Cambioclimatismo y cristianismo. Réplica a Luis I. Gómez

Hay un sector del liberalismo que sigue empeñado en incluir al cristianismo en el capítulo de las cosas que debemos ir superando, por tratarse de una forma de pensamiento primitivo, incompatible con la racionalidad y la ciencia. Por lo general es un liberalismo agnóstico o ateo bastante civilizado, muy alejado de los comecuras y asaltacapillas de izquierdas, pero que incurre en apreciaciones sobre la fe cristiana bastante torpes, aunque sean formuladas en un lenguaje comedido.

Uno de los subgéneros literarios favoritos del liberalismo agnóstico o ateo es el basado en criticar determinadas ideologías o sistemas filosóficos (el socialismo, el ecologismo radical, el psicoanálisis, etc.) tratando de demostrar que no son más que un sucedáneo del cristianismo, una especie de recaída lamentable en el irracionalismo y la superstición, aunque la encubran con lenguaje mundano e incluso ostenten apariencia “científica”.

Aprovecho para apuntar aquí un aspecto curioso de dicho subgénero, y es que suele despertar entusiasmo entre no pocos creyentes cristianos, cristianos culturales o liberal-conservadores, que se zampan cualquier línea de argumentación contra el progresismo y el izquierdismo, aunque parta de premisas anticristianas o específicamente anticatólicas que, planteadas en otro contexto, probablemente les parecerían ofensivas. Incluso vulgarizan esa literatura, adoptando con ligereza para uso propio expresiones como “dogmático”, “inquisitorial”, “medieval”, etc., con toda su carga “inocentemente” cristianófoba. Como si fuera necesariamente malo todo dogma proclamado y no el introducido a hurtadillas; como si la inquisición no hubiera sido un dechado de garantismo en comparación con las persecuciones de católicos y de brujas realizadas por los protestantes o como si la Edad Media hubieran sido mil años de oscuridad y opresión; todo ello creencias populares fundadas en la más crasa ignorancia.

A fin de ejemplificar lo que decimos, viene de perlas una entrada del muy estimable blog de Luis I. Gómez titulada “La teología del cambio climático. Medievalismo preindustrial”, que resume de manera entrañablemente ingenua la colección de tópicos neoilustrados en los que nuestra cultura vive inmersa, y de la cual los liberales agnósticos constituyen una de sus ramas o variantes.

Afirma Gómez: “A finales de la Edad Media, el hombre occidental comenzó a emanciparse de la hasta entonces omnipresente ideología religiosa mediante el uso de su inteligencia y el desarrollo de la lógica.” Es decir, que hasta hace unos cinco siglos, a los europeos no se les había ocurrido utilizar la inteligencia ni la lógica. Tela marinera, que diría un castizo.

El texto continúa en este estilo que, por su tono brutalmente simplificador, recuerda a cualquier manual de la asignatura de Educación para la Ciudadanía introducida por Rodríguez Zapatero:

“De este movimiento emancipador surgió la Ilustración. Se declara a la razón como la fuente universal del juicio, con la que es posible liberarse de las ideologías tradicionales, rígidas y anticuadas. (…) Con la Ilustración, la ciencia logró, por fin, liberarse de la camisa de fuerza de la superstición y comenzó a crear su visión del mundo.”

Gómez relata entonces cómo la Ilustración dio paso a la revolución industrial (¡de la Enciclopedia a la máquina de vapor!) que a su vez produjo un crecimiento económico exponencial, sin precedentes en la historia. Pasamos así de unas economías de subsistencia dependientes “del Dios de la lluvia” a la moderna sociedad industrial, basada en las enormes cantidades de energía obtenidas de los combustibles fósiles. Y acto seguido llegamos al nudo de este edificante relato. Cuenta el autor:

“Deberíamos estar felices e intentar que nuestra prosperidad alcanzase los últimos rincones del planeta, pero no es así: tenemos mala conciencia… porque nos va bien.”

