream acerca de los límites de la razón, alejada tanto del racionalismo extremo como del fideísmo.

Muchos L-C no son creyentes. Simplificando, consideran verdadera la moral cristiana sin necesidad de admitir su fundamento sobrenatural. Esta posición, aunque se apoye en la experiencia y el sentido común, en mi opinión no es sostenible indefinidamente. La razón nos ilumina sobre los medios, pero es incapaz, por sí sola, de proporcionarnos una certeza absoluta sobre los fines de la existencia. El L-C agnóstico o ateo, con tal de que viva lo suficiente, o bien acaba convirtiéndose, o bien terminará flaqueando en sus convicciones. “Si Dios no existe, todo está permitido.” Esto sigue siendo una verdad incontestable, a la que tarde o temprano debemos enfrentarnos cada uno de nosotros, si queremos ser serios.

Hay que decir que los progresistas agnósticos tampoco suelen ser consecuentes. Siguen sosteniendo una actitud tan cristiana como que hay que ayudar a los pobres y acoger a los inmigrantes, a pesar de que no creen en Dios. Dirán que no hace falta creer en otra vida para hacer el bien y todo el repertorio habitual de lugares comunes que se descubren a los catorce años, cuando uno imagina haber sido el primero en empezar a pensar por su propia cuenta. Pero no; sin un absoluto que trasciende al hombre, volvemos a la sentencia protagórica: todo es relativo y cualquier delirio puede ser argumentado. Los totalitarismos comunista y nacionalsocialista nacen de ahí, de pensar que el hombre puede prescindir de Dios para darse sus propios principios, en base a supuestas doctrinas “científicas”, socialistas, darwinistas o del tipo que sean.

También hay progresistas cristianos, incluso en altos niveles de la jerarquía católica. Ahora hasta tenemos un papa progresista, que coquetea con el discurso de la izquierda populista y trata de rebajar la moral católica con una criptorreforma doctrinal para someter a la Iglesia a las ideas prevalecientes en el mundo sobre la sexualidad. Todo esto, hay que decirlo claramente, procede de una lectura errónea del Evangelio; lo que siempre se ha llamado herejía, tal como la definía Pascal: aislar determinadas verdades para oponerlas a otras no menos importantes. “La source de toutes les hérésies est l’exclusion de quelques-unes de ces vérités.” Al final de este escrito añadiré brevemente algo sobre esto.

Tenemos también las fuentes modernas del L-C. Desde la Escuela de Salamanca hasta Hayek, pasando por pensadores liberales (Adam Smith, Tocqueville), conservadores (Burke, Oakeshott), reaccionarios (Donoso Cortés, Gómez Dávila) e inclasificables como Chesterton. De todos ellos se alimenta el L-C, sin negar sus diferencias. Los reaccionarios tienen razón en diagnosticar el mal moderno, que no es otro que la ruptura con el cristianismo. Se equivocan a menudo en especular con sociedades neorrurales o variantes de distributismo, que jamás podrían sostener a un planeta donde viven siete mil millones de seres humanos.

En esta rápida caracterización del L-C, hay dos debates que apenas podemos apuntar, para no alargarnos en exceso. Una es la cuestión del liberalismo perfeccionista. ¿Es válido que el Estado incentive determinados comportamientos, por ejemplo para favorecer la natalidad? Algunos pensadores, como me consta por comunicaciones privadas, recelan del perfeccionismo, por considerarlo una forma de ingeniería social, tan peligrosa como la practicada por el progresismo.

En esto discrepo. La ingeniería social es intrínsecamente progresista, es decir, se basa en el principio de que el hombre es una tabla rasa en la que puede escribirse lo que se desee y en que todo es relativo, no existen modos de vida objetivamente más valiosos. Uno de los productos más aberrantes de esta concepción es la ideología de género, según la cual existiría una “identidad de género” no condicionada por nuestro sexo biológico, y que por tanto podemos elegir libremente.

El perfeccionismo, liberal o no, parte de la concepción opuesta. Existe una naturaleza humana, que debemos tener en cuenta a la hora de legislar. No cualquier uso que hagamos de nuestra libertad es igualmente valioso. El Estado no puede ser neutral moralmente, no porque no deba, sino porque es imposible: haga o deje de hacer, está adoptando posiciones morales y además las está avalando, siquiera implícitamente. Como señala nuestro pensador liberal-conservador español más importante, Francisco José Contreras, “las leyes tienen un efecto pedagógico, un impacto sobre las costumbres.” [1] 

