Soldados del feminismo

De Javier Cercas sólo he leído Soldados de Salamina. Dejando de lado el carácter ideológicamente trucado de la novela, reconozco que disfruté con su hábil combinación de realidad y ficción. Hay que separar siempre entre calidad literaria e ideas. Pero cuando un autor vomita exabruptos como el artículo de El País titulado “Feminismo salvaje”, se torna realmente heroico atenerse a esa máxima.

Dice el escritor en el citado artículo cosas como estas:

“…si don Quijote estuviera vivo (…) se dedicaría a perseguir por tierra, mar y aire a esos hijos de mala madre que maltratan y asesinan mujeres y, una vez los hubiera pillado, sin fórmula de juicio les cortaría el rabo y los testículos, se los metería en la boca (…) y los abandonaría en mitad de Los Monegros para que murieran al sol en medio de horribles tormentos.”

“No entiendo que, mientras unos cobardes de mierda matan mujeres indefensas a diario, no broten como hongos comandos de mujeres armadas que imiten a don Quijote y se tomen la justicia por su mano y se dediquen a cortar rabos y testículos y todo lo demás…”

“En resumen, hay quien piensa que el feminismo se está volviendo de un tiempo a esta parte extremista y ya está yendo demasiado lejos; yo lo que pienso es que de momento, y hasta nueva orden, la forma más extremista de feminismo es demasiado moderada.”

Esta furia emasculadora puede entenderse como una mera licencia literaria, como un simple desahogo verbal de quien trata sólo de expresar su comprensible odio y desprecio hacia los asesinos y maltratadores de mujeres. Pero Cercas no puede ignorar que en este mundo desquiciado “la forma más extremista de feminismo” ha propuesto exterminar a los hombres o recluirlos en campos de concentración. Y que las formas que pasan por moderadas han conseguido imponer leyes que eliminan garantías procesales como la presunción de inocencia del varón, y que estigmatizan como “maltratador” a un desgraciado que, en una discusión acalorada, ha pronunciado alguna grosería o le ha dado un torpe empujón a su mujer, metiéndolo en el mismo saco que a un sádico torturador y asesino.

Se suponía que un intelectual es alguien que sabe ir más allá de las ocurrencias de tertulianos de taberna: esos que aseguran, entre copa y copa, que todos los males patrios se solucionarían ahorcando a los corruptos, fusilando a los especuladores o castrando a los “maltratadores” sin juicio previo. Sin embargo, en estos tiempos en que la ultraizquierda telechavista ha puesto en circulación el término “cuñadismo” para ridiculizar a quienes no comulgamos con sus ideas comunistas o criptocomunistas, el cuñadismo progresista alcanza niveles inéditos.

No se trata sólo de unos pasajes desafortunados. El autor empieza con una autoconfesión de machismo digna de las autohumillaciones de los célebres juicios de Moscú durante el estalinismo. Y no se detiene ahí: sin la menor concesión de matiz, acusa a todos los varones de ser “en lo esencial una panda de descerebrados borrachos de testosterona y únicamente ocupados en beber cerveza y averiguar quién es más macho mientras provocamos catástrofes”. Que, digo yo, entre birra y birra algunos han tenido tiempo de pintar la Capilla Sixtina, componer la Quinta Sinfonía y publicar la Teoría de la Relatividad. Incluso se registran casos en la Historia de hombres que han formado una familia junto a sus esposas y han enseñado a sus hijos que no hay que pegar, robar ni decir tacos.

Todas esas expresiones tremebundas pueden parecer, al igual que los pasajes anteriormente transcritos, meros ejemplos de calentones verbales. Pero tales excesos parten de unos supuestos que casi todo el mundo ha terminado interiorizando, tras décadas de propaganda incesante. Lo cual significa que siempre puede haber alguien lo suficientemente consecuente para no considerarlos excesos.

