Postureísmo

Podemos definir el progresismo, en sentido amplio, como aquel conjunto de ideas sostenidas por quienes defienden (lo que ellos creen que es) el progreso. Naturalmente, a un progresista le sobran las palabras entre paréntesis. Él sabe perfectamente qué es el progreso; ya ha establecido dogmáticamente que el aborto, la eutanasia o el Estado-providencia contribuyen al aumento global de la felicidad.

Al eludir el debate sobre qué es realmente progreso, el progresista sólo acepta ser juzgado por sus nobles intenciones. Lo cual implica que estar en contra del progresismo te sitúe automáticamente en el bando de los malvados. Esta suplantación de la argumentación racional por el sentimentalismo sólo ayuda a quienes viven de ella, no a los desfavorecidos a los que se pretende representar. A continuación pondré tres ejemplos, entre muchos más que podríamos considerar, de cómo el progresismo estandar suele tener efectos contrarios a los que pretende.

La ONG Manos Unidas ha adoptado, sin duda con la mejor intención, un eslogan inconfundiblemente progresista: “El mundo no necesita más comida. Necesita más gente comprometida.” Por lo pronto, no debemos llamarnos a engaño sobre el significado de “gente comprometida”. Aunque incluya a personas como los misioneros y voluntarios laicos que viajan a países pobres a fin de procurar instrucción, asistencia sanitaria, etc., basta con una ojeada superficial a la web de esta organización para enterarse de que la clase de compromiso al que se están refiriendo principalmente tiene poco que ver con sus principios católicos.

En una de las entradas acusan a la actual “economía de exclusión” de que millones de personas tengan una vida digna. Algo más abajo precisan que el número de hambrientos en el mundo se ha incrementado en veinte millones el último año a causa de “la mercantilización de los alimentos, la insostenibilidad de la producción y la pérdida y el desperdicio de alimentos.”

A nadie que no sea un ingenuo se le puede ocultar que “economía de exclusión” es un eufemismo de apariencia inocente para referirse al capitalismo o a la economía de mercado. Por si hubiera alguna duda, lo confirma la expresión “mercantilización de los alimentos”. Es decir, quienes diseñan el discurso de la ONG sugieren que hay alguna alternativa a que los productos alimentarios se intercambien libremente entre productores, distribuidores y consumidores. No entran apenas en detalles sobre dicha alternativa, pero en esto coinciden con partidos políticos comunistas como Podemos o la CUP.

No vale la pena detenerse demasiado en los otros dos factores que citan. La insostenibilidad de la producción entra en contradicción con el eslogan antes citado. ¿No dijimos que lo importante no es producir más alimentos, sino repartirlos mejor? En cuanto al desperdicio de comida, aunque sin duda sea lamentable, y probablemente se puede reducir (pero no totalmente, mientras nuestro universo esté regido por la segunda ley de la termodinámica), no es ninguna solución al problema del hambre mundial, salvo que ignoremos olímpicamente los costes de logística.

Al apostar implícitamente por ideologías izquierdistas que una y otra vez han fracasado, los comunicadores de Manos Unidas ponen la ideología por delante del Evangelio… y de la realidad. Con toda seguridad, es falso que no se necesiten más alimentos en el mundo, y es toda una irresponsabilidad sugerir que la cuestión productiva ya está resuelta. Es cierto que no todos los países pueden producir todos los alimentos necesarios para sus poblaciones, pero sí podrían alcanzar un nivel de producción industrial y de servicios suficiente para obtener los alimentos que no producen, a través del comercio internacional. No basta por tanto con optimizar la distribución, y en todo caso, si algo ha demostrado que la favorece es la libertad de comercio, no los controles burocráticos. Entretanto, la caridad cristiana (tan denostada por la retórica anticapitalista) es el medio más humanamente efectivo para paliar una pobreza que acompaña al hombre desde que existe, pero que en las últimas décadas ha disminuido espectacularmente, y no gracias precisamente a los experimentos socialistas.

El segundo ejemplo tiene que ver con el cambio climático. Según el pensamiento progresista, las emisiones humanas de CO2 y otros gases están provocando un calentamiento global que se mantendrá en los próximos años con consecuencias catastróficas. Nadie puede demostrar estas predicciones, porque la ciencia se basa precisamente en ver si se cumplen sus predicciones para contrastar sus teorías. Todo lo que sabemos por ahora es que se ha registrado un incremento global de aproximadamente un grado centígrado en los últimos cien años, aunque no de forma lineal. Las causas de tal fenómeno pueden ser diversas, pero para los progresistas, cuestionar que la causa principal sea el hombre es prácticamente un crimen. Lo denominan negacionismo, utilizando pérfidamente la misma palabra que designa a quienes niegan el Holocausto.