Vuelven los viejos demonios de la superstición, ahora travestidos como cambioclimatismo. La nueva religión no habría hecho más que sustituir a Dios por Gaia (la Tierra), el Infierno por el calentamiento global, las bulas y penitencias por los impuestos ecológicos y la Salvación por “el paraíso descarbonizado en 2100”.

La comparación, más o menos forzada, entre ideologías terrenales y el mensaje de salvación cristiano no es nada nueva. George Steiner apuntó ideas parecidas ya en los años setenta, rastreando paralelismos entre el judeocristianismo por un lado, y el marxismo, el psicoanálisis y el estructuralismo (entonces en boga) por otro. Similitudes a las que se refirió como “nostalgia de lo absoluto”. Y por supuesto no podemos evitar remontarnos a Nietzsche, que concebía el socialismo como el último avatar de una secular rebelión de esclavos resentidos, abanderada ya por Sócrates, pero que llegó a su máxima expresión con el cristianismo.

Ahora bien, concediendo sin demasiados problemas que los paralelismos entre ideologías terrenales mesiánicas y cristianismo tengan algo de verdad, queda por dilucidar lo que esto significa. ¿Esas ideologías están equivocadas porque son una recaída en el irracionalismo religioso, o bien yerran precisamente en la medida en que se apartan del pensamiento cristiano y lo desfiguran, parodian o parasitan, según el procedimiento más o menos reconocible de anteriores herejías?

Para responder cabalmente a esta cuestión, deberíamos adentrarnos en el estudio de la historia del pensamiento y del conocimiento. Descubriríamos entonces que el relato ilustrado de la lucha entre razón y fe, con momentos estelares como el caso Galileo, es un montaje propagandístico infumable, que no sólo exagera y deforma, sino que llega a invertir lo que realmente ocurrió. Pero esta tarea supera con creces las intenciones mucho más modestas de este escrito. En lugar de ello, voy a proponer otra línea de reflexión para delimitar un poco más el problema.

Supongamos que realmente las ideologías seculares no fueran más que enésimas reediciones del mesianismo judeocristiano, ¿por qué se producirían una y otra vez estas recaídas? ¿Qué es lo que llevaría al ser humano a despreciar los evidentes beneficios de la ciencia y la técnica para entregarse periódicamente a los dudosos consuelos del irracionalismo y la superstición?

Los progresistas suelen ensayar diversas respuestas de índole psicológica y sociológica, sin considerar otra posibilidad, como es que quizás esos reiterados brotes de irracionalismo demostrarían que el relato neoilustrado podría ser en gran medida mitológico. Que la modernidad no sería la era de la razón que nos han enseñado, vencedora en una épica lucha contra la supuesta oscuridad medieval, sino por el contrario una profunda crisis de la razón, exacto reverso de la crisis de fe, y que dio lugar a una explosión de ideologías desnortadas, compitiendo por ocupar el vacío resultante.

Esto me lleva a caer en la cuenta de otro paralelismo. Los que se lamentan por la persistencia de la “religión”, creyendo detectarla incluso en las formulaciones más laicas, recuerdan poderosamente a los que deploran la capacidad de supervivencia del “patriarcado”, en alerta constante ante las mil epifanías del machismo. Frecuentemente aparecen artículos periodísticos señalando la llamada “brecha de género” en los estudios y profesiones. Todos se escandalizan de que los hombres y las mujeres se obstinen en elegir carreras y profesiones distintas (ellos más de tipo técnico, ellas más de tipo social), atribuyéndolo a la persistencia o retorno de estereotipos y prejuicios caducos. Nunca se plantean siquiera la posibilidad de que la ideología de género esté equivocada, que las diferencias psicológicas entre sexos carezcan de una causa exclusivamente cultural, y obedezcan en cambio a otras de tipo biogenético.

Algo similar podría ocurrirles a los neoilustrados, que no conciben siquiera la hipótesis de que sus sobadas ideas sobre el presunto conflicto entre razón y fe podrían ser falaces.

