Eduardo Mendoza y Cataluña

Hace dos meses Eduardo Mendoza publicó un opúsculo de 90 páginas titulado Qué está pasando en Cataluña. (Editorial Seix Barral.) Lástima que no lo leí antes de las fiestas navideñas; de lo contrario, se lo habría regalado a alguno que yo me sé. Recomiendo esta obrita sin reservas a todos los que se oponen a la secesión de Cataluña, pero no menos a los independentistas inteligentes. Que sé que los hay porque conozco a algunos y porque estoy convencido de que los ignorantes no predominan especialmente entre los que no piensan como yo, sino en todas partes, por pura ley natural.

Mendoza arranca su escrito disimulando, como si quisiera sorprender con la guardia baja a un hipotético lector independentista. Dice que no pretende posicionarse “en un bando o en otro”, que personalmente no le gusta “ninguno de los dos”. Pero afortunadamente, desde la siguiente página no hace otra cosa que contradecir esta tibia equidistancia destrozando sin piedad los tópicos más caros al nacionalismo catalán.

El escritor catalán arremete contra el mito de “la alargada sombra de Franco”, a la que se refería hace poco Puigdemont. Mendoza le quita importancia a la influencia póstuma del dictador. Afirma que “hay una industria del franquismo y del victimismo poco ética” y llega a decir algo que soliviantará no sólo a los nacionalistas catalanes, sino a los progresistas menos sofisticados, esto es, a casi todo dios: Que Franco, “desde luego, no era fascista”, precisando que “le repugnaban la mayoría de los presupuestos programáticos del fascismo”, más allá de que aceptara por puro cálculo el apoyo bélico de las potencias del Eje y, en el interior, de la Falange.

Por supuesto, nuestro autor tiene toda la razón, pero tampoco es que descubra nada del otro jueves. Cualquier persona mínimamente informada sabe que el general fue un hombre pragmático y de ideas tradicionales, cosas ambas que no tienen nada que ver, por no decir que son antitéticas, con los delirios revolucionarios y neopaganoides del fascismo y del nacionalsocialismo.

Mendoza carga las tintas en pretender que el dictador era un mediocre carente de ideas e incluso postula gratuitamente “su escaso coeficiente intelectual”, en contradicción con la astucia que le reconoce páginas antes. Ignoro si ha llegado a manos del novelista algún dosier psicológico inédito, pero sospecho más bien que con tales desdenes se limita a pagar prudentemente el peaje ideológico de rigor por cuestionar la imaginería nacionalprogresista (adoro esta expresión de Miquel Porta Perales) sobre el franquismo.

Franco, observa el autor, hizo fusilar a Companys “no por ser catalán, sino por ser el enemigo. No habría tenido más piedad con Azaña o con Negrín. Companys tuvo mala suerte, pero la mala suerte no es un mérito.” Mendoza pasa revista a la represión de la cultura catalana bajo el franquismo, situándola en sus justos términos, es decir, sin omitir injusticias y abusos, pero negando que el catalán estuviera prohibido, como se ha llegado a decir.

Además de abordar “el mito de Franco”, Mendoza se atreve con otro tópico muy querido del catalanismo, como es la percepción de Cataluña como una sociedad más moderna, europea y cosmopolita que el resto de España. En contra de esta visión autocomplaciente (y comprada por muchos desde fuera), el escritor escupe la verdad sin contemplaciones: “Por razones históricas, Cataluña ha sido durante siglos una sociedad cerrada.” Y lo sigue siendo en gran medida, como demuestran las estadísticas de apellidos de la élite política y económica. El autor retrata con trazos gruesos pero certeros una burguesía con tendencias endogámicas, que utilizó la lengua catalana sólo para reforzar la barrera social entre “dos comunidades distintas que apenas tenían contacto entre sí”, las cuales, pese a la mayor permeabilidad actual, “siguieron existiendo hasta el día de hoy”.

En páginas igualmente jugosas sobre la revolución industrial y el carácter catalán, Mendoza continúa vapuleando sin misericordia cierta retórica inane de cámara de comercio o inauguración de rotonda: “Lo del seny i la rauxa no quiere decir nada. Es una muletilla que se usa sin ton ni son y deja a todo el mundo contento.”

