La esclavitud progresista

Nuestro tiempo rinde un culto palabrero a la libertad individual, y al mismo tiempo prohíbe a unos padres que puedan sacar a su hijo enfermo de un hospital, donde no le ofrecen ninguna esperanza de curación, a fin de someter al niño a un tratamiento experimental. (Caso Charlie Gard.) El niño muere poco después, sin que sepamos si se hubiera podido salvar o no. Probablemente no, pero ¿qué mal había en intentarlo?

Obsérvese que se trata exactamente de la situación opuesta a la de algunos padres, pertenecientes a una conocida secta, que son obligados a consentir una transfusión de sangre, en contra de sus creencias religiosas, para salvar la vida de su hijo. Aquí, un juez antepone, (correctamente, en mi opinión) el derecho a la vida del menor a la patria potestad; allí, otro juez antepone no entiendo muy bien qué (¿el aberrante “derecho a la muerte digna”?) a la patria postestad… y al propio derecho a la vida.

Existen numerosos ejemplos, de lo más variado, que desmienten la envanecida idea que tenemos de nuestra civilización como culminación histórica de las libertades. Un pastelero es condenado judicialmente por negarse a elaborar una tarta para una boda homosexual, en contra de sus convicciones cristianas. Un periodista (Hermann Tertsch) es condenado por relatar la participación del abuelo de un dirigente político en crímenes de la guerra civil. Un autobús es detenido y sancionado por las autoridades por mostrar una leyenda según la cual hombres y mujeres se distinguen por sus órganos genitales. Y me limito a enumerar sólo unos pocos casos recientes entre centenares.

Hay razones de sobra para sostener que, en la práctica, la libertad se considera sagrada, siempre y cuando no sirva para defender el cristianismo, la familia “tradicional”, o una verdad que choque contra la versión progresista oficial de la historia. Análogamente, podríamos decir que también la vida es sagrada (especialmente, la de un asesino en serie juzgado y condenado a muerte en Estados Unidos), salvo si se trata de la vida de un bebé no nacido, de un anciano o un enfermo terminal.

Por supuesto, lo anterior es de hecho la pura negación de la libertad. Ser libre para manifestarse o conducirse sólo en una dirección, la aprobada por la ideología progresista oficial, es una forma bastante cínica de referirse a la esclavitud. Y cada vez más, esto es lo que está sucediendo en nuestra civilización.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? La libertad, tal como la entendieron los pensadores clásicos, es la capacidad del individuo de autogobernarse mediante su facultad racional. Quien se deja arrastrar por sus emociones no es libre, sino su sirviente. En la cultura judeocristiana, esta libertad es reflejo de la propia divinidad creadora. Ahora bien, la época moderna, en contra de la grosera fábula que nos han inculcado a todos, se caracteriza no por el triunfo del racionalismo, sino por la crisis de la razón clásica y medieval. Como dijo explícitamente el filósofo ilustrado David Hume, la razón no es, ni puede ser, más que una “esclava de las pasiones”. Aquello que llamamos racional, como motivo de la acción, es en realidad un determinado estado anímico en que los sentimientos apacibles predominan sobre otras pasiones más violentas; pero se trata en todo caso de sentimientos, al fin y al cabo. Nietzsche y Freud llevaron a sus últimas consecuencias un descrédito de la razón que ya estaba en germen en los orígenes de la modernidad.

Naturalmente, la crisis de la razón socava de raíz el concepto de libertad, entendida como el imperio de la razón sobre las pasiones. Pero el prestigio de la palabra permaneció inalterado y nadie quiso renunciar a él, a pesar a que el significado original se hubiera invertido por completo. Libertad llegó a significar anteponer el deseo a todo, remover cualquier obstáculo que se interponga a la voluntad, sea o no razonable.

Esta subversión del significado, perniciosa en sí misma, tuvo una consecuencia trascendental e igualmente funesta: al dejar de entenderse al individuo como ente racional, el sujeto de la acción política pasó a ser el colectivo: los trabajadores, los arios, las mujeres, los LGTB, los inmigrantes musulmanes, los catalanes, etc. Ahora se trata de emancipar a grupos, no a individuos. Y esta liberación sólo puede hacerse a costa de los individuos, por pura lógica. Cuando alguien asegura representar la “lucha” de un colectivo, tengan por seguro que defiende hacerle pagar el pato a otro, so pretexto de que pertenece a un colectivo enemigo, el de los opresores o parásitos. El culpable puede ser el empresario, el judío, el varón blanco heterosexual, el europeo nativo o el español. Pero que es culpable y que se merece ser odiado, jamás se pone en cuestión. Este es el supuesto que permite elaborar legislaciones que violan derechos humanos básicos, como la presunción de inocencia, la libertad de expresión, la de educación y la religiosa.

Por suerte, la verdad es indestructible, y el concepto clásico de libertad no ha sido nunca del todo olvidado, por más que la elite política, cultural y económica intente desterrarlo definitivamente con sus expresiones orwellianas. Como son el género, el empoderamiento, el derecho a decidir y un sinfín más. De esta manera pretenden convertirnos en un rebaño feliz y eficiente, donde la disidencia sea ya no perseguida, sino prácticamente imposible. Creo que vivimos en una época en la cual se decidirá si vencen definitivamente las elites progresistas o se producirá una poderosa reacción humanista, que nos lleve a redescubrir nuestros valores judeocristianos y clásicos. En definitiva, reencontrarnos con lo que somos.

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4 comentarios sobre “La esclavitud progresista

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