Alternativos versus progresistas

Una violinista callejera fue multada con cien euros en Tarragona, hace escasos días. Entre los comentarios indignados que generó la noticia en las redes sociales, me llamó la atención uno que traduzco del catalán: “¿No os parece que retrocedemos a un conservadurismo impropio del siglo XXI?”

Lo primero que pensé al leerlo fue: ¿qué diantres tiene que ver el conservadurismo con multar a un músico callejero? ¡Cuando a las escuelas de música se las llama, no sé si del todo casualmente, “conservatorios”! Supongo que la cosa va de ridiculizar el Orden (concepto metafísico) rebajándolo a la categoría de ordenanza municipal, concepto administrativo. Aunque más bién hay algo de arrimar el ascua a la sardina del progresismo rutinario: nunca desaprovechemos la ocasión de zurrarle al conservadurismo, atribuyéndole toda mezquindad y estrechez de miras.

Pero admitamos el hecho: sea cual sea el significado que queramos darle al término conservador, su descrédito es ya algo irreparable. En nuestro tiempo, “progresismo” ha absorbido semánticamente todo lo bueno, de modo que para el antónimo “conservadurismo” sólo queda obviamente lo malo.

De todos modos, en una época en que el progresismo ha devenido de facto en religión de Estado, para un conservador hay probablemente menos cosas a conservar que a reformar. Hoy los verdaderos antisistema no son las fuerzas de choque ultraizquierdistas, que sólo reclaman más de lo mismo (o sea, lo que ya ofrece la derecha cuando gobierna: más gasto público, más ideología de género, más buenismo multicultural, etc.) sino los “conservadores” que van a contracorriente de estas tendencias.

Así las cosas, los que no somos progresistas, si queremos reducir nuestra desventaja semántica en la batalla por las ideas, deberíamos encontrar un nombre atractivo, libre tanto de confusiones como de connotaciones groseras, y que sirva igual para un ensayo reposado que para el fragor mitinero.

Confieso que había desesperado de encontrar tal palabra, cuando los acontecimientos políticos en Estados Unidos han venido a sugerirnos una solución. La llamada alt-right (derecha alternativa), que ha proporcionado parte de su munición teórica al presidente Donald Trump, es un batiburrillo de ideas al cual hay que asomarse con todas las prevenciones. Pero una cosa está clara: la alt-right ha puesto en evidencia que el progresismo, en contra de su cháchara revolucionaria y transgresora, se identifica hoy con el establishment cultural y político. La ONU, la UE, los gobiernos nacionales y regionales, las multinacionales como Google, Microsoft, Facebook, etc., los medios de comunicación, el cine, la enseñanza, la Universidad: en todas partes el progresismo hace las veces de ideología oficial o por defecto.

Propongo formalmente que quienes disentimos de este progresismo dominante adoptemos el nombre de guerra de alternativos, y que nuestra ideología se denomine alternatismo. Porque es lo que más visiblemente somos, la única alternativa verdadera al progresismo erigido en pensamiento único. Déjenme aclarar desde el primer momento un previsible malentendido. No se trata de descubrir la sopa de ajo, ni tampoco de mimetizar provincianamente la última moda venida de los Estados Unidos. No estoy sugiriendo importar nada, sólo estoy inspirándome en un término para introducir un neologismo libre de cualquier servidumbre original, o al menos todo lo libre que pueda estarlo una palabra que no sea una pura creación fonética de la nada. (De las que hay poquísimas, y generalmente marcas comerciales.)

Alternatismo es ante todo, como he dicho, un nombre de guerra, una palabra útil para la batalla por las ideas, o si se quiere un lenguaje menos guerrero, para la mercadotecnica ideológica. Pero el pensamiento alternativo no es una mera reacción negativa al progresismo, no surge después de este, sino que, por decirlo así, ya estaba allí antes, mucho antes. Otra cosa es que a veces, por una suerte de mecanismo psicológico, necesitemos confrontarnos con el error para descubrir la verdad. En este sentido, pero sólo en este, el alternatismo es reaccionario. Reacciona contra el progresismo para redescubrir una verdad que este ha ocultado o desfigurado.

