Puigdemont en Bruselas o la Leyenda Negra 3.0

La huida del Poc Honorable Carles Puigdemont a Bélgica no responde a una elección geográfica casual. El expresidente del gobierno autonómico catalán se encuentra prácticamente en el epicentro, en la cuna de lo que se conoce como Leyenda Negra. Los Países Bajos comprendían en el siglo XVI lo que hoy son Holanda, Bélgica, Luxemburgo y territorios del norte de Francia. Y fue allí donde la propaganda protestante-orangista contra el Imperio español y contra el catolicismo alcanzó un éxito espectacular. Hasta el punto de que todavía hoy los propios españoles nos seguimos creyendo los más manidos tópicos sobre el malvado imperialismo hispánico y la odiosa Inquisición.

Las probabilidades de que un juez belga, nublado por históricos prejuicios hispanófobos, se compadezca del pobre Carles, perseguido por el represor Estado español, inquisitorial y franquista, y le conceda unas vacaciones de un par de meses en el país de Tintín, son considerables. Sin duda el cesado presidente de la Generalitat ha tenido en cuenta esto a la hora de elegir el destino de su poc honorable fugida.

No son ajenos a esta cuestión los paralelismos existentes entre los antiguos Países Bajos y Cataluña, salvando todas las distancias. España jamás se apoderó de Cataluña por conquista. Los antiguos condados catalanes, bajo la hegemonía del condado de Barcelona, pasaron por razones dinásticas a la Corona de Aragón, la cual terminó uniéndose con Castilla por el matrimonio de los reyes Fernando e Isabel, como sabe cualquier escolar, salvo quizás los catalanes, cuyos temas de Historia de España han sido suplantados por la historieta de los Països Catalans.

Análogamente, jamás España se apoderó de los Países Bajos por conquista militar. El emperador Carlos V, nacido en Gante (actual Bélgica, en el Flandes Oriental) era tan legítimo soberano de las tierras flamencas como rey de Castilla y de Aragón, por mero derecho sucesorio. Como nos relata María Elvira Roca en su libro Imperiofobia y leyenda negra, del que extraigo los entrecomillados siguientes, tampoco existió ninguna revuelta popular contra España, sino una guerra civil promovida por los intereses de la alta nobleza local, que se sentía perjudicada por los planes imperiales de estructurar el territorio “al modo de un estado federal.”

Los orangistas vencieron esa guerra en gran medida gracias a su hábil y sistemático uso de la propaganda. Esta supo presentar a los españoles como unos invasores, a pesar de que en gran medida las tropas leales al monarca eran flamencas; creó asimismo su propio panteón de mártires y logró convencer a muchos de que los impuestos que pagaban los holandeses servían para financiar las deudas del Imperio. “Fueron necesarios muchos años de intensa propaganda y el concurso de los predicadores calvinistas para convencer a una parte de la población neerlandesa de que eran explotados y oprimidos, y de que, por lo tanto, debían rebelarse contra el rey.” A estas alturas supongo que les va sonando el cuento.

Si luteranos, calvinistas y orangistas fueron los inventores de la propaganda política moderna, basada fundamentalmente en caricaturas y estereotipos sin base real, repetidos mecánicamente gracias a la recién inventada imprenta, sus más adelantados discípulos han sido los comunistas y los nacional-socialistas del siglo XX, que tuvieron a su disposición el poder de la radio y el cine. El primer ensayo general de la Leyenda Negra 2.0, o leyenda antifranquista, fue el relato de la represión de la revolución de Asturias de octubre de 1934, magnificada con impúdico sectarismo para contribuir decisivamente a la victoria del Frente Popular en las elecciones fraudulentas de 1936. El antifranquismo posterior transfiguró a las mismas izquierdas que se cargaron la República en sus heroicas defensoras, frente a un alzamiento promovido por una rancia conspiración de militares, curas y terratenientes. Los antifranquistas habrían combatido épicamente al dictador Franco de modo que ahora mismo están, por fin, a un paso de derrotarlo, aunque el general se resiste obcecadamente desde la tumba donde fue enterrado hace más de cuarenta años.

