El día internacional de una gran mentira

Todos los que se reclaman de un pretexto colectivo son tramposos.

Cioran

Hoy alguien ha decidido que es el “día de la violencia de género”. Pero por supuesto, cada día es el día de la violencia de género, y no me refiero al hecho de que diariamente muchas mujeres sufren violencia a manos de hombres. También cada día en todo el mundo hay hombres que padecen muchos tipos de violencia, o para ser más exactos, hay muchos más hombres víctimas de agresiones de todas clases que mujeres.

Al decir que todos los días son el “día de la violencia de género” quiero decir que todos los días, desde las televisiones y demás medios de comunicación al completo, así como desde las populosas administraciones y no escasas corporaciones, nos bombardean con el mensaje de que la mujer está oprimida por el hombre, y que los asesinatos de mujeres son sólo la forma extrema de una discriminación que empieza desde la cuna, y que se extiende a desigualdades económicas, barreras profesionales, acoso, violaciones, explotación sexual, etc.

La histérica insistencia en remachar este mensaje ya debiera ponernos sobre la pista de su falsedad. Entiéndase: nadie en sus cabales niega que muchas mujeres son maltratadas y asesinadas, pero la interpretación que se hace de este hecho es un completo disparate. No es cierto que el hombre oprima a la mujer, por la sencilla razón de que “el hombre” y “la mujer” no existen, son abstracciones. Lo que hay son individuos. Sólo se conoce una palabra más tramposa que “mujer” en sentido colectivo, y es la palabra “pueblo”, salvoconducto de las mayores iniquidades de la historia.

Pongamos el caso de un hombre que mata a su pareja o expareja femenina. ¿Por qué razón debemos enfocarlo como un episodio más de una supuesta guerra entre los sexos, incluso si en ese caso concreto fuera realmente un crimen machista? Por lo demás, los verdaderos móviles rara vez los conocemos por los medios. La mayoría de estos tienen códigos deontológicos o “libros de estilo” que les prohíben expresamente aludir a posibles motivos, a diferencia de otros tipos de delito. Ojo al dato: libros de estilo periodístico que desaconsejan informar. En palmario contraste, cuando una mujer asesina a sus hijos pequeños ahogándolos en la bañera (como en un reciente caso sucedido en Jaén), las explicaciones psicológicas prácticamente van por delante. Se puntualiza que la parricida había estado en tratamiento por depresión o que sufría cualquier otro trastorno. Si una mujer asesina a su marido, la reacción típica que sutilmente se abona es algo así como: “Pobrecita, lo que debió hacerla sufrir él para que llegara a ese extremo.” El hombre es ontológicamente culpable, y la mujer ontológicamente víctima. Antes de cualquier investigación, se tiene especial interés en orientarnos acerca de las causas en las que debemos pensar, y puesto que la mayoría de casos no tienen un seguimiento posterior, o quedan sepultados por nuevas noticias, esa primera sugestión es la que persiste.

Por el contrario, cuando crímenes semejantes son cometidos por el hombre, se considera de mal gusto aludir a ninguna explicación relacionada con posibles trastornos psicológicos, drogadicción, antecedentes delictivos o cualquier otra circunstancia particular, como si eso fuera un inadmisible elemento exculpatorio o atenuante del delito. La interpretación apriorística del asesinato de una mujer por su pareja o expareja lo reduce a un ejemplo más de la omnipresente violencia “machista” generada por el patriarcado. No importan los detalles, salvo aquellos que sirvan para reforzar la monotesis oficial.