Este error de juicio tiene consecuencias paradójicas y devastadoras. La crítica anticristiana del sector agnóstico y ateo del liberalismo deja gravemente tocado al propio liberalismo, cuya concepción central de la libertad individual queda en el aire si la desconectamos de su origen cristiano. Decía Juan Pablo II en su encíclica Fides et ratio, precisamente dedicada a uno de los motivos clásicos del pensamiento cristiano católico, la íntima relación entre fe y razón, que si eliminamos la dimensión trascendente de la persona, esta “acaba por ser valorada con criterios pragmáticos basados esencialmente en el dato experimental, en el convencimiento erróneo de que todo debe ser dominado por la técnica.” He ahí la esencia de los totalitarismos secularistas que combate el liberalismo, de los colectivismos que reducen al individuo a una mera pieza en la maquinaria social. Un individualismo adánico o por mejor decir amnésico, desarraigado de la tradición judeocristiana, como hoy está en alza, muta en estatalismo tan fácilmente como se le da la vuelta a un calcetín.

Para el pensamiento judeocristiano, el error fundamental del ser humano consiste en buscar consciente o inconscientemente la salvación en algo distinto de Dios, y en especial en entenderla como algo que depende exclusivamente del hombre, ya sea por procedimientos mágicos o técnicos. Esto bastaría para distinguir drásticamente el cristianismo del socialismo, la ideología de género o el “cambioclimatismo”. Esta última, en concreto, aunque Gómez la presente como una regresión a épocas preindustriales, lo confía todo en la capacidad del hombre de detener o aminorar el cambio climático, que supuestamente habría iniciado él mismo, mediante el desarrollo entre otras cosas de tecnologías “limpias”, y exhibiendo de paso una ignorancia apoteósica sobre cómo funciona la innovación, como si con resoluciones políticas y burocráticas pudiera avanzar la teconología.

De nuevo, Juan Pablo II, en el documento citado, lo expresó con nitidez:

“Diversos sistemas filosóficos [vale decir, ideologías], engañándolo [al ser humano], lo han convencido de que es dueño absoluto de sí mismo, que puede decidir autónomamente sobre su propio destino y su futuro confiando sólo en sí mismo y en sus propias fuerzas. La grandeza del hombre jamás consistirá en esto. Sólo la opción de insertarse en la verdad, al amparo de la Sabiduría y en coherencia con ella, será determinante para su realización. Solamente en este horizonte de la verdad comprenderá la realización plena de su libertad y su llamada al amor y al conocimiento de Dios como realización suprema de sí mismo.”

El conflicto no es ni ha sido nunca entre fe católica y razón, sino entre la concepción del Dios que se ha hecho hombre y la de quienes creen que el hombre puede ser un dios. Estos últimos son quienes emplean una idea puramente instrumental de la razón, que rechaza cualquier enunciado no reducible a lo experimental, es decir, a lo que el hombre realiza o manipula. Pero esta concepción positivista es tan dogmática como la opuesta, porque se basa en algo tan absolutamente indemostrable como negar que exista lo que no podemos percibir, directa o indirectamente, mediante nuestros sentidos. Y el problema no es que sea dogmática, sino que no lo reconozca. Porque un dogma oculto es un dogma que se escabulle de la crítica.

La gran mentira sobre la cual se ha construido buena parte del pensamiento moderno es no admitir honradamente su carácter dogmático, a diferencia de lo que ha hecho siempre la Iglesia, exponiendo formalmente a la luz pública, y hasta con pompa y boato, los dogmas en los que se expresa la fe católica. Nos han vendido toda la vida el cuento de que lo racional es carecer de cualquier dogma, y de que modernidad y racionalidad son sinónimos, cuando lo cierto es que tenemos más dogmas subrepticios que nunca, como el dogma de que el género es una construcción cultural, el dogma del cambio climático antropogénico y muchos más. Sin olvidar el dogma de que el cristianismo es propio de edades oscuras, a pesar de que, en palabras de Chesterton, “la Iglesia fue la única que nos sacó de ellas.”