En estas circunstancias estamos asistiendo a una nueva edición de la Leyenda Negra, conocida también como el procés. Los elementos que la componen son fácilmente reconocibles. Tenemos una sociedad dividida, como es la catalana, entre partidarios de la unidad de España y adeptos al separatismo. Tenemos a una oligarquía local que ambiciona un poder sin cortapisas y la impunidad plena por décadas de corrupción sistémica, la cual ha conseguido, mediante su control de la enseñanza y la comunicación pública, convencer a una parte de la población de que el conflicto es con España.

Tenemos, por descontado, las listas de agravios, como las balanzas fiscales, la insuficiente inversión en infraestructuras o en becas, y cualquier otro problema real o imaginario susceptible de ser atribuido a una supuesta obsesión de Madrid por perjudicar y humillar a los catalanes.

Y tampoco faltan los mártires. Primero, los más de ochocientos heridos por la represión policial del referéndum ilegal del 1 de octubre, número suministrado por los separatistas e inflado con personas atendidas por los servicios sanitarios sin la menor lesión,  crisis de ansiedad, caídas accidentales, forcejeos con las fuerzas del orden, un infarto y sólo una lesión grave provocada directamente por la policía, debido al impacto ocular de una pelota de goma antidisturbios.

Añádanse al martirologio nacionalista los miembros del govern y los dirigentes de las asociaciones separatistas encarcelados tras presentarse a declarar a la Audiencia Nacional. Unas decisiones judiciales de las que se acusa demagógicamente al ejecutivo y que son pintadas como un ataque a la democracia y los derechos humanos.

A fin de sostener esta victimización, la Leyenda Negra 3.0 pretende hacernos creer que el proceso separatista es intachablemente pacífico, cuando desde el principio ha contado con el poder de una fuerza policial de 17.000 agentes autonómicos, sin la cual hubiera sido inconcebible que el Estado hubiera permitido la reiterada violación de las leyes y las resoluciones judiciales de los últimos dos años. Cuando al conseller de Interior Joaquim Forn le preguntaron, en una entrevista publicada el 11 de octubre, si podía producirse un enfrentamiento entre Mossos por un lado y Policía Nacional y Guardia Civil por otro, respondió que “si hay buena voluntad y se acepta la nueva realidad política, no habrá ninguna colisión entre policías.” Lo cual no es conceptualmente muy distinto del atracador de un banco que advierte de que nadie sufrirá ningún daño si se pliega a sus exigencias.

Pero sobre todo, el procés ha contado con el poder intimidatorio de las masas de fanáticos movilizadas por los dirigentes separatistas. Hablamos de muchedumbres tumultuarias como la de 40.000 personas que sitió durante horas a los agentes que realizaban un registro en la Conselleria de Hacienda, los días 20 y 21 de setiembre, destrozando varios coches patrulla. O los miles de personas que se encerraron en centros públicos y se concentraron delante de ellos desde tempranas horas del 1-O, con la manifiesta intención de impedir el cumplimiento de las órdenes judiciales por la fuerza del número (el “muro humano” que pedía la diputada de la CUP Anna Gabriel) y que hirieron con su “resistencia pacífica” a decenas de agentes policiales. O también los escraches nocturnos ante los lugares de alojamiento de policías y guardias civiles desplazados a Cataluña, que con la ayuda de amenazas mafiosas contra los directivos de algunos hoteles, lograron en algunos casos la expulsión de las fuerzas del orden.

Gracias a Dios, hasta ahora no ha habido que lamentar ninguna víctima mortal, como consecuencia de los tumultos protagonizados por las muchedumbres separatistas. Pero también el golpe de Estado del 23-F fue incruento, y ello no impidió al tribunal que juzgó al teniente coronel Antonio Tejero condenarlo a treinta años de cárcel por el delito de rebelión, al estimar, entre otras razones, que la obligada oposición de las autoridades legítimas a los planes de los rebeldes podía haber sido causa de derramamiento de sangre.

La propaganda del procés tiene que presentarlo como inmaculadamente democrático y pacífico porque sólo de este modo, por contraposición a esta falsa imagen de inocencia, las medidas tomadas por el Estado, aunque se basen en la más escrupulosa legalidad, aparecen como incomprensiblemente represoras e incluso violentas. Si consiguen que incluso los no separatistas interioricen esta nueva edición de la Leyenda Negra que se está fraguando ante nuestros ojos, su triunfo será inevitable.

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