Esto es posible, entre otras razones, porque se le ha dado al término “machismo” un sentido tan amplio que casi cualquier conducta masculina puede ser incluida en ese epígrafe, de modo que resulta muy difícil eludir una acusación. Un hombre celoso ya es por ello machista, independientemente de que abrigue o no ningún tipo de ideas acerca de una supuesta supremacía del sexo masculino. Nadie parece percatarse de que los celos, tanto más cuanto más se internan en lo patológico, son emociones perfectamente compatibles con la idea de que ambos sexos gozan exactamente de los mismos derechos y las mismas capacidades  intelectuales; de hecho se dan también muy frecuentemente en dirección mujer-hombre y entre parejas de gais y lesbianas. Incluso aunque se constatara que las conductas posesivas son ejercidas en mayor medida por los hombres hacia las mujeres, esto obedecería sin duda a factores más psicobiológicos que culturales. Desde la noche de los tiempos, el hombre ha tenido más que perder por una infidelidad de su pareja que no al revés, porque puede acabar cuidando del hijo biológico de otro, que es el peor negocio posible en términos evolutivos. Por supuesto, en la era de los anticonceptivos esta posibilidad se ha reducido considerablemente, pero no por completo; y en todo caso, los genes siguen influyendo en nuestra conducta porque son ciegos y sordos: no saben nada de cambios sociales producidos en las últimas décadas. Excuso decir que esto bajo ningún concepto puede ser considerado un atenuante de ningún delito o abuso, salvo que absurdamente estuviéramos dispuestos a aplicarlo a casi cualquier comportamiento ilícito, con o sin componente sexual.

No pretendo negar que el machismo exista. Sí afirmo dos cosas: Primero, que en nuestra cultura occidental es mucho más anecdótico de lo que nos martillean a diario quienes tienen acceso a cualquier tribuna. Hombres que realmente maltratan o incluso matan a su mujer “porque era mía”, porque creen que tienen verdadero “derecho” a ello, son realmente raros y a menudo su existencia se restringe a determinades comunidades étnicas. Lo más común es que los maltratadores sean simplemente personalidades tóxicas (que significativamente se dan en todos los niveles de instrucción y en todas las sociedades), o bien que el maltrato se produzca dentro de parejas conflictivas donde la violencia verbal y física es cotidiana por ambas partes, aunque a menudo salga perdiendo la más débil físicamente. No incluyo aquí la dudosa categoría del “maltrato psicológico”, evidente fuente de abuso legal en la que cabe casi cualquier cosa que un abogado mínimamente avispado pueda utilizar para favorecer a su cliente.

En segundo lugar, en aquellas culturas donde la discriminación de la mujer es innegable y en ocasiones atroz, como en los países de mayoría musulmana, recuerdo mi distinción inicial: lo que hay en tales países es un clamoroso déficit de libertades individuales, sea por razones de sexo u otras. No existe un conflicto entre dos colectivos, sino entre el colectivo y el individuo. Incluso en Arabia Saudí o en Irán, carece de sentido sostener que los hombres como un todo oprimen a las mujeres en su conjunto, pues el machismo propiamente cultural suele contar con el apoyo y el papel activo de buena parte de las mujeres, que lo ejercen especialmente sobre las familiares jóvenes.

¿Y qué me dice usted de la brecha salarial, de las disparidades profesionales por sexo y del “techo de cristal”? Mi respuesta es siempre la misma: miremos a los individuos, no a entes colectivos imaginarios. En Occidente al menos, una mujer puede ser lo que se proponga. Si es tan productiva y competente como un hombre, ganará lo mismo por unidad de tiempo que ese hombre. Si quiere ser médico, policía, juez, bióloga o bombera, nada se lo impide. Incluso existen leyes de discriminación positiva (en mi opinión, radicalmente injustas) que la favorecen a ella por encima de los varones, en las pruebas físicas de admisión a cuerpos de policía y otros servicios. Salvo estas ayudas impertinentes, todo lo que una mujer consigue hoy, al igual que en el pasado, se lo debe a sus propios méritos, no a los de activistas pasados o presentes. La única diferencia con tiempos pretéritos o con otras culturas se halla en la mayor libertad individual de que hoy y aquí supuestamente disfrutamos (aunque en algunos aspectos posiblemente hemos retrocedido), que redunda en sociedades más meritocráticas, donde todos se ven favorecidos, sea cual sea su sexo, raza o condición.

