El Periódico de Cataluña o la conjura de los progres

El Periódico, al menos en su edición catalana, es un diario tan chillonamente progre que a veces parece una parodia de sí mismo. El ejemplar de ayer sábado 26 de agosto, que hojeé en un bar a falta de mejor lectura, no me defraudó. Tanto el editorial como un reportaje y varias columnas de opinión, entre otras secciones, se dedicaban coordinadamente, todos a una, a sugerir y remachar que el terrorismo yihadista es, al menos en parte, consecuencia de la marginación, la xenofobia e injusticias sufridas por los musulmanes.

¿Exagero? Juzguen ustedes mismos por algunos fragmentos. El editorial, tras constatar el fracaso en la integración de la segunda generación de musulmanes, se pregunta “qué hemos hecho mal.” Y acto seguido se responde: “Los hijos de la inmigración tienen… peores oportunidades para salir adelante en la vida… Ver a diario que muchas veces la mirada y la actitud de los otros te hacen sentir diferente explica que jóvenes aparentemente normales, como los de Ripoll, hayan sucumbido a las acechanzas de tétricos personajes como el imán Abdelbaki Es Satty.” Un reportaje desarrolla con cifras esta idea, titulando: “Sólo el 15 % de los hijos de inmigrantes viven mejor que sus padres.

En su artículo de opinión, el director de teatro Joan Ollé se recrea en la misma tesis de la exclusión social: Occidente proclama la igualdad de todos los seres humanos mientras “les dice a muchos, a millones, que no valen nada, que no son nadie. Y es entonces cuando en algunos cerebros nace la atroz idea de canjear su mierda de vida por la muerte de otros que sí que valen.”

Otro invitado a este festín de autoflagelación es Miguel Pajares, presidente de no sé qué comisión de ayuda al refugiado. Tras incidir de nuevo en que los jóvenes de familias inmigradas, “sobre todo musulmanes”, padecen más desempleo o dificultades para alquilar un piso, debido a una xenofobia difusa, pontifica: “No nos engañemos: no somos una sociedad tan acogedora”, y añade que “las instituciones no invierten lo que deberían invertir en la lucha contra la discriminación, la segregación y la exclusión.”

No contento con reclamar sutilmente más subvenciones para su tinglado, el tal Pajares se marca una proclama antiimperialista: “El brutal intervencionismo del mundo occidental, siempre a favor de sus intereses, de las petroleras y de otras, es algo que favorece tremendamente el desarrollo de sentimientos identitarios de opresión. Y mucho más lo es el tratamiento que hacemos del conflicto palestino…”

Creo que estas muestras son suficientes. Dejando de lado el carácter retórico y estereotipado de sus denuncias, todos estos textos no hacen más que incidir en dos falacias básicas. La primera es que la exclusión social y el neocolonialismo son las causas del terrorismo y de la violencia en general. Lo cual no es más que un corolario más o menos inconsciente de la teoría marxista según la cual todas las ideas, creencias e instituciones son meros reflejos pasivos de las relaciones económicas y la lucha de clases.

La segunda falacia básica es que, en los casos en que realmente exista marginación, la sociedad de acogida es la principal culpable de ella, como si los inmigrantes no estuvieran obligados a realizar ningún esfuerzo para integrarse en una cultura distinta o como mínimo respetarla. Lo cual a su vez se desprende de las concepciones izquierdistas que desdeñan el mérito y el esfuerzo individuales, en la medida que los conciben como incompatibles con su utopismo igualitario.

En cualquier caso, se trata de tesis que no resisten la mínima contrastación con los hechos. Uno de los yihadistas abatidos por la policía en Cambrils ganaba un salario de unos dos mil euros al mes. ¿Cómo puede decirse que la exclusión social tuvo que ver algo en su radicalización? ¿Cómo puede estar excluido un tipo soltero que gana dos mil euros? Pero incluso aunque lo estuviera –y esto es lo fundamental– ¿qué clase de conexión demencial puede encontrar nadie entre creer que se sufre alguna discriminación, incluso sufrirla de verdad, y ponerse a matar personas inocentes, arrollándolas con una furgoneta, o atacando con cuchillos y hachas a todo el que se encuentra por el camino?

Pero el hecho más notorio y que, pese a ello, con más fuerza se trata de ignorar es que, a despecho de toda la charlatanería progresista sobre las motivaciones de los yihadistas, estos una y otra vez nos están diciendo exactamente por qué cometen sus crímenes. Y además lo hacen siempre, sin excepción, en el momento en que menos insinceridad se les puede suponer, justo antes de morir o de exponerse a la muerte, cuando proclaman “Alá es grande”. (Curiosamente, nunca invocan a Cristo, ni a Buda, ni a Obatala.) Sin duda, en una sociedad tan materialista y hedonista como la nuestra, cuesta imaginar móviles que no responden a un interés terrenal. Pero ¿tan difícil es entender que ellos creen verdaderamente en su misión sagrada de someter a los infieles y matarnos si es necesario, para imponernos la ley islámica?

La palabrería progre, elaborada por conspicuos pensadores y académicos, y repetida por periodistas, faranduleros y vividores del cuento victimista, impide a muchos ver lo que tienen ante sus narices. Peor aún, proporciona munición intelectual a los terroristas y especialmente a sus cómplices (como tertulianos invitados a los platós televisivos en calidad de musulmanes “moderados”), quienes no dudan en utilizarla para dividirnos y debilitarnos moralmente, aunque generalmente les basta contemplar cómo nos disparamos nosotros mismos en el pie.

Si una parte considerable de la población llega a creerse que la culpa del terrorismo islamista la tiene el propio Occidente, difícilmente será proclive a apoyar (y menos aún a exigir) las medidas que nos permitirían luchar con eficacia contra el yihadismo. En lugar de ello, seguiremos poniendo velas y ositos de peluche en el lugar de cada atentado, inflando de memes hiperglucémicos las redes sociales y acudiendo a manifestaciones para expresar que matar es malo, por si alguien faltó a clase el día que lo explicaron. (Dicho sea de paso, la manifestación de Barcelona de ayer fue miserablemente saboteada por los separatistas y los antisistema, que comparten con los islamistas el odio a la España de los Reyes Católicos.)

Lamentablemente, a mucha gente jamás le han explicado en ninguna clase que aunque todas las personas son iguales, no todas las religiones lo son, ni tienen el mismo valor. Esta sociedad incrédula no distingue entre el Dios que se encarnó en Jesucristo y murió en la cruz, y el que se limitó a remitirle al profeta un libro que es a la vez doctrina religiosa y código civil.

A decir verdad, en El Periódico del sábado sólo faltó una cosa, a menos que me haya pasado por alto: el típico artículo o al menos carta al director donde se culpa a la religión en general del terrorismo islamista, metiendo a cristianos, musulmanes y rastafaris en el mismo saco. Ya saldrá mañana, o la semana que viene. Pero ayer hubiera sido la guinda: se habría batido la marca de acumulación de necedades.

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Un comentario sobre “El Periódico de Cataluña o la conjura de los progres

  1. Estos progres dan asco, siempre disolviendo responsabilidades en “la sociedad” dice “No nos engañemos: no somos una sociedad tan acogedora” Acógelos en tu casa que nadie te lo impide. ¿Cuántos tienes ya? Cuánto cinismo!!

    Parece que para justificar que nos asesinen hay un montón de (estúpidos) argumentos, para defendernos no parece que haya ninguno. ¿Qué tal si los que se quieren rendir se pasan al enemigo sin disimulo y los que quedemos empezamos a defendernos?

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