Catolicismo y autocrítica

Desde hace siglos, y más aceleradamente en las últimas décadas, la Iglesia no ha dejado de perder influencia en la sociedad y la cultura. La causa fundamental es la difundida percepción de que el cristianismo es incompatible con las ideas modernas. Esto es: con la razón, con la ciencia, con la igualdad entre sexos…

Desde el catolicismo se reacciona básicamente de dos formas distintas. Una, francamente minoritaria, que podríamos llamar desafiante, consiste en decir algo así como: pues peor para las ideas modernas. La otra, de carácter más conciliador, oscila entre la negación de esa incompatibilidad y la autocrítica, generalmente acompañada de una exigencia de reformas para adaptar la Iglesia a la sociedad actual.

Son muchos, tanto creyentes como no creyentes, los que piensan que la autocrítica es la actitud más acorde con el Evangelio. De hecho, suele formularse como un regreso a la pureza primitiva. Sin embargo, aunque la apelación a los orígenes ha sido algo recurrente en el cristianismo a lo largo de sus dos mil años de historia, y probablemente sea consustancial a él, no pocas veces la mencionada autocrítica recuerda a la de ciertos líderes políticos tras unas encuestas o resultados electorales adversos. Se trataría más de un deseo de mantener la presencia social casi a cualquier precio, incluso mediante “rebajas” doctrinales, que de un sincero propósito de comprender las causas del descenso de la religiosidad.

Sin duda, hay una cierta verdad en el conflicto entre cristianismo y modernidad. Ésta gusta de identificarse con el conocimiento científico, y de hecho uno de sus iconos fundacionales es Galileo, cuyo choque con la Iglesia se convirtió en el paradigma del conflicto entre ciencia y religión. Sin embargo, numerosos autores, incluyendo grandes científicos, han argumentado que no existe ninguna incompatibilidad intrínseca entre determinadas creencias religiosas (como la existencia de un Dios personal) y la actividad científica.

Nos han repetido hasta la sociedad que la historia del progreso humano en los últimos siglos es una lucha victoriosa de la ciencia por superar la oscuridad de la religiosa Edad Media. Pero si admitiéramos que este relato es en gran medida mitológico, un conjunto de medias verdades, falsedades palmarias y mero desconocimiento de la historia, ¿qué nos quedaría de la tan reputada modernidad?

A favor de ella juega la ambigüedad del término, que unas veces alude a un cuerpo de ideas más o menos definidas, y otras a un mero período cronológico. En este segundo sentido, es indiscutible que los impresionantes avances de los últimos dos siglos en tecnología, medicina y reducción de la pobreza son avances “modernos”. Lo que cabe discutir es si había algo en el cristianismo que impedía que se hubieran producido antes.

De hecho, que en gran medida esos avances se hayan desarrollado en nuestra civilización cristiana y no en las asiáticas, más antiguas, nos lleva a preguntarnos si la realidad no sería todo lo contrario. Refuerza esta intuición que allí donde se implantaron regímenes basados en cosmovisiones radicalmente anticristianas, como el comunismo y el nacionalsocialismo, las condiciones de vida de la población y el mero respeto por la vida humana se vieron brutalmente quebrantados.

En cualquier caso, no podemos negar que el relato del supuesto conflicto entre fe y razón se sigue difundiendo a todos los niveles, desde la academia y desde la industria del entretenimiento masivo, especialmente mediante debates (a menudo, polémicas artificiales) en torno a las cuestiones de moralidad e igualdad sexual. Aquí es donde el progresismo, esa ideología difusa que se identifica con la modernidad, se ha hecho fuerte, y donde los católicos suelen responder con cierto acomplejamiento.

Cuando en la misa se lee el pasaje de las Escrituras donde San Pablo afirma que “el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia” (Efesios, 4, 23), es frecuente que el sacerdote se apresure a quitar hierro a estas palabras situándolas en su contexto histórico. “Hay que tener en cuenta la época en que vivía el apóstol.” Sin embargo, con ello transmite, lo quiera o no, la idea típicamente progresista de que la doctrina cristiana ha debido adaptarse, siquiera parcialmente, a los tiempos modernos, que es tanto como descartar su carácter de verdad atemporal.

Lo que debería decirse, con toda claridad, es que sostener una cierta preeminencia  del marido sobre la mujer, aunque ordinariamente imperceptible, no es en absoluto incompatible con la equivalente dignidad de ambos, sino que deriva del carácter del matrimonio cristiano como fundamento de la familia. El reparto de papeles conyugales asimétricos tiene su justificación antropológica si concebimos la maternidad como una misión privilegiada e intransferible, que requiere ser equilibrada por la figura paterna, como razonó C. S. Lewis, aportando agudas observaciones, en su libro Mero cristianismo.

También afirma San Pablo, a continuación del pasaje citado, que los hijos deben respetar a los padres, sin que por ello se le ocurra a nadie que niegue la igualdad moral entre unos y otros. Al contrario, el santo hace especial hincapié en que los maridos amen a sus mujeres como a sí mismos y que los progenitores eduquen a sus vástagos con delicadeza.

Naturalmente, todo sería más fácil si el moderno igualitarismo no hubiese adulterado completamente el concepto de igualdad, confundiendo la igualdad de derecho con una igualdad fáctica completamente irreal. Pero el origen de tal confusión no es accidental.

Cuando se deja de creer que el ser humano es una criatura divina, cuando el derecho natural queda relegado a la categoría de superstición precientífica, la única manera que encuentra el progresismo de justificar que hombres y mujeres tenemos los mismos derechos es mediante la imposición iuspositivista que obliga a fingir hipócritamente que no existen diferencias psicológicas entre ambos sexos, que promueve reducir al máximo las fisiológicas (mediante la contracepción y la legalización del aborto) y culpa paranoicamente a un recalcitrante machismo cultural de las disparidades de conducta e inclinaciones.

En este sentido, no tenemos reparo en afirmar que el cristianismo es rotundamente incompatible con las “ideas modernas”, como por ejemplo la ideología de género. Sólo desde unos fundamentos trascendentes puede defenderse la igualdad moral de hombres y mujeres sin necesidad de caer en absurdos histéricos como negar las diferencias psicobiológicas entre ambos sexos ni relativizar la maternidad y la familia.

Los católicos estamos obligados a tener ciertas ideas claras, sin dejarnos influir por modas ni intimidar por la corrección política. Al menos, si queremos que nuestras creencias resistan las acometidas arrogantes de ideologías que, pese a su inanidad intelectual, se han crecido precisamente gracias a nuestra cobardía y, en definitiva, nuestra débil fe. Esta es la verdadera autocrítica que podemos y debemos hacernos.

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Un comentario sobre “Catolicismo y autocrítica

  1. Hay que recordar que el conflicto Iglesia-Galileo no consitió en un choque entre Fe y Razón, tema discutido en la Iglesia casi desde sus orígenes, sino un tema nuevo: Los límites de la Ciencia. Galileo sencillamente dejó el mundo científico y sus normas (por que se estaban inventando entonces) y pisó ilegítimamente el mundo de la Teología y la metafísica, de lo que tomço nota el Cardenal Belarmino con toda razón. Actualmente gente como Dawkins, Hawking y otros similares intentan lo mismo, vender como ciencia lo que es ideología.

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