La premisa fundamental de Cercas, y del pensamiento hoy dominante, es que las mujeres han estado durante milenios oprimidas brutalmente por los hombres, y que sólo ahora, desde hace unas décadas, empiezan a sacudirse su dominio. Ahora bien, permítanme una reflexión. Parto de la base de que las mujeres son, en promedio, tan inteligentes como los hombres. Incluso tenemos indicios (como lo son sus calificaciones académicas, sus menores tasas de delincuencia y menor afición al riesgo estúpido) de que gozan de una inteligencia global superior al otro sexo. ¿Cómo entonces se habrían dejado dominar por los varones desde el paleolítico?

No me vale la explicación de que los hombres se han beneficiado de su mayor fuerza física, cuando siempre hemos entendido que la inteligencia es precisamente la facultad que le ha dado al ser humano la superioridad sobre el resto de animales. Tampoco me valen los ejemplos de tantas injusticias sufridas por las mujeres, como si no fueran al menos tan numerosas las padecidas por varones, y como si pudiera ignorarse el hecho de que en todas las épocas y culturas hayan sido estos las víctimas mayoritarias de los trabajos más duros y penosos, así como de la violencia, tanto en circunstancias bélicas como de paz. Cosa que se puede demostrar gráficamente comparando las mortalidades femenina y masculina de cualquier pirámide de población. No hay ninguna guerra de los hombres contra las mujeres, aunque los informativos televisivos nos lo quieran hacer creer con sospechosa insistencia, llevando el conteo de mujeres muertas por violencia de pareja y callando el de hombres asesinados o que se suicidan sin matar a nadie.

Sostengo que la dominación universal del hombre sobre la mujer es un mito, entre otras cosas porque no puede ser verdad a la vez (1) que las mujeres y los hombres sean igual de inteligentes y (2) que en todos los tiempos y culturas los segundos hayan dominado a las primeras. En mi opinión, la segunda tesis es falsa. Es el feminismo quien se empeña denodadamente en hacer de las mujeres una suerte de eternas menores de edad, que necesitan ser emancipadas, como si fuera verdad la primera tesis.

Sostengo también que los dos sexos, desde la prehistoria, han asumido espontáneamente una eficaz división del trabajo de evidente origen biológico, gracias a la cual ha sobrevivido y se ha multiplicado nuestra especie, atravesando las largas edades en que la mortalidad infantil era abrumadora y las condiciones de vida en general mucho más duras que las actuales. Y que esta división del trabajo, como incidentalmente reconoce el propio Cercas en su artículo, ha sido plenamente aceptada y transmitida culturalmente tanto por las mujeres (madres y abuelas, en su función educadora) como por los hombres, hasta hace dos días.

Lo que en tiempos muy recientes ha cambiado drásticamente es que vivimos en sociedades mucho más prósperas, lo cual es causa y efecto a la vez de una mayor libertad individual. Por eso la revolución científica y tecnológica se ha producido en Occidente, una civilización más respetuosa con el individuo que las civilizaciones asiáticas, gracias a sus raíces clásica y cristiana. La persona, sea cual sea su sexo, se ve hoy mucho menos presionada por la comunidad para elegir su propio camino vital. Y esto es bueno, aunque como todo en esta vida, también puede ir demasiado lejos, llevándonos a la descohesión social y la ruptura de la continuidad generacional. Allí donde impera el individualismo narcicista del carpe diem, nadie se hace responsable de lo que ocurra en el futuro. Formar familias, criar hijos, con los esfuerzos y renuncias que ello implica: que lo hagan otros, que vengan inmigrantes, que se ocupe el Estado.

Pero justo cuando el individualismo ha alcanzado su punto culminante en la historia, probablemente necesitado de una serena corrección, surge una reacción tan inoportuna como destemplada. Entran en escena los colectivistas que clasifican a los individuos según su género, que supuestamente se elige… Pero, ¡ay del homosexual o del transexual que se lamentan de su “elección”! Libres para entrar, pero no para salir. Los nuevos colectivistas utilizan las categorías de género (como los totalitarios de quienes son hijos espirituales emplearon las de clase o raza) para dar rienda suelta a un odio revanchista que tarde o temprano fomenta los crímenes más atroces; invariablemente justificados por la acumulación de un largo memorial de agravios e iniquidades pretéritas y presentes, magnificadas o inventadas.

