Reductio ad medievalum

En el debate político se incurre a menudo en la reductio ad Hitlerum, una cierta forma de razonar por la cual tendemos a identificar o asociar con el nazismo la posición que deseamos rebatir.

La comparación de determinadas ideas con las que sostenían los nazis es en ocasiones una advertencia pertinente. Pero es cierto que abusar de este procedimiento sólo acaba sirviendo para banalizar los crímenes cometidos por el régimen de Hitler y para empobrecer el debate, conduciéndolo a un bucle estéril de mutuas acusaciones infamantes.

La reductio ad Hitlerum no sería en el fondo más que una variante de la que podemos llamar reductio ad dextrum (reducción a la derecha), que suele combinarse casi siempre con la reductio ad medievalum, reducción a lo medieval. (Que los latinistas me corrijan si procede.) Como el lector habrá adivinado, estas formas de argumentación consisten en asociar las posiciones que se desea rebatir con formas de pensar periclitadas, anticuadas, medievales o de derechas.

Los ejemplos son interminables, pero creo que bastará uno reciente, que tiene que ver con la eliminación de las azafatas de la Fórmula 1, por razones feministas. Muchos no han tardado en reaccionar tachando tal medida de puritana, de ser un retroceso a tiempos pasados, en los que no se toleraba siquiera que las mujeres mostraran sus tobillos.

El diccionario de la Academia ofrece dos acepciones del vocablo “puritano”. La segunda se refiere a un grupo religioso inglés del siglo XVI que aquí no viene mucho al caso. La primera dice así: “Que real o afectadamente profesa con rigor las virtudes públicas o privadas y hace alarde de ello.” En este sentido, el gesto de la Fórmula 1 de prescindir de guapas azafatas podría efectivamente calificarse de puritano, puesto que es un modo de alardear de lo que en nuestro tiempo se considera una virtud: rendir pleitesía a lo políticamente correcto. Ya saben, la igualdad de género, luchemos contra el cambio climático y todo el repertorio de eslóganes que dan puntos de progresismo y buena conciencia sin esfuerzo, como los lacitos contra el VIH o el cáncer de mama.

Sin embargo, es obvio que la inmensa mayoría emplea el término puritanismo no en el sentido preciso del diccionario, sino como un sinónimo de mojigatería y de represión sexual. Y el feminismo, al menos desde Simone de Beauvoir, no encaja con estas actitudes. Al revés: defiende toda forma de sexualidad, especialmente no reproductiva, como la homosexualidad y el autoerotismo, y propugna el aborto libre como garantía para practicar las relaciones heterosexuales sin asumir responsabilidad alguna.

Ahora bien, cuando decimos que el feminismo ha caído en el puritanismo, no sólo lo acusamos injustamente de algo que no es. Estamos al mismo tiempo reforzando el discurso progresista, transmitiendo el mensaje implícito de que no hay nada peor que no ser moderno. Tal como entienden los progresistas la modernidad, naturalmente: menos cristianismo, menos familia tradicional y más Estado.

Existen dos clases de represión sexual. Una es la coacción física contra la libertad de las personas, o represión externa. La otra es la creencia (o represión interna) de que la sexualidad debe limitarse al matrimonio. Hoy la mayoría, también quien escribe, opina que el primer tipo de represión no debe ejercerse sobre sujetos adultos que se relacionen libremente entre sí. En cambio, la segunda, que tanto nos gusta ridiculizar, ha contribuido durante milenios a disciplinar hasta cierto punto los desbordantes instintos sexuales. Y como señaló Donoso Cortés antes de Freud, es gracias a la represión interiorizada (no sólo en el aspecto sexual) que la civilización puede reducir las formas de control externas, es decir, la violencia del colectivo sobre el individuo.

Hoy ya no creemos necesitar esa autodisciplina, sino que la consideramos una sarta de absurdos prejuicios religiosos. Más aún, la tendencia es a criminalizarlos, a percibirlos como causa de odio a las minorías sexuales. Pero estamos viendo las consecuencias de esta liberación de los prejuicios: agrandada cada vez más la separación entre sexualidad y procreación, la gente ha dejado de engendrar hijos suficientes para reponer la población. Y siguen habiendo tantos problemas psicológicos y pasionales, si no más, como los que antaño supuestamente provocaban los tabúes sexuales.

El hombre contemporáneo está convencido de que sus antepasados eran unos patéticos ignorantes, unos infelices que no sabían que la tierra gira alrededor del sol ni conocían la existencia de los microbios, y que por tanto tenían que estar equivocados en todo lo demás. Aquejado de un auténtico “chovinismo cronológico” (C. S. Lewis), se halla persuadido de estar por encima de todos los sabios de la Antigüedad y la Edad Media, mientras empuña el mando a distancia de su televisor para sintonizar cualquier vulgaridad indescriptible.

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Un comentario sobre “Reductio ad medievalum

  1. No puedo estar más de acuerdo, Carlos. La disciplina sexual ocasiona el progreso social y económico de las sociedades, y sin embargo, como no hay manera de llegar a un justo equilibrio también puede llegar a la neurosis. Es un tema dificil, pero lo que no es cierto es que todo “Puritanismo” (con comillas) es perjudicial.

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