La otra versión

Este verano, nuestros diligentes informativos televisivos nos están ofreciendo por capítulos un melodrama protagonizado por Juana Rivas, una madre española obligada a entregar a sus hijos, por orden judicial, a su marido maltratador, que reside en Italia. El vídeo de la señora llorando, describiendo el pánico de sus tiernos niños ante la perspectiva de caer en manos del monstruoso padre, a buen seguro habrá amenizado los chiringuitos del país, entre ración de patatas bravas y ración de calamares.

Cuando escribo estas líneas, Juana Rivas se encuentra en paradero desconocido con sus dos hijos, tras no aparecer en el punto de encuentro donde debía entregárselos al padre. Las manifestaciones feministas en apoyo a la madre no se han hecho esperar, con pancartas que proclaman “Juana está en mi casa”, en claro desafío a las instancias judiciales. Incluso el presidente Rajoy, que se declara tan respetuoso con los jueces, ha manifestado su comprensión por la señora Chivas.

Confieso que reacciono instintivamente cuando alguien trata de tocarme la fibra sensible. Mi primera reacción suele ser precaverme contra un posible intento de manipulación sentimental. Sobre todo cuando la víctima (pues la cosa suele ir en estos casos de víctimas inocentes y desvalidas) es una mujer, un palestino, un afroamericano o un gay. No porque tenga absolutamente nada en contra de las mujeres, los negros o los gais. Tampoco porque tenga nada en contra de las personas de religión musulmana, aunque admito que sí contra su religión, que no me gusta ni un pelo. No es por nada de esto. Es que simplemente sé, por experiencia, que los medios de comunicación ofrecen informaciones sistemáticamente sesgadas, cuando no groseramente tergiversadas, en apoyo de quienes pertenecen a los colectivos que ellos consideran los “buenos”, dentro de su maniqueísta y ultraizquierdista cosmovisión, implantada de serie por nuestro sistema lúdico-educativo.

Por eso, no pude menos que experimentar una franca satisfacción, espero que no del todo insana, al leer el oxigenante artículo de Arcadi Espada en El Mundo, titulado “Juana está en casa de Rajoy”. Quiero antes aclarar mi posición en relación con este periodista. Aprecio mucho su crítica del nacionalismo catalán, pues los catalanes somos también otro colectivo de “víctimas de nacimiento”, y si algo detesto en esta vida es ser tenido por una víctima sin serlo y sobre todo sin merecerlo. Como católico, amo a las víctimas, empezando por la más excelente de todas, que fue Nuestro Señor Jesucristo. Pero sólo pido que sean víctimas de verdad, no de telefilme de sobremesa ni de Pallywood. Dicho esto, la verdad es que no me cuento entre los admiradores de Espada. En asuntos como la bioética debo decir que he leído textos suyos que me parecen francamente desacertados, así que nada me inclina a confiar ciegamente en su criterio.

Sin embargo, en el artículo citado, Arcadi Espada ha hecho algo digno de elogio, por mucho que debería ser pura rutina profesional. Nos ha aportado nada menos que la otra versión del caso Juana Rivas; la versión del padre, Francesco Arcuri. Permítanme que se la resuma. Francesco y Juana eran en 2009 padres de un niño de pocos años. Una mañana, Juana llegó a casa tras “una noche de farra” y ambos discutieron, cosa habitual en la pareja, con insultos recíprocos y destrozo de mobiliario por parte de ella. Al tratar de impedir que le rompiera algunas de sus cosas, Francesco le lastimó una mano. Ella se marchó y se fue a un hospital donde le diagnosticaron una lesión leve. No volvió a casa, y esa misma tarde la policía detenía a Francesco, para su sorpresa. A fin de evitar el juicio, él terminó admitiendo su culpabilidad, lo que le supuso una condena de tres meses de cárcel más un año de alejamiento. Grave decisión, por la cual quedó automáticamente estigmatizado como un “maltratador”, categoría ideológico-jurídica de tufo soviético, de esas en las que cabía desde un terrorista hasta Milan Kundera; o en nuestro caso, desde una bestia que le da una paliza a su mujer cada vez que se emborracha, hasta el infeliz que se arma de valor para decirle a su esposa que su madre debería ducharse de vez en cuando. (Maltrato psicológico y tiro porque me toca.)

