Progresismo mágico

Todos sabemos por experiencia que el debate ideológico rarísima vez sirve para acercar posiciones, no digamos ya para modificarlas radicalmente. Ello se debe a que no llegamos a determinadas conclusiones mediante argumentos, sino al revés: buscamos los argumentos que respalden conclusiones adoptadas a priori y a menudo inconscientemente.

Lo anterior no implica desdeñar la razón (puesto que a fin de cuentas, no sabemos prescindir de los argumentos), sino sólo señalar que no lo es todo, tal como resumió Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no conoce.”

Ser progresista o no serlo es una actitud ante la vida, un hecho que pertenece más a la esfera del corazón que a la razón, aunque involucre a ambos.

El progresista se sitúa ante el universo como un rebelde. No es que crea que hay que luchar contra tal o cual injusticia concreta, sino que el mundo como un todo está bajo el influjo de una Injusticia originaria, llámese el capitalismo, el patriarcado, el sistema o como se quiera.

El no progresista, al que llamaré conservador a falta de un antónimo que no suene demasiado pedante, reconoce –cómo no– la existencia de innumerables injusticias, pero no cree en la Injusticia como patrón explicativo de la realidad. El conservador no piensa que los problemas nacen siempre y globalmente de una mala organización social, sino de la propia naturaleza caída del hombre, que hace imperfecta a cualquier organización. Y por tanto mejorable, pero no de modo absoluto ni de una vez por todas.

La actitud conservadora tiene su raíz, como es evidente, en la doctrina judeocristiana del pecado original. El mundo, creado por Dios, es originalmente bueno (el Edén), pero el hombre, engañado por el demonio con la promesa de equipararse a Dios, desobedeció a su creador y así introdujo el mal en el universo. No es necesario creer en la literalidad de este relato mítico para percatarse de su hondo sentido metafísico y antropológico.

Por el contrario, el progresista niega el pecado original, al menos de manera implícita, lo que le lleva a buscar el origen del mal en el mundo, no como algo contenido en él, sino como parte de su propia estructura. Y ve la solución, exclusivamente, en la acción transformadora del hombre. Gabriel Marcel definió no sin cierta sorna el carácter esencial del progresismo:

“[La] insistencia sobre las imperfecciones del mundo está unida a la incapacidad radical de aprehender el mal en cuanto mal, el pecado en cuanto pecado. Y aquí aparece de nuevo la inteligencia técnica. El mundo es tratado como una máquina cuya disposición dejase mucho que desear; felizmente el hombre está aquí para rectificar ciertos errores, pero por desgracia el conjunto escapa por el momento a su control[1].”

Por supuesto, hay progresistas creyentes y conservadores ateos. Hay quienes viven como si Dios no existiera, aunque de algún modo crean en Él, del mismo modo que otros se conducen como si existiera efectivamente, aunque carezcan de fe. En cualquier caso, la fe y la incredulidad son posiciones irreductibles: ambas están más allá de toda demostración o refutación, aunque cada una de ellas sea capaz de aportar su propio repertorio de razones.

Para comprender cabalmente la dicotomía expuesta, además del concepto de pecado, resulta imprescindible hablar de la gracia y la redención. El hombre no podría salvarse por sí sólo, sin la intervención divina. Un conservadurismo sin la fe (que es un don de Dios) sólo puede conducir al pesismismo, a la “visión trágica” de Sowell. Se limitaría a constatar el pecado sin creer en la salvación definitiva.

Pero el progresista aún lo tiene peor: ni siquiera admite la existencia del pecado, por lo que difícilmente podrá reconocer la necesidad de la gracia divina; de ahí que termine persiguiendo meros sucedáneos terrenales, ya sea en forma de utopías o de liberaciones ilusorias.

De la palabra gracia deriva gratitud. Dar gracias significa reconocer que no nos merecemos los favores recibidos, sino que se los debemos a alguien. El agradecimiento es inseparable de un destinatario personal. Sin embargo, la poeta catalana Maria-Mercè Marçal, militante izquierdista, feminista y nacionalista, tenía por divisa los siguientes versos:

Al azar agradezco tres dones: haber nacido mujer,

de clase baja y nación oprimida.

Y el turbio azur de ser tres veces rebelde[2].

Agradecer algo al azar (es decir, a nadie) entraña una contradicción, por mucho que no se nos escape la soterrada ironía. Marçal subvierte una vieja plegaria judía, citada por Simone de Beauvoir, en la que el rabino agradecía a Dios por haberle hecho varón, judío y libre. Tales de Mileto dirigió a la Fortuna una oración análoga, felicitándose por ser hombre (no animal), varón y griego. Pero la conexión entre el azar como explicación última de la existencia y la rebeldía, no hace más que exacerbar la incongruencia con la supuesta gratitud.

Maria-Mercè Marçal no era ninguna positivista escéptica. Puede que no creyera en Dios, pero tenía gran afición por el tarot y la astrología. Ahora bien, la magia no es más que un estadio primitivo o preparatorio de la técnica, como los juegos infantiles suelen ser ensayos de los quehaceres adultos.

La inteligencia mágica y la inteligencia técnica coinciden en postular que el hombre depende exclusivamente de sus propias fuerzas y conocimientos (esotéricos o científicos) para manipular la realidad. La religión es todo lo contrario: descansa en la convicción de que no somos enteramente autosuficientes, de que en última instancia estamos en manos de Dios.

Conviene no obstante subrayar la diferencia básica entre magia y técnica. La primera, condenada insistentemente en la Biblia, apela a fuerzas irracionales en el mejor de los casos, y demoníacas en el peor. La técnica es factible gracias al carácter racional e inteligible del universo. Por eso el cristianismo, al sostener que el mundo ha sido creado por una Inteligencia infinita, fue un factor decisivo en la superación de la magia y el desarrollo de la ciencia. La revolución científica no se produjo en la Europa cristiana por casualidad.

Sin embargo, una técnica desvinculada de cualquier referencia trascendente, en última instancia sólo se distinguirá de la magia por sus resultados mucho más espectaculares, y por ello mismo rebosantes de peligros.

El progresismo es hijo de esta razón fáustica que cree arrogantemente deberse sólo a sí misma, que desconoce o desprecia su propia insuficiencia y sus límites, que hace de la voluntad política el único dios y que formula eslóganes ideológicos a modo de conjuros mágicos, con los que toda suerte de extravíos y crímenes acaban siendo fatalmente justificados. Conservador es quien ha comprendido esto y trata, al menos, de no participar de semejantes errores.

[1] Gabriel Marcel, Incredulidad y fe, Ed. Guadarrama, Madrid, 1971, pp. 30-31.

[2] Al atzar agraeixo tres dons: haver nascut dona,

de classe baixa i nació oprimida.

I el tèrbol atzur de ser tres voltes rebel.

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2 comentarios sobre “Progresismo mágico

  1. Dicho de otro modo: el progresista cree que el mundo está mal hecho; el conservador que está bien hecho.

    Por eso, tantos cristianos progreso acaban alejandose de Dios, porque no pueden soportar un mundo creado así, donde el mal entra por el pecado del hombre.

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