De momento, las feministas más radicales no van por ahí castrando ni matando hombres, aunque sus actos vandálicos y terroristas de “baja intensidad”, en especial contra la Iglesia, aumentan de día en día. Lo que sí hay es quien defiende la justicia popular contra el macho, sin jueces profesionales, abogados defensores ni todas esas formalidades burguesas. Se me ocurren pocas cosas más despreciables que quien azuza la androfobia para hacerse perdonar su condición varonil. Quizás la de aquella pintada, creo que apareció en una pared de Vigo, que tras el 11-S pedía: “Osama, mátanos”.

 

 

 

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5 comentarios sobre “Soldados del feminismo

  1. Ya es la segunda vez, D. Carlos, que lo observo entrar en el debate con preventiva cota de pusilánime objetividad frente a oponentes que cabalgan envanecidos la bestia que, ya de largo, ha cruzado el umbral del no retorno a la racionalidad. Gentes que expelen con jactancia de cuesco o regüeldo huracanado bravatas aberrantes de un irremediable embrutecimiento involutivo; y que, para mayor sarcasmo, lo hacen en medios que, a su vez, alardean de nadar en gelatinas de ecuanimidad.
    Citan al Quijote, rendido servidor de dulcineas, pero callan la prudencia de su fiel escudero Sancho, gobernador de la ínsula Barataria, en el caso del ganadero rico y la denunciante falsaria.
    D. Quijote, por fuerte caballero de probada hombría había de tenerse para consentir bregar en defensa de dulcineas que, por su parte, habían de consentir, a la sazón, pasar por débiles e indefensas. Pero la hombría de D. Quijote ha tiempo que ha quedado trasnochada. Ya prácticamente lo estaba en tiempos de Cervantes y en eso consiste precisamente el flujo de ironía amarga que rezuma la obra literaria. Porque hogaño, la hombría sugerida ha de tratar de abominar de la antigua arrogancia y gallardía para hacer humilde entrega a las dulcineas de turno ya no de las fazañas del valor, como antaño, sino de la mismísima virtud de la bravura, inteligencia y fortaleza. Solo serás ahora verdadero hombre si reconoces la auténtica superioridad de las actuales dulcineas. Pero la trampa, en realidad, permanece tendida desde siempre. Porque no es posible afán demostrativo de superioridad alguna sino ante quien te reconoces íntimamente como inferior. El machismo, pues, no radica en la CREENCIA sino en la DEPENDENCIA. No acaban de caer en la cuenta los quijotes actuales que se apoda cínicamente de machismo a la hombría rancia (desfasada) cuando lo que realmente nutre al machismo es la “hombría” dependiente. Se autoproclaman machistas para humillarse sin apercibirse de que se humillan precisamente por ser el MACHISTA que no se creen.

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  2. P.D. En el comentario anterior debe decir, más bien: Porque no es posible afán demostrativo de superioridad alguna sino ante quien te reconoces, aunque sea en tu subconsciente, como inferior.

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  3. No estaría de más añadir una observación más al comentario anterior. Y es que, en el Quijote, se da muestra de una visión sensata y razonable de la vida, todavía no alterada por sesgos ideológicos. Aparece retratado, desde luego, el mundo de las angelicales y adorables dulcineas o doroteas pero también el representado por las golfas y altisidoras, falsarias o burladoras de la nobleza e ingenuidad del caballero. No hay allí lugar para ese moderno mito de ¨la mujer¨, que, de un hachazo, parte por medio a la Humanidad y arroja la mitad a la basura y que, si bien lo pensamos, constituye, por inversión, un remedo del monstruo mitológico, la Hidra; este último con siete cabezas sobre un cuerpo único y el actual con una sola cabeza sobre múltiples cuerpos.

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