Seudociencia y seudocristianismo

Jean-François Revel arrancaba el que quizás sea su libro más memorable, El conocimiento inútil, con una sentencia lapidaria, que hizo fortuna: “La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira.” No era sólo un recurso estilístico para atrapar la atención del lector desde la primera línea, sino una afirmación intencionadamente literal.

La mentira de la que habla Revel no se limita a simples bulos, sino que es de carácter sistemático y organizado. Más concretamente, suele aparecer como seudociencia. Es decir, como una teoría que pretende pasar por científica pese a que se resiste a la contrastación experimental[1]. Como ejemplos, suelen enumerarse prácticas paramédicas como la homeopatía, la magnetoterapia y un largo etcétera. Pero sin duda alguna, la seudociencia más dañina que ha habido en la historia ha sido el marxismo, autodenominado “socialismo científico”. Cien millones de muertos, pese a lo cual todavía hay comunistas que se sienten orgullosos.

Hoy el marxismo pervive con fuerza en la forma del llamado “marxismo cultural”, elaborado por diversos pensadores entre los años veinte y sesenta. Esta forma de marxismo no ha renunciado en absoluto a las concepciones económicas socialistas (aunque las ponga en sordina cuando le conviene), sino que las ha extrapolado sutilmente a ámbitos como la sexualidad, donde la lucha de clases se convierte en lucha de sexos, con el “heteropatriarcado” realizando la misma función mítico-política que el “capitalismo”.

La llamada “perspectiva de género”, convertida en doctrina oficial por medio de leyes y convenios de todo rango, es la seudociencia más influyente en la actualidad, la que más dinero de los contribuyentes absorbe y la que más agrede las libertades individuales: el derecho a la vida de los no nacidos (primeras víctimas del “derecho a la salud sexual y reproductiva”), el derecho de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones (con la introducción de los colectivos LGTB en las escuelas), la libertad de expresión (seriamente amenazada por la difusa tipificación de los “delitos de odio”) y la libertad religiosa, vaciada de contenido si las libertades anteriores no pueden ser ejercidas.

El “género” se define como una construcción cultural impuesta, sin base biológica. Como prueba de que tal cosa existe, y con una falaz argumentación típica de las seudociencias, se aducen los mismos hechos que la teoría pretende explicar. Por ejemplo, si se observa una preponderancia de uno de los dos sexos en determinadas profesiones o estudios universitarios (más ingenieros que ingenieras, más enfermeras que enfermeros, etc.), los comisarios de género se aprestan a señalar una intolerable “brecha de género”.

De ese modo dan por sentado lo que en ningún momento han probado, que tales disparidades se originan en actitudes “sexistas” inculcadas desde la infancia, o en supuestos prejuicios “machistas” enquistados en las facultades de ingenierías, y no en diferencias psicológicas innatas, que no determinan las decisiones individuales, pero sí tendrían efectos estadísticos amplios.

Otra seudociencia muy útil para absorber dinero público y justificar el intervencionismo gubernamental es el ecologismo. Detectamos aquí la misma falacia descrita, en toda su crudeza. Se sostiene, por ejemplo, que la actividad humana está modificando el clima terrestre, con consecuencias catastróficas que ya estaríamos padeciendo. ¿Pruebas? El aumento de la temperatura global, los desastres meteorológicos, la extinción de determinadas especies, etc. Pero todos estos son fenómenos que también pueden explicarse por otras causas, ya sean globales (variaciones en la radiación solar, que está lejos de ser una constante) o locales, de diversas índoles. De hecho, los datos no muestran una correlación lineal entre calentamiento y emisión de gases antropogénicos, al menos en lo que va de siglo.

La falacia de presentar como prueba los hechos que la teoría debe explicar, como si cualquier otra explicación fuera inconcebible o perversa, es desde luego demasiado burda para que las seudociencias puedan sostenerse largo tiempo. Por eso se refuerzan con directas manipulaciones de la información, que permiten mostrar la teoría en cuestión como si estuviera ampliamente respaldada por los datos. Ahí tenemos estadísticas cocinadas para que se adapten a la ideología, omitiendo datos que no encajan, ignorando sesgos palmarios u otorgando la misma validez a meras proyecciones (basadas por supuesto en la misma teoría) que a los datos registrados hasta el momento.

Pero la principal manipulación que ejercen los charlatanes de las modernas seudociencias es de orden emocional. En lugar de fríos datos, se nos ofrecen imágenes, testimonios desgarradores y casos extremos, tanto reales como de ficción[2]. Su mayor éxito se basa sobre todo en conseguir mostrar a los discrepantes como personas malvadas, que actúan movidas por odio o por sórdidos intereses. Así se han creado términos intimidatorios, cuando no punitivos, como “machista”, “homófobo”, “tránsfobo” o “negacionista” (del cambio climático). Y por supuesto los ya clásicos “fascista” y “franquista”, que sirven a esa otra seudociencia que es la seudohistoria convertida en doctrina oficial por la Ley de Memoria Histórica.

Pero debemos dar un paso más en nuestra comprensión de la mentira global, generalmente conocida como progresismo. Este no se reduce a una mera charlatanería seudocientífica para obtener dinero y poder. Si de verdad queremos entender su formidable alcance, no nos basta el concepto de seudociencia.

El fin último del progresismo, no siempre declarado explícitamente, pero deducible por sus ingentes manifestaciones académicas, mediáticas y políticas, consiste en establecer una sociedad donde el mal –la injusticia, la violencia, el sufrimiento– sea estructuralmente imposible. Naturalmente, si tal cosa fuera humanamente posible, anularía por completo la libertad. Pues ésta, en un ser finito como es el hombre, va unida inseparablemente a la posibilidad de equivocarse y de sentirse tentado por el mal.

Si eliminamos mediante el condicionamiento y otros medios técnicos (lo que los progresistas engloban eufemísticamente dentro de la “educación”) la mera posibilidad de querer el mal o de llevarlo a cabo, habremos eliminado la misma esencia de la libertad humana. Por eso afirmamos que el progresismo, llevado a las últimas consecuencias, es fatalmente totalitario.

Semejante concepción choca frontalmente con el cristianismo. Esta religión, al igual que el judaísmo del que procede, concibe el mal como la posibilidad que tiene el ser humano de alejarse de su Creador. El mal nace de la combinación de nuestra libertad (aquello que nos hace semejantes a Dios) con nuestra debilidad intrínseca de seres creados, lo que nos diferencia del Ser increado y eterno. Por ello no puede vencerse sin ayuda trascendente.

De ahí que la idea progresista de construir un mundo donde el mal no sólo no exista, sino que resulte imposible o incluso impensable, sea una concepción puramente idolátrica, que niega la necesidad de la mediación divina y eleva al hombre a la categoría de un dios. Para el cristianismo, el combate contra el mal se libra principalmente en el corazón de cada hombre, no en la dimensión colectiva, aunque no se desentienda de esta. En ello se diferencia drásticamente del islam, donde la subordinación del individuo a la comunidad es absoluta.

Pero del mismo modo que el progresismo trata de apropiarse en su beneficio del prestigio de la ciencia, adulterándola sin recato, así ha procedido con el cristianismo. Ha sabido presentarse, en parte por astucia y en parte por confusión bienintencionada, como una secularización racionalizadora de la religión cristiana, como una doctrina acorde con el verdadero sentido de los evangelios, que bastaría expurgar de contenidos sobrenaturales, teológicos y, en general, supuestamente deudores del contexto histórico-cultural en que fueron escritos. Incluso se atreve a acusar a la Iglesia de haber secuestrado y deformado el “verdadero mensaje” de Jesús, que al parecer sólo los progresistas saben interpretar adecuadamente.

A pesar de lo grosero de esta manipulación, son muchos los cristianos que caen en ella, que sienten que el progresismo es la “traducción” política natural de sus creencias religiosas[3]. No quieren ver que esta ideología fundamentalmente materialista actúa en realidad como un seudocristianismo, una doctrina que se presenta engañosamente con algunos rasgos propios de la fe cristiana (por ejemplo, en la actitud aparentemente coincidente hacia los pobres, los extranjeros, los pecadores, etc.), pero cuya finalidad es suplantar la auténtica doctrina cristiana por el culto idolátrico antes descrito.

A fin de no alargarnos más, bastará un solo ejemplo para comprender lo que tratamos de explicar. El cristiano está en contra de tratar injusta o abusivamente a cualquier persona, incluidas los delincuentes, o aquellas que considera como pecadoras, por ejemplo prostitutas u homosexuales, aunque esto no le impida desaprobar sus conductas o modos de vida, tal como enseñan las Escrituras y el magisterio de la Iglesia.

En cambio, el progresista sostiene que para impedir la discriminación y las injusticias, debe modificarse la percepción y el estatus social de colectivos supuestamente marginados. Así, se trata de “dignificar” a las prostitutas como “trabajadoras del sexo”, o de “normalizar” la homosexualidad, confiriéndole tanta respetabilidad como a las relaciones conyugales entre hombre y mujer. Sólo superando los “prejuicios” contra estas personas podemos garantizar un mundo en el que no sufran injusticias ni vejaciones de ningún tipo, nos dicen.

Para que esta estrategia funcione, se necesitan dos cosas. En primer lugar, convertir las injusticias que sin duda han sufrido las minorías en todos los tiempos en una opresión estructural, causante de todas sus desgracias, incluso en las sociedades más tolerantes. Por ejemplo, si determinados estudios muestran mayores índices de mortalidad y particularmente de suicidios entre homosexuales o transexuales, esto se interpreta como una consecuencia del acoso social sistemático que supuestamente sufren, y se rechaza airadamente y apriorísticamente cualquier explicación alternativa, basada en los mayores riesgos de enfermedades de transmisión sexual, de depresiones motivadas por la inestabilidad de las relaciones, etc.

Análogamente, si la mayoría de los atentados terroristas son cometidos por islamistas, esto se pretende explicar atribuyéndolo a causas como la pobreza, el racismo, el colonialismo, etc., y se exculpa al islam de cualquier responsabilidad, presentándolo como una “religión de paz”. Cualquier crítica hacia las creencias (que es siempre legítima, necesaria y totalmente compatible con el respeto a las personas), así como cualesquiera medidas de seguridad, pueden así ser tachadas de islamófobas[4]. Lo cual no deja de contrastar con la virulencia con la cual se trata a los cristianos que no se dejan seducir por el espejismo progresista.

En segundo lugar, la posición progresista requiere por definición transformar la sociedad, mediante la educación y la legislación, a fin de que esa “normalización” sea efectiva. Y esto sólo puede hacerse en contra de los discrepantes, limitando como hemos visto las libertades educativa, de expresión y religiosa. El totalitarismo “blando” que preconiza el progresismo (un “mundo feliz” huxleyano donde no se requeriría coacción para mantener el orden social) empieza invariablemente por mostrarse duro frente a la mínima oposición o resistencia que se encuentra. Y por supuesto, la soñada sociedad perfecta y reconciliada nunca termina de llegar.

Todo utopismo, sea el comunismo o el “progresismo 3.0” de nuestros días,  promete un futuro radiante donde no serán necesarias policías ni cárceles. Pero a fin de alcanzar esa utopía, de momento hay que doblegar sin compasión a los contrarrevolucionarios, los burgueses, los fascistas, los machistas, los homófobos, etc. Tienen que perder su trabajo, su reputación y, si eso no es suficiente, ser “reeducados” o recluídos, cuando no exterminados.

Por si no fuera suficiente, al castigo añaden la afrenta. Esa arrogante desfachatez con la cual pretenden que la ciencia está de su lado. Y esa insufrible blasfemia de que Jesús fue un mero protoprogresista.

[1] Según Karl Popper, las teorías científicas se caracterizan porque están formuladas de tal modo que corren el riesgo de quedar refutadas por determinadas observaciones o experimentos cruciales. Una teoría inmune a ser refutada no es científica, aunque eso no significa necesariamente que sea seudociencia. Lo característico de la seudociencia, además de no ser verdadera ciencia, es que pretende hacerse pasar por ella. Popper, a diferencia de los positivistas, no rechaza la metafísica o la religión; sólo propone un “criterio de demarcación” entre lo que es ciencia y lo que no.

[2] Inmersos en una cultura de la imagen, tendemos a olvidar su poder. Cuando en televisión se habla del cambio climático o de la pobreza en el mundo como un supuesto efecto de la economía de mercado, es ya habitual que se ilustren tales discursos con imágenes de archivo de terrenos cuarteados por la sequía, o de niños famélicos. Aunque la imagen carezca de cualquier valor probatorio, por sí sola refuerza la credibilidad de las palabras, y genera sentimientos de rechazo hacia cualquiera que discrepe de ellas, como si cuestionar determinadas teorías sobre las causas de la sequía o del hambre equivaliera a la insensibilidad y la falta de empatía hacia esas realidades y las personas que las padecen.

[3] Este fenómeno puede incluso estar más extendido entre sacerdotes que entre laicos, al contrario de lo que podría pensarse. Los no creyentes y los cristianos no practicantes suelen tener una idea estereotipada del clero como un colectivo de ideas conservadoras, especialmente en cuestiones morales. Los católicos practicantes sabemos que no es así, y estamos habituados resignadamente a homilías dominicales de contenido más “social” que espiritual, en las que se repiten los viejos mantras de la izquierda, como que hay pobres porque hay ricos, y donde es rarísimo que se critique el aborto o se defienda la familia natural. El papa actual, Jorge Beroglio, con su discurso apenas indisimuladamente antimercado, su encíclica “ecologista” y su defensa de la permisividad pastoral con las parejas que conviven fuera del matrimonio (aunque evite con cautela contradecir explícitamente la doctrina del catecismo), es sólo un exponente de este clero, sobre todo el de más edad, que ha interiorizado el discurso progresista desde los sesenta. Las consecuencias que se derivan de ello para la unidad de la Iglesia católica pueden llegar a ser gravísimas.

[4] Hay razones para suponer que el islamismo es ante todo una reacción defensiva del mundo islámico ante el progresismo de Occidente, que percibe no sin parte de razón como una ideología decadente y colonialista. El progresismo, paradójicamente, parece evitar un choque frontal con el islam, al que trata con mucha mayor delicadeza que al cristianismo. Se diría que ve al primero como un aliado en su lucha contra la moral judeocristiana, o que secretamente admira su asertividad y sus métodos terroristas, que recuerdan a los de la extrema izquierda de décadas pasadas. El islam es un pretexto perfecto para imponer medidas laicistas radicales que perjudican igual o más al cristianismo, o bien para permitir, en nombre de un respeto por la libertad religiosa más bien hipócrita, que el cristianismo deba competir por el espacio público con otra religión, pese a que de momento sea minoritaria en Europa. Se trata de un dilema diabólico entre un laicismo y una libertad religiosa trucados, pues tratan a las dos religiones como si tuvieran el mismo valor.

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