Vayamos ahora al meollo del asunto. ¿Cuál es esa verdad que defiende el alternatismo? En primer lugar, hay que decir que la verdad es una sola, universal y atemporal. Esto puede sonar incluso “progresista”, en el sentido ilustrado que defiende Juan José Sebreli, en agudo contraste con el relativismo cultural de pensadores como Spengler, quien en su obra La decadencia de Occidente negaba incluso la universalidad de las matemáticas. Y al que, por cierto, algunos sitúan entre los referentes de la alt-right, o de su prehistoria; por eso decía yo lo del batiburrillo y las necesarias prevenciones.

En realidad, fue la propia Ilustración la que, al oponer falazmente razón y cristianismo, sembró la semilla de su autodestrucción. Por un lado, defendía el universalismo, pero por el otro, en sus versiones más combativas, atacaba aquello que fundamenta este ideal, el dogma de la creación divina del hombre. El relativismo contemporáneo no es un cuerpo extraño, algo ajeno a la Ilustración, como quiere pensar Sebreli, sino un fruto de su irresoluble contradicción íntima. Por eso, el alternatismo no es ilustrado pero tampoco puede ser antiilustrado. La Ilustración, sin saberlo, estaba socavando a la razón cuando creía socavar a Dios. Pero los reaccionarios que se rebelan contra la razón acaban también, inevitablemente, postergando a Dios. Por eso a veces encontramos paralelismos tan significativos entre la extrema derecha y la extrema izquierda.

El progresismo no nace casualmente en Occidente, sino que es un intento de cortocircuitar la conexión entre Dios y la razón, donde reside precisamente la esencia de nuestra civilización, el origen de todo lo mejor que ha producido: el humanismo, la revolución científica, la libertad individual y la igualdad ante la ley. No puedes cargarte la fe cristiana sin cargarte la razón, y viceversa. Y esto, que los progresistas son congénitamente incapaces de entender, tampoco lo entienden muchos contraprogresistas, o aprendices de contraprogresistas, a los que no deseo conceder el título de alternativos.

Si el alternatismo quiere ser algo más que una herejía del progresismo para disputarle el poder, tiene que ser cristiano. Porque dos son las fuentes de la verdad: la experiencia y la Revelación. Cuando niegas la segunda, o la pones entre paréntesis, renuncias a cualquier interpretación unívoca de la primera. De ahí nacen el relativismo y el nihilismo, incluso la propia negación de la experiencia, que es llevada al extremo por el freudomarxismo del “género”. Esto es el error esencial del progresismo, que lo convierte en una ideología totalitaria. Cuando se abandona la fe en el Dios cristiano, todo es posible, todo es discutible, todo puede cuestionarse, incluso el sentido común y lo que observamos con nuestros propios ojos. No en vano, Descartes, uno de los padres de la modernidad, sólo pudo escapar de su estéril duda metódica mediante la demostración de la existencia de Dios. Se olvida frecuentemente que del “pienso, luego existo” (del yo encerrado en sí mismo) no pudo deducir absolutamente nada, ni siquiera la realidad del mundo externo. Descartes necesitó encontrar la idea de un Ser infinito en su mente para poder salir del pozo en que él mismo se había metido.

El alternativo admite con el cristianismo que la naturaleza del hombre es espiritual y material a la vez, y que en su forma plena el espíritu domina a la materia, aunque sin negarla. No piensa así el progresista, para quien sólo existe o cuenta la dimensión material, y por lo tanto no tiene sentido reprimir los propios impulsos, salvo por razones estrictamente socializadoras. De ahí procede la revolución sexual, que ha llevado a la crisis de la familia, la desproteccón de la infancia y el invierno demográfico. Un mundo en el que se forman menos familias y se rompen más, en que los niños no son protegidos en el útero y cada vez menos fuera de él, donde se promueve que no conozcan a su padre biológico y se atenta contra su inocencia en la escuela, es un mundo pervertido. Y esto lo han logrado los progresistas, orgullosísimos de sus “conquistas”.

