¿Veis?

Mariano Rajoy se ha decidido por fin a aplicar el artículo 155 de la Constitución, que permite al gobierno de la Nación adoptar las “medidas necesarias” para obligar a un gobierno autonómico rebelde al “cumplimiento forzoso” de las leyes, previo requerimiento a su presidente. Lo hace muy tarde –como mínimo un mes tarde– y mucho me temo que tampoco lo llevará hasta el final, sino que Puigdemont todavía se comerá el turrón sin haber sido desalojado de su despacho y detenido. Pero en lugar de especular sobre lo que sucederá en los próximos días y semanas, concédanme volver escuetamente sobre el análisis de los acontecimientos pasados, e incluso de los últimos años.

El 10 de octubre, Puigdemont ofeció la enésima reedición del truco favorito del nacionalismo catalán, el que lleva empleando como mínimo desde que se sacó de la manga que Cataluña necesitaba desesperadamente un nuevo Estatuto, aunque la mayoría de catalanes no nos hubiéramos enterado. Declaró la independencia para, acto seguido, anunciar que proponía al Parlament suspender sus efectos a fin de iniciar un diálogo de igual a igual con el gobierno central. Naturalmente, si el gobierno accediera a este diálogo, otorgaría ya por ello su asentimiento a la independencia. De lo único que cabría dialogar sería acerca de los detalles, de cómo materializar ese proceso de separación de Cataluña.

Como previsiblemente el gobierno de la Nación no va a aceptar romper España, aunque sólo sea para no suicidarse políticamente, los separatistas podrán decir: ¿Veis? Se niegan a dialogar. Y así seguirán explotando ad nauseam su insufrible victimismo, tratando de recabar complicidades entre las legiones de tontos útiles nacionales e internacionales. Desde Pablo Iglesias y Ada Colau hasta esos hipócritas equidistantes de tertulias y periódicos, que terminan dando la razón siempre a los que odian a España (bueno, dicen “Estado español”, pues aman tanto a España que se cuidan mucho de nombrarla) pero haciéndose los estrechos, como enemigos de “todo” radicalismo.

Es exactamente el mismo procedimiento utilizado en el referéndum del 1 de octubre. Los separatistas plantearon su plebiscito ilegal como si el gobierno no les hubiera dejado otra salida, al negarse a negociar un referéndum de autodeterminación acordado, cosa que evidentemente no podía hacer sin reconocer por ello mismo dicho derecho de autodeterminación, sólo aplicable a territorios coloniales. Y así pudieron decir: ¿Veis? Este gobierno autoritario no nos permite votar. Nosotros sólo pedimos democracia.

Luego redondearon la jugada, animando irresponsablemente a la gente a participar de esa ilegalidad, a que se resistiera “pacíficamente” a las autoridades, poniendo por delante niños y ancianos, y con las cámaras a punto, para emitir sólo fragmentos de “agresiones” policiales descontextualizados, para sugerir su carácter arbitrario y desproporcionado. Así pudieron inventarse los ochocientos “heridos” como consecuencia de la represión policial, ya incluida en ese repertorio de mitos hispanófobos que repetirán incansablemente, hasta que incluso sus adversarios menos tontos acaben por asumirlos.

Remontándonos unos años atrás, vemos que es la misma táctica que ya se empleó con el nuevo Estatut. Se aprobó un texto deliberadamente inconstitucional, para que si el TC lo aceptaba tal cual, la Constitución dejara de tener plena vigencia en Cataluña. Como los magistrados lógicamente no tragaron con eso, sino que enmendaron el texto estatutario, los nacionalistas dijeron: ¿Veis? Nos echan para atrás un Estatut aprobado democráticamente por el pueblo catalán. No nos están permitiendo otra alternativa que romper con España.

La fórmula que podemos extraer de estos ejemplos es la siguiente: Queremos separarnos de España pacífica y democráticamente, de manera amistosa y dialogada. España no nos deja; luego –¿veis? – España no es pacífica, democrática, amistosa ni dialogante, y ello nos autoriza a romper con ella por la vía ilegal. Que es algo tan lógico como si un atracador me conminara educadamente a que le entregara mi cartera y, al negarme yo a ello, insinuándole que estoy dispuesto a defenderme, me acusara de ser persona violenta y poco razonable.

