De inquisidores y chekistas

Jesús Laínz es uno de los escritores de tendencia liberal-conservadora más lúcidos de los que tenemos el privilegio de ser contemporáneos y compatriotas. Sus artículos, certeros e iluminadores, así lo testimonian. Por si fuera poco, escribe muy bien, aunque esto no suele ser más que una consecuencia natural de la claridad de ideas. Su último artículo en Libertd Digital tampoco constituye una excepción. Sin embargo, tengo que ponerle un pero. Me refiero a la utilización de expresiones como la “Inquisición progre” (ya en el título) o incluso “Santa Inquisición Progre”.

Mi objeción no atañe a la cuestión de fondo. Estoy totalmente de acuerdo con Laínz en que los progresistas son amigos de la libertad de expresión –siempre y cuando sirva para defender ideas progresistas. Lo cual es una manera eufemística o sarcástica de decir que son declarados enemigos de ella. Tú puedes criticar y hasta zaherir del modo más grosero las creencias de los cristianos, pero ¡pobre de ti si osas criticar al islam! En este caso, pasas a ser reo de islamofobia, uno de los muchos ejemplos (y subiendo) de los llamados “delitos de odio”; categoría ideológico-jurídica parangonable, por su amenazadora vaguedad, a la de “enemigo del pueblo”, instaurada oficialmente por Lenin hace cien años.

La comparación del moderno progresismo con el comunismo soviético es absolutamente pertinente, porque en lo sustancial el primero procede de pensadores marxistas del siglo XX que trataron de hacer la revolución subvirtiendo la cultura occidental judeocristiana.

Jesús Laínz podría haberse referido perfectamente a “la Cheka progre”, pero en cambio ha optado por los trillados términos “Inquisición” e “inquisidores”. Sin duda, hay una intención irónica en ello: acusar a los enemigos del cristianismo de las mismas lacras que estos le atribuyen. Pero –y he aquí mi objeción– este procedimiento, tan común, es de muy cortos vuelos. Porque si bien es cierto que momentáneamente puede incomodar al adversario, a la larga no hace más que confirmar y reforzar la historieta ideológica de los progres, a saber: que casi todos los males vienen de la Edad Media, esto es, de la Iglesia; que luego la Ilustración consiguió arrojar un poco de luz sobre las tinieblas y, en fin, que la lucha continúa contra las acechanzas de unos pocos reaccionarios recalcitrantes.

A pesar de la patente rudeza de este relato, lo cierto es que prácticamente todos los occidentales lo tenemos grabado en nuestras almas con líneas ígneas como las del anillo del Señor Oscuro. Un Anillo para gobernarlos a todos. Nos lo dan de mamar desde la escuela hasta en las películas de Hollywood. No en vano se trata del mito fundacional de la modernidad. Incluso quienes se desmarcan de la ideología progre dominante la han interiorizado en lo esencial, apartándose de ella sólo en detalles superficiales. Y en gran medida, el éxito del relato progresista se basa en la colonización del lenguaje. Cada vez que para aludir a algo contrario a la razón o a los derechos humanos nos servimos inercialmente del vocabulario habitual (medieval, inquisitorial, fascista, etc.) contribuimos a que el progresismo siga siendo culturalmente hegemónico por mucho tiempo aún.

El relato progre consiste en una tupida trama urdida con unas pocas verdades, bastantes medias verdades y mentiras más gordas de lo que comúnmente se cree. Lo cierto es que la Inquisición no sólo perseguía delitos de herejía, sino otros que hoy siguen siendo penados por la ley, como violación, proxenetismo, contrabando o falsificación. Para ello empleaba la tortura y las condenas a muerte, sí, pero en medida significativamente menor que la mayoría de autoridades de aquellos tiempos. Algunos presos comunes llegaban a blasfemar para ser transferidos a cárceles de la Inquisición, más benignas. Y excuso decirlo, el Santo Oficio causó notablemente menos víctimas que los protestantes con sus cazas de brujas y de católicos, muchas menos que los revolucionarios franceses del siglo XVIII y muchísimas menos que los comunistas y nacionalsocialistas del XX.

No se trata en absoluto de caer en la pueril dialéctica del “y tú más”. Pero cuando la desproporción es tan escandalosa, no cabe quedar bien con todo el mundo recurriendo al trivial latiguillo de que “en todas partes cuecen habas”. No es igual ocho que ochenta, y menos si nos vamos a ochocientos u ocho mil. Según estudios rigurosos publicados hace décadas, entre los siglos XVI y XVIII fueron condenadas a muerte por el Santo Oficio cerca de 1.400 personas. Compárese esta cifra con las 120.000 víctimas de la Vendée, a manos de los jacobinos durante la Revolución Francesa, además de los 15.000 guillotinados en París. O con los 700.000 ejecutados por Stalin sólo durante el Gran Terror, en los años treinta; ya no digamos con los millones de muertos en los genocidios perpetrados por nacionalsocialistas y comunistas.

Aunque los crímenes de unos no sirven para justificar las hogueras de los otros, ni se pretenda tal cosa, la pregunta resulta inevitable: ¿Por qué seguimos recurriendo verbalmente a una institución desaparecida hace doscientos años (aunque en la práctica inoperante desde mucho antes) como emblema del Mal absoluto, cuando disponemos de ejemplos mucho más puros, notorios y cercanos en el tiempo? ¿Por qué todavía llamamos a los progres inquisidores en vez de jacobinos, chekistas o simplemente comunistas, con los que les une una filiación ideológica más o menos confesa?

Parte de la respuesta a estas preguntas la ofrece María Elvira Roca en un importante libro, publicado el año pasado, titulado Imperiofobia y leyenda negra. En esta obra apasionante se nos narra el origen de los mitos progres acerca de la Inquisición y la historia de España, fundamentalmente en la propaganda protestante, así como su transmisión acrítica hasta nuestros días, a través de la literatura, el cine y la televisión. Debemos sustraernos –aunque no es fácil– a esta influencia masiva y omnipresente, enquistada en el lenguaje cotidiano. Y precisamente por éste debemos empezar, depurándolo de expresiones que, insensiblemente, penetran la ciudadela de nuestro entendimiento y nos hacen la guerra desde dentro.

Anuncios

2 comentarios sobre “De inquisidores y chekistas

  1. Te has sacudido la mayor parte del liberalismo pasado. Te queda una pequeña parte y la judeofilia para ser un español tradicional.

    Te sugeriría que investigaras por qué Cristo les llamó hijos del diablo y mirarás el contenido del Talmud. Quizás te convencerías que eso del “judeocristianismo” es un insulto a Cristo.

    Me gusta

    1. Jesucristo era judío, al igual que la virgen María, los discípulos y San Pablo. Dios me guarde en la judeofilia, como tú la llamas. Y si liberal es tratar de entender al que piensa distinto y pensar que el fin no justifica los medios (según la definición de Marañón), intento seguir siéndolo.

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s