Si la teoría resultara estar equivocada, estaríamos desviando ingentes cantidades de recursos en luchar contra una causa inexistente, y lo que es peor, estaríamos censurando cualquier línea de investigación que nos llevara a descubrir la verdad. Acaso debamos actuar en una dirección completamente distinta a la que pensamos, o bien puede que debamos centrar nuestros esfuerzos en prepararnos para unos cambios inevitables. O quién sabe, quizás no debamos hacer nada, porque nos encontramos en un ciclo climático que terminará en breve, y nos podamos ahorrar en regulaciones, subvenciones y multas miles de millones de euros, que se necesitan para muchas otras cosas.

Incluso aunque casualmente la teoría del cambio climático antropogénico fuera cierta, el empeño en imponerla políticamente provoca lógicas resistencias que se minimizarían fácilmente en un ambiente de libertad de pensamiento, sin cazas de brujas.

El tercer ejemplo nos lleva al tema de la violencia de “género”. (Entrecomillo el término porque además de ideológicamente cargado, es un anglicismo inadmisible en nuestro idioma: el género es una propiedad gramatical de determinadas palabras, no de personas, animales u objetos.)

El progresismo, como es sabido, sostiene que existe una violencia sistemática ejercida por los hombres contra las mujeres, en especial sus parejas o exparejas, de origen machista o patriarcal.

Sin embargo, a pesar del dinero que absorbe todo el tinglado organizado contra la violencia de “género”, que tan certeramente describe Alicia Rubio en un libro que no nos cansamos nunca de recomendar (Cuando nos prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres), cada año se producen decenas de asesinatos de mujeres, con variaciones estadísticas irrelevantes. La respuesta de las asociaciones feministas es que aún no se hace lo suficiente para erradicar el machismo en la sociedad. Estas influyentes asociaciones no ven otro remedio que doblar la apuesta, radicalizando sus programas de adoctrinamiento ideológico, a través de la enseñanza y los medios, y endureciendo la represión contra cualquier conducta u opinión que pueda interpretarse como “machista”.

Ahora bien, todo indica que esta radicalización no va a contribuir lo más mínimo a que descienda el número de homicidios de mujeres, sino al contrario. La ideología de “género”, convertida de facto en religión de Estado, al criminalizar al varón y conceptuar la familia tradicional como una institución básicamente opresiva para la mujer, no estaría haciendo otra cosa que favorecer las condiciones en que la violencia de pareja surge con más facilidad, que son las relaciones inestables y las rupturas familiares. Como ha señalado Theodore Dalrymple, “la extrema fragilidad y endeblez de las relaciones entre los sexos, combinadas con el persistente deseo de la posesión sexual exclusiva del otro, genera, como es natural, fuertes celos, que son la razón más común y poderosa de la violencia de género.” Por supuesto, los progresistas explican los celos con su plantilla infalible del machismo, pero omiten el hecho de que se dan también en las relaciones homosexuales (a menudo de manera muy intensa) y en todas las culturas, a despecho de antropólogos como Margaret Mead, cuyos paraísos tropicales de “inocencia sexual” demostraron ser puros fraudes científicos.

Aunque probablemente nunca se podrán reducir a cero los homicidios, la ideología de “género”, al negarse a considerar otra explicación  que no sea la teoría ultrafeminista del patriarcado opresor, obstruye cualquier línea de investigación y cualquier política que ayude a reducir efectivamente esos delitos, en lugar de limitarse a suministrarnos sentimientos de narcisismo moral.  Ante todo, está prohibido cuestionar el dogma fundamental de que cualquier “modelo de familia” (como se denomina en realidad a los resultados de la desintegración familiar) es igualmente bueno. Por resumirlo con las palabras de Roger Scruton: “La verdadera causa del problema, que es la erosión de la familia, ni siquiera puede mencionarse.”

En resumen, el progresismo sustituye la honesta búsqueda de soluciones por lo que coloquialmente se viene llamando el “postureo”. Puede que uno se sienta muy bien cuando condena el hambre en el mundo, el deterioro del planeta y el machismo, pero lo cierto es que los ya rutinarios rituales de “concienciación” a que nos tienen acostumbrados los medios no sirven absolutamente para nada, salvo para respaldar ideologías que probablemente agravan los problemas que aseguran denunciar, se inventan algunos inexistentes y desvían la atención de otros.

Algunos dirán que eso no es el “verdadero” progresismo, como ciertos comunistas tratan de desmarcarse de los crímenes cometidos por Stalin (suelen olvidarse de Lenin, Mao, Castro y el Che Guevara, entre otros) asegurando que en ningún sitio (qué mala suerte) se llegó a aplicar el auténtico ideal comunista. Pero ¿qué queremos salvar cuando defendemos una simple palabra –progresismo, socialismo, feminismo, etc. – antes de ponernos de acuerdo sobre su contenido? La obsesión por situarse en el campo progresista antes de cualquier debate y cualquier indagación es en sí misma reveladora del síndrome farisaico o “postureísta” que aquí denunciamos, consistente en anteponer un sentimiento de superioridad moral a cualquier esfuerzo sincero y humilde de conocer la verdad y hacer el máximo bien posible.

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