El separatismo ve como un agravio (de hecho, el agravio fundamental) el mero hecho de que el Estado no acceda ilimitadamente a sus pretensiones. Es un ejemplo paradigmático de razonamiento circular, y también de profecía autocumplida. Pues cuando el gobierno se ve obligado al uso legítimo de la fuerza (que está en la esencia de todo Estado, incluida una hipotética república catalana futura) para restablecer la ley, vuelve a proclamar con impostada indignación: ¿Veis… como el “Estado español” es autoritario y franquista?

Pero ni siquiera necesitan algún tipo de pruebas o hechos. Para el nacionalismo catalán, España ha sido siempre, a priori, un país cuartelario, un Estado que sólo se sostiene autoritariamente, al servicio de unos poderes fácticos heredados del franquismo. Hace tiempo circulaba la expresión “Brunete mediática”, con la cual los opinadores nacionalistas manifestaban su desprecio por la prensa madrileña menos dispuesta a bailarles el agua. Más recientemente, a Enric Juliana (uno de esos falsos equidistantes a los que acabo de aludir) le ha dado por hablar de la “Brigada Aranzadi”, en alusión a la elite de abogados del Estado que diseñan la supuesta estrategia inmovilista del gobierno.

La elección del término castrense es altamente significativa. ¿Por qué no el club Aranzadi o cualquier otra palabra más adecuada para referirse a una cúpula, a una minoría estrechamente vinculada al poder? Una brigada es a fin de cuentas una unidad militar cuyos miembros son en su mayoría soldados que se limitan a cumplir órdenes. Por no hablar de que un compendio legislativo como el llamado coloquialmente por los juristas “el Aranzadi” es el último símbolo de la arbitrariedad política en el que uno pensaría. Pero obviamente la intención no es la precisión expresiva, sino el refuerzo de la imagen caricaturesca, el brochazo despectivo.

La propaganda más efectiva no es la basada en mentiras, aunque el secesionismo no se prive lo más mínimo de utilizarlas. Incluso para que el embuste y la fábula políticos surtan efecto, es necesario que se inserten en un marco emocional dado, fijar previamente la imagen del enemigo. Y a fin de identificarlo, el recurso fundamental es el insulto y la caricatura, que en sí mismos son irrefutables, porque no son afirmaciones sobre cuestiones de hecho ni racionales, sino meras calificaciones de naturaleza emocional.

Cuando alguien se refiere a la “Brunete mediática” o a la “Brigada Aranzadi”, no está desde luego afirmando explícitamente que España sea una especie de dictadura militar: cuando sí lo hace, al estilo de bufones como Gabriel Rufián, que buscan principalmente cosechar aplausos entre sus partidarios más fanáticos, es fácilmente rebatible y hasta ridiculizable. En cambio, la sugestión es irrefutable, precisamente porque no opera a nivel racional. Sugerir implícitamente, mediante metáforas pretendidamente ocurrentes, que España es un régimen autoritario es sin duda una bellaquería carente de toda base. Pero funciona de manera espectacular, lloviendo sobre el suelo mojado de la leyenda negra luterano-orangista, que seguimos sin sacudirnos, pese a que intelectualmente ha sido desmontada hace tiempo.

La razón y la ley (¡el Aranzadi!) están del lado de quienes defendemos la unidad de España, una gran nación, con sus virtudes y defectos, como todas, pero en la que resulta un privilegio vivir. Ahora bien, en este mundo dominado por el “culto al sentimiento” que tan bien ha descrito Theodore Dalrymple, para frenar a quienes, con las peores compañías utraizquierdistas, pretenden tirar por la borda nuestro pasado común de siglos y nuestros lazos de convivencia, en pos de quimeras inciertas, no será suficiente la actuación de los legítimos poderes del Estado, a los que se refirió el Rey en su histórico discurso. Las manifestaciones masivas del pasado fin de semana, en Madrid y en Barcelona, en defensa de nuestra nación, nos indican el camino a seguir. Aplicación de la ley sin titubeos, sí, pero además apoyada por la movilización de la sociedad civil: la que con más efectividad echa por tierra la resentida mentira separatista de una España autoritaria.

Dedicado al capitán del Ejército del Aire Borja Aybar García. DEP.

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