La otra cuestión controvertida dentro del L-C es el nacionalismo. Por un lado, puede considerarse como una idolatría moderna más, cuyos efectos destructivos se han revelado en las dos guerras mundiales y en los conflictos separatistas que siguen amenazando la paz y la convivencia en Europa y en las repúblicas exsoviéticas. Pero por otro, no cabe duda de que existe un proyecto progresista de arrasar las tradiciones nacionales en sinergia con el proyecto anticristiano. Ambos se suelen amparar bajo un noble ideal europeísta y como una defensa de las virtudes del libre comercio y circulación. Pero es más que dudoso que la Unión Europea pueda construirse en contra de las identidades nacionales y cristiana sin deslizarse hacia una dictadura burocrática. Por lo demás, resultan poco creíbles las críticas al proteccionismo (oportunamente multiplicadas desde la elección de Trump en los Estados Unidos) mientras se continúa subvencionando sistemáticamente la agricultura europea.

Concluyo. El L-C no es una ideología, sino una actitud. Es decir, no tiene respuestas ni soluciones apriorísticas a todas las cuestiones ni a todos los problemas. Por el contrario, en buena medida es consustancial al pensamiento L-C la convicción de que no todo tiene remedio en esta vida, y que intentar hacer este mundo un poco mejor (o como mínimo no empeorarlo) requiere desprenderse de tentaciones utópicas que, como la historia nos enseña, sólo han servido para justificar los peores crímenes.

Pero las utopías no son a fin de cuentas más que “teologías sustitutorias”, como denomina Federico Jiménez Losantos al marxismo, en su recién publicado Memoria del comunismo. Y esto puede entenderse de dos maneras. Una, que el mal está en la teología en sí, en el propio cristianismo. Así lo entienden Nietzsche y autores libertarios como Antonio Escohotado. La otra, que el problema es el opuesto: no el cristianismo sino habernos apartado de él, tomando heréticamente sólo algunos de sus principios (la preocupación por los pobres, la misericordia), para volverlos contra otro de importancia capital, esto es, que el hombre no puede salvarse a sí mismo, sin la mediación de Cristo. Este punto de vista es en mi opinión el más genuinamente liberal-conservador: que el hombre, a diferencia de lo que sostiene Yuval Harari en Homo Deus, no debe ni podrá nunca suplantar a Dios.

[1] F. J. Contreras (ed. y coautor), El sentido de la libertad, Stella Maris, Barcelona, 2014, p. 311.

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4 comentarios sobre “Qué es el liberalismo conservador

  1. “existe una naturaleza humana básicamente invariable, aunque libre, capaz del bien pero inclinada al mal, y que ambos son naturales, esto es, no convencionales o relativos.”

    Bueno, bueno. ¿Dónde están esos “bien” y “mal” absolutos? ¿En la doctrina cristiana? ¿Están escritos en algún sitio? Si no es así (salvo revelaciones indemostrables) y si las acciones buenas o malas son tales de acuerdo con nuestra interacción con el entorno (natural o social, me da igual) y el juicio que nos/les merece en un momento dado, seán irremediablemente relativos a la par que naturales.

    “La razón nos ilumina sobre los medios, pero es incapaz, por sí sola, de proporcionarnos una certeza absoluta sobre los fines de la existencia.”

    Si es que la hay, claro, cosa de nuevo indemostrable. Salvo por revelación, claro, y vuelta la burra al trigo.

    “Si Dios no existe, todo está permitido.” Esto sigue siendo una verdad incontestable, a la que tarde o temprano debemos enfrentarnos cada uno de nosotros, si queremos ser serios.”

    Por supuesto, pero eso no demuestra trascendencia alguna de nada. Demuestra que nuestra naturaleza es la que es, que debemos acotar leyes para convivir razonablemente y que nuestro comportamiento deberá procurar la mejor sanidad mental y social posible.

    “La ingeniería social es intrínsecamente progresista”

    No necesariamente. También se puede pensar que el hombre tiene una naturaleza X (buena o mala) y que hay que modificarla en un sentido determinado. Como tristemente se ha hecho en determinados periodos históricos.

    Tiendo a estar de acuerdo con vd. en sus escritos, pero disiento en su evolución filosófico-religiosa. En mi opinión la moralidad es un constructo social que etiqueta las acciones humanas como buenas o malas. Lo que pasa es que el hombre, que no es tabla rasa, es naturalmente un depredador de entornos y congéneres, y las leyes, inevitablemente tendenciosas como dice Contreras, deben limitar su impacto. Un tema complicado de solucionar.

    Un saludo

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  2. Carlos, me ha gustado su artículo. Creo sinceramente que sienta Vd. bases muy acertadas en el intento de acotar el liberalismo conservador que -efectivamente- es más una actitud vital que propiamente una ideología. Así lo cree alguien que se identifica con el liberalismo y se define como liberal conservador cristiano.

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