Lo que sucedió luego forma parte también del guión ya conocido en este tipo de parejas conflictivas. Reconciliación efímera, con un segundo hijo de por medio, hasta que la mujer, insatisfecha por no disfrutar de la vida social que le gustaría, abandona al hombre, llevándose a los hijos de ambos, y obstaculizando el contacto con su padre desde mayo del 2016. Hay una segunda denuncia de maltrato, perdida en el limbo burocrático, pero por la cual los medios ya han juzgado y condenado a Francesco, faltaría más. Están en posesión de un instinto infalible para detectar machistas allí donde las asociaciones feministas dicen que los hay, que es en todas partes, como se creía de los contrarrevolucionarios en la Unión Soviética, o de las brujas en Salem.

Naturalmente, es posible que la versión del señor Arcuri sea mentira, o no enteramente cierta. Pero lo mismo puede afirmarse de la versión de la mujer. Para el islam, el testimonio de una mujer vale menos que el de un hombre. Pero en nuestra cultura, se suponía que los dos valen igual. Digo “se suponía” porque actualmente, con las leyes vigentes contra la “violencia de género”, eso ya ha dejado de ser así. Ahora el testimonio de la supuesta víctima, si es mujer, pesa más que el del hombre.

Sin embargo, todavía los occidentales creemos más o menos débilmente en algo llamado ética periodística, que consiste, básicamente, en un esfuerzo por la objetividad y la imparcialidad; es decir, en tratar de conocer los hechos en sí mismos, independientemente de los observadores o de las partes; y cuando esto no es totalmente posible (casi nunca lo es, por desgracia), al menos recabar las distintas versiones que nos puedan aportar aquéllos, y que cada cual saque sus conclusiones.

Lo que ha hecho Arcadi Espada al publicar la versión del caso Juana Rivas es precisamente poner en evidencia la flagrante y sistemática violación de la más elemental ética periodística de esas televisiones y periódicos que, no es que se hayan decantado por una de las versiones (lo que sería legítimo), sino que simplemente han despreciado cualquier otra posible, como si el mero hecho de suponer que pueda existir una narración alternativa fuese un delito de pensamiento machista, un orwelliano “crimental”.

Porque esto es lo que le está ocurriendo a nuestra civilización, tan orgullosa de sus libertades y de su pluralismo. No sucede sólo con el tema del sexo (del “género”, en neolengua), sino con multitud de cuestiones, desde el cambio climático a la guerra civil española, desde la familia hasta la inmigración. Las elites político-mediáticas han determinado, por lo visto de una vez para siempre, lo que debemos pensar en toda una serie de materias, que lo abarcan casi todo; la discrepancia sencillamente no se concibe. Cuando pese a todo termina aflorando, por tímidamente que sea, es perseguida y condenada con auténtica saña, por métodos legales y a menudo ilegales.

¿Se imaginan, por ejemplo, en una cadena de gran audiencia la exposición de argumentos a favor de la vida del no nacido? No se trata solo de que nos hayamos acostumbrado a esta dictadura del pensamiento llamada eufemísticamente corrección política. Es que hemos cedido ya tanto terreno que no tenemos apenas base argumental para sostener una interpretación alternativa de la realidad. Y cuando falta el marco interpretativo, ni siquiera se plantea la necesidad de un relato objetivo de los hechos, que es lo que se ha limitado a ofrecernos Arcadi Espada. La realidad se adapta a la ideología, y no al revés.

Para realizar una interpretación alternativa de la violencia dentro de la pareja hay que luchar contra tal piélago de falacias acumuladas, en el que nos hemos sumergido insensiblemente, que no basta ni mucho menos con conocer otra versión de los hechos.

Es preciso cuestionar la entera visión dominante sobre la sexualidad, el matrimonio y la familia que nos han vendido desde Mayo del 68 (por poner una fecha simbólica), y que ha demostrado ser puramente destructiva. Una ideología que nos ha llevado a una siniestra banalización de la ruptura familiar (cuyas principales víctimas son los niños, empezando por los que son matados antes de nacer y terminando en los que son utilizados como rehenes en los conflictos de pareja) a cambio de una estéril búsqueda de experiencias sensuales, regida por el egoísmo y el narcisismo puros; o por la “autoestima” y “el derecho a ser feliz”, si prefieren la neocharlatanería en boga. La tarea es enorme, pero ineludible, si apreciamos en algo los valores cristiano-clásicos fundadores de nuestra civilización, hoy pervertidos y suplantados por el progresismo oficialista.

 

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