Si en Occidente hay menos estibadoras, menos doctoradas en ciencias exactas y menos mujeres en consejos de administración, ello es resultado de la suma de millones de decisiones individuales. Y aunque los condicionantes biogenéticos no sean férreamente deterministas a nivel individual, sí producen efectos estadísticos notables. Somos iguales en derechos pero manifiestamente desiguales en muchos aspectos psicológicos y evidentemente fisiológicos. La igualdad es un concepto ético-jurídico, no empírico. No es en absoluto incompatible con que las mujeres en general tiendan a preferir actividades socializadoras, a buscar un mayor equilibrio entre vida laboral y familiar, empleos con menor riesgo y esfuerzo físico, etc. No porque el “patriarcado” haya colonizado sus mentes, sino porque son así desde hace cientos de miles de años, debido a la evolución biológica. Y hasta que el neofeminismo no ha envenenado a muchas, la mayoría estaban perfectamente satisfechas de ser como son. Aunque insisto, ello no determina lo que hará cada individuo, ni justificaría la burda traslación al derecho ni a la moral de unos supuestos dictados de nuestros genes.

Ahora bien, si la falacia naturalista (elevar a precepto todo condicionamiento natural) es rotundamente errónea, no es menos disparatado negar la naturaleza. Transmitir a las mujeres el mensaje de que deberían erradicar cualquier tentación de ceder a sus inclinaciones espontáneas sólo sirve para producir una absurda y estéril infelicidad. Es, de hecho, una forma de machismo mucho más radical que el que se pretende combatir, pues en la práctica instaura la masculinidad como referencia, algo que si no fuera porque siempre fracasa, supondría un radical empobrecimiento de la naturaleza humana. Pero aunque no pueda conseguir sus últimos objetivos, el neofeminismo es una de las fuerzas más destructivas que existen hoy en día. Sólo señalaré su efecto más perverso, que es la despenalización del aborto a partir del último tercio del siglo pasado.

Aunque ese crimen existe desde la prehistoria, en sociedades avanzadas como la nuestra resulta todavía más imperdonable. Cuando la ciencia nos permite conocer la vida intrauterina con minucioso detalle y protegerla hasta extremos antes impensables, cuando se han desterrado situaciones de miseria extrema como las que podían conducir al aborto y a los infanticidios, sólo una demencial ideología que hace del primero un “derecho” y una “conquista” (y no faltan autores que defienden también los segundos), sin olvidar los sórdidos intereses de siniestras multinacionales abortistas como Planned Parenthood, explican que porcentajes tan monstruosos de bebés sean sacrificados diariamente antes de nacer.

Por si esto no fuera suficiente, ahora debemos permanecer alertas ante la penúltima vuelta de tuerca de este neofeminismo totalitario. El artículo 14 de la Constitución, que garantiza la no discrimnación por sexo, raza, creencias y cualesquiera otras circunstancias, está plenamente consolidado en nuestro país. Los que repiten incansablemente que existe una masiva discriminación de facto hacia la mujer, manipulando cifras y leyéndolas a través de su burdo prisma ideológico, los que sostienen que “queda mucho por hacer”, quieren en realidad poner sus sucias manos sobre dicho artículo, como ya confiesan abiertamente, a fin de desnaturalizarlo y así blindar toda una serie de aberraciones jurídicas que por desgracia ya contaminan nuestro ordenamiento legal. Parecidas amenazas se ciernen sobre otros países. El resultado final puede acercarse mucho, por sus consecuencias, a la famosa sentencia orwelliana de Animal Farm: Todos somos iguales, pero unos son más iguales que otros.

No carece de utilidad señalar que estos aprendices de totalitarios se dividen en dos clases. Unos son los que viven directamente de los mantras de la ideología de género, o ejercen poder gracias a ellos. A estos no los vamos a convencer nunca. Los otros son los que consideran que es de buen tono hacer suyas las monsergas neofeministas. Son los fariseos de la superioridad moral, los que creen hacerles un gran homenaje a las mujeres al considerarlas como criaturas oprimidas que necesitan ser redimidas. Son los que, en los casos más ridículos, si son varones piden abyectamente perdón por pertenecer al colectivo opresor. Tampoco estoy seguro de que no sea una miserable pérdida de tiempo argumentar con estos. Pero sí exijo, para empezar, que dejen de imponernos a los demás su dosis diaria de reeducación y de pornovictimismo.

 

 

 

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