Pero quizás el momento culminante de esta despiadada revisión de lugares comunes sea su crítica de la beatería democrática. La democracia no es un “sortilegio” que resuelve todos los problemas, solamente “ofrece algunos recursos para mitigar la arbitrariedad y el abuso de poder, pero nada más.”

La medidas policiales contra el referéndum del 1 de octubre no fueron más contundentes ni brutales que en otros países nada sospechosos de autoritarismo, y en cualquier caso, pensar que la intención “pacífica” de los organizadores y los votantes pueda ser un eximente de la ilegalidad “demuestra hasta qué punto el concepto de democracia como algo mágico ha calado en el ánimo de una sociedad”.

Aunque el librito abunda en reflexiones y juicios incisivos, quizá su conclusión más devastadoramente penetrante sea una tan elemental que está al alcance de la persona más sencilla: “No hay razón práctica que justifique el deseo de independizarse de España. Comparativamente, y pese a todo, España no es un mal país. Podría ser mejor, pero dudo de que Cataluña, librada a sus fuerzas, se convirtiera en el paraíso que anuncian los partidarios de la nueva república.” Ante tan humilde verdad, ¿qué puede replicar con sinceridad un independentista? ¿Insistir en que creamos que España es una especie de infierno?

Mendoza señala como desencadenante del proceso separatista, entre otros, la crisis económica que se inició en 2008. Esta habría servido de pretexto para “un sistema socioeconómico que va desmantelando impunemente el estado del bienestar y cualquier amago de justicia distributiva”, lo cual a su vez conduce a una parte de los ciudadanos, especialmente los más jóvenes, a ejercer un voto de castigo antisistema e irresponsable.

Aunque resulta verosímil que la crisis ha propulsado a partidos populistas como Podemos y también al secesionismo, aquí creo que el análisis de Eduardo Mendoza no se despega del pensamiento perezoso que tan bien desenmascara en el resto de su ensayo. Porque nadie, al menos en España, ha desmantelado el estado del bienestar. Los españoles seguimos disfrutando de uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo, así como de un sistema de enseñanza universal con la misma baja calidad de la que adolecía antes de la crisis. Otra cosa es cuánto tiempo podrá sostenerse el actual nivel de gasto público, en un escenario de envejecimiento demográfico cuya causa fundamental, la infranatalidad, es de naturaleza cultural antes que económica.

Las principales víctimas de la crisis han sido los desempleados, y en especial, entre estos, aquellos que tenían cargas familiares e hipotecas. Los jóvenes que viven mantenidos por sus padres, o aquellos que pueden emigrar sin gran desgarro porque aún no han formado un hogar, han sufrido comparativamente en menor medida los efectos de la recesión. El voto antisistema, como en general las posiciones rupturistas y revolucionarias, históricamente han obedecido más a motivaciones subjetivas que no a auténticos padecimientos objetivos, sin descartar entre ellas el mero aburrimiento de generaciones que no valoran las comodidades y libertades de que disfrutan, porque no han conocido otra cosa.

Por otra parte, cometeríamos un error si desdeñáramos el fenómeno de la radicalización de personas maduras. Y especialmente de sexo femenino. Estos días es habitual ver en las calles de cualquier población catalana a individuos con un lacito amarillo prendido en la solapa o una bufanda del mismo color, en señal de protesta por los políticos separatistas encarcelados provisionalmente. Casi siempre se trata de transeúntes entrados en años. Y en una estimación evidentemente sin mayor valor científico, diría que predominan las señoras de cabello teñido por obvias razones de edad.

Observa Mendoza que “los catalanes hacen mucho caso a las mujeres”. No creo aventurado en exceso añadir que ellas tienden a ser más celosas guardianas de los rasgos identitarios, acaso porque proyectan en la sociedad su instintiva actitud sobreprotectora del círculo familiar frente a los extraños.

Aquella Marta Ferrusola que, en una entrevista televisiva, deploraba con ingenua franqueza la llegada a la presidencia de la Generalitat del andaluz José Montilla, representó admirablemente a la típica matriarca reticente ante un candidato a yerno no catalán, erigiéndose en depositaria de un racismo tan difuso como profundamente arraigado en la sociedad catalana. Una sociedad que el breve ensayo de Eduardo Mendoza contribuye a que conozcamos (y se conozca) mejor, aunque el autor no se haga ilusiones sobre el poder de una autocrítica probablemente demasiado tardía.

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