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5 comentarios sobre “Cambioclimatismo y cristianismo. Réplica a Luis I. Gómez

  1. Muy interesante esta critica. No voy a extenderme en una contraréplica, pues leo cómo coincidimos en la apreciación del cambioclimatismo como negación de la capacidad de innovación humana al tiempo que asunción de lo antrópico (el nuevo becerro de oro) como única fuente del mal planetario. El antropocentrismo del que nace el cambioclimatismo es una latría inversa: el hombre como únicamente pecador y único pecador.

    En lo que al cristianismo se refiere, aún coincidiendo en algunas de sus apreciaciones, no quiero dejar de señalar que sólo desde la emancipación de cada individuo, su capacidad de reinventarse y rediseñarse en la adversidad, de aprendizaje en suma, es posible generar mañanas diferentes. Las creencias deben ser siempre revisadas, pues nos impiden ver, todas, siempre, la mismísima realidad. Las mías también, por cierto.

    Gracias por tomarse su tiempo con mi escrito. Saludos muy cordiales!

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    1. Muchas gracias por su pronta y amable respuesta. Bien es cierto que aunque coincidimos en nuestro climaescepticismo, usted ha encajado con deportividad una crítica que en algún momento temo haya sido algo ácida. Por ello aprovecho por felicitarle por sus escritos, que me parecen muy logrados, aunque a veces pueda disentir en detalles.

      Sobre lo de que hay que revisar siempre todas las creencias, sólo señalaré la paradoja de que esto también es una creencia.

      Un cordial saludo,
      Carlos López

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  2. Muy interesante debate y actitudes encomiables, tan poco usuales hoy en día. La elegancia está en decadencia por desgracia.
    Me pregunto, si el liberalismo considera el mercado, la familia, la propiedad privada y el lenguaje como instituciones que se han desarrollado de forma espontánea y sin el concurso de una “razón” previa ¿por qué no puede admitir que la religión también puede pertenecer a esa categoría?

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  3. Es curioso cómo muchos de los que se oponen al Cristianismo porque tiene dogmas, aceptan sin rechistar el dogma de que fe y razón son incompatibles; dogma que tiene el inconveniente, no de que no sea demostrable por la ciencia como ocurre con los dogmas católicos, sino de que es falso.

    Por ejemplo, la mayor parte de los fabulosos descubrimientos científicos de los siglos XVI y XVII fueron hechos por personas religiosas e incluso fervorosamente cristianas. Rodney Stark* decidió estudiar estudió el conjunto de los 52 científicos más famosos de esa época (nacidos antes de 1680). Encontró que el 60% de ellos eran comprometidamente religiosos hasta el punto de demostrarlo con hechos (por ejemplo, Newton escribió más de teología que de física, o Boyle pagó por la traducción de la Biblia a otros idiomas). Sólo uno (el 2%) se mostró como escéptico (Halley, que no fue admitido como profesor en Oxford por ateo). Lo que confirma que no hubo ninguna “emancipación” de la ciencia frente a la religión que diera pie al desarrollo científico moderno, ni que el cristianismo ponga ninguna “camisa de fuerza” a la razón. No hay ninguna ruptura con una supuesta oscuridad medieval.

    Cuando oigo decir que alguien si es racional no puede tener fe religiosa, contesto: ¿así que Newton no era racional? Y nunca hay respuesta.

    * Rodney Stark: “Bearing false witness – debunking centuries of anti-Catholic history”

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  4. “Pero esta concepción positivista es tan dogmática como la opuesta, porque se basa en algo tan absolutamente indemostrable como negar que exista lo que no podemos percibir, directa o indirectamente, mediante nuestros sentidos. Y el problema no es que sea dogmática, sino que no lo reconozca. Porque un dogma oculto es un dogma que se escabulle de la crítica”

    Gran párrafo.

    He tenido este debate con gente que tengo por inteligente, y ni siquiera ellos son capaces de llegar a entenderlo. La asociación Dios – Dogma es tan fuerte (probablemente por la “pompa y boato” con la que la Iglesia ha expuesto sus dogmas), que cualquier cosa que niegue a Dios se considera directamente anti-dogmática.

    Ahora toca deshacer la ilusión.

    Pero no… no será este siglo. O me cuesta ver como…

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