Un alternatismo que no empiece por oponerse radicalmente a esto, a esa “hidra de muchas cabezas” que es la ideología de género, como la ha definido con acierto Alicia Rubio, no merece este nombre. ¿Cómo nos opondremos, por lo demás, al expansionismo del Estado, si no defendemos el principal baluarte del individuo, que es la familia? El estatismo es sólo la otra cara de la moneda del hedonismo huxleyano, de ese embaucador libertarismo que al final sólo consigue hacer al individuo más y más dependiente de un Estado que le garantiza siempre nuevos “derechos” ilusorios, a costa de los únicos derechos de verdad, que son la vida desde la concepción a la muerte natural, la libertad de pensamiento y la libertad de mercado.

Para atacar esta última, la libertad de mercado, el progresismo ha elaborado dos estrategias geniales. Uno es el igualitarismo de hecho (que comprende tanto la ideología de género como el socialismo, en sus distintos grados) y el otro es el ecologismo. Para el alternativo cristiano, todos somos iguales en dignidad, como hijos de Dios, sean cuales sean nuestras diferencias empíricas (sexuales, raciales, sociales o culturales). Sin embargo, el progresista, al negar la trascendencia, para defender la igualdad tiene que acabar negando histéricamente las diferencias empíricas, lo cual sólo puede hacerse mediante una ingeniería social despótica y frustradora.

La mayor trampa del progresismo es hacer pasar su igualitarismo por una mera secularización del mandato evangélico a favor de los pobres, trampa en la que cae con todo el equipo una parte de la propia Iglesia, y organizaciones como Cáritas o Manos Unidas, con un discurso cada vez más contrario a la propia esencia de la caridad, que no tiene nada que ver con imponer transformaciones sociales desde el poder político. Transformaciones que encima, al desconocer las leyes naturales del mercado, consiguen efectos contrarios al pretendido, aumentando la escasez y por tanto la pobreza. Como dice Vittorio Messori: “No hay nada menos cristiano que el revolucionario político, el que quiere cambiar todo y a todos, menos a sí mismo.

Asimismo, al reducir al hombre a su dimensión animal, el materialismo progresista equipara unos supuestos derechos de la naturaleza a los derechos del hombre, que no son más que otra vía para justificar el intervencionismo ilimitado del Estado en la economía. Si además convencemos a la sociedad de que el planeta está en peligro por culpa de la acción del hombre, se le podrá imponer cualquier sacrificio o arbitrariedad con la mínima resistencia. De ahí que la teoría antropogénica del cambio climático haya sido elevada a rango de dogma político, cuya discusión se intenta impedir por medios dictatoriales parecidos a los empleados con la ideología de género. Nadie discute la necesidad de preservar el medio ambiente, que en un país como España empieza por algo tan sencillo como que dejemos de arrojar mierda en cada centímetro cuadrado más allá de la puerta de nuestra casa, algo inaudito en otros países y que debería avergonzarnos. Sólo esto haría más por un entorno limpio que todas las medidas vejatorias contra los vehículos privados que tanto gustan a los Ayuntamientos.

Por último, el alternatismo defiende la igualdad de todos los hombres, pero no la equiparación moral de todas las culturas, creencias y opiniones, lo que conduciría a negar la propia verdad universal en que se asienta esa igualdad. Si todas las culturas son igualmente respetables, entonces también lo serán aquellas en los que la mujer está considerada inferior al hombre, por ejemplo. El multiculturalismo, bajo el pretexto de combatir el eurocentrismo, lo que supone en la práctica es desvalorizar y denigrar la cultura occidental, la única que no tendría derecho a ser defendida, ni siquiera en su propio territorio. También aquí se nos quiere vender como aplicación del precepto cristiano de acogida al extranjero lo que no es más que permitir una invasión islámica apenas encubierta, y una omisión de los Estados del deber de proteger a sus ciudadanos mediante el control de las fronteras y otras medidas de seguridad.

El alternatismo coincide en la crítica del multiculturalismo con la derecha identitaria, pero si ésta, al igual que la derecha establecida, pretende mostrarse “transversal” en cuestiones morales como el aborto o las políticas LGTB (tal como se proclamó en el reciente congreso del PP), si se apunta a medidas de populismo económico o de carácter ecologista, como el FN francés (contrario al fracking y a los transgénicos), no será ninguna alternativa al progresismo ateo, sino una mera mutación oportunista de éste, una reincidencia en los mismos errores que constituyen la causa última de nuestra debilidad, y que el islamismo no hace más que aprovechar.

El alternatismo no es una moda, no se reduce a Donald Trump, Marine Le Pen, Geert Wilders, Fraude Petry, Norbert Hofer ni Viktor Orban. El alternatismo es ante todo la necesidad imperiosa de nuestra civilización de romper con la dictadura cultural progresista y de reencontrarse con sus raíces. Pero sí puede que algunos de estos líderes acaben representando esto, al menos en parte, o de manera más o menos imperfecta. Puede que efectivamente haya “en marcha una revolución ideológica que acaba con 50 años de supremacía del sesentayochismo”, como diagnosticaba Hermann Tertsch en su cuenta de Twitter mientras yo escribía esto. Dios lo quiera.

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4 comentarios sobre “Alternativos versus progresistas

  1. No pienso que pueda decirse de la Ilustración que opuso Razón y Cristianismo. La Ilustración fue un movimiento heterogéneo, en el que había ateos, pero también cristianos y deístas.

    De hecho, el representante más importante de la Ilustración fue Kant, un cristiano pietista que afirmaba que era necesario suponer la existencia de Dios (aunque no se la pudiera demostrar racionalmente), para dar fundamento a la Ley Moral.

    Por otra parte, veo un poco contradictorio hablar de “dictadura cultural progresista”, y al mismo tiempo decir que la ideología progresista es mayoritaria.

    En cierto modo, el término “dictadura cultural” es contradictorio (tanto aplicado al progresismo como al cristianismo) Debería hablarse de “hegemonía cultural” (término acuñado por el filósofo marxista Gramsci) ,dado que el término “dictadura” debería reservarse para la imposición de ideas por la fuerza, mientras que la expresión “hegemonía cultural” es el resultado de una lucha de ideas que se libra en las conciencias y que no puede ganarse por la fuerza, sino por la razón, dado que no se puede forzar a nadie a que crea en una ideología en contra de su voluntad.

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    1. Una hegemonía cultural supone una cultura que destaca por su brillantez entre otras; y esa brillantez emana de sus resultados o logros racionales, libremente expresados y extendidos, en arte, ciencia, filosofía, literatura, elaboraciones políticas, credos religiosos etc. Pero cuando la hegemonía no es la de la brillantez de los resultados sino la del control absoluto del Poder y todos sus potentes medios de coacción y manipulación social, se trata, sin duda, de una DICTADURA CULTURAL. Casualmente, entre algunos de mis apuntes he dado con el siguiente texto: Hay algo más dañino que “Industria Cultural”, Herr Adorno, y que “Hegemonía Cultural”, signore Gramsci. Es cultura adimensional de plomo, pesadamente erigida, sin relieve alguno, apisonadora de los espíritus puesta en circulación para allanar los caminos a una escultural utopía que no tendría otro fundamento para sustentar la continua farsa de su pretensión que el de proseguir indefinidamente con el apisonamiento de los espíritus.
      Por otra parte, el hecho de que algunos personajes de la Ilustración fueran creyentes o cristianos, aunque solo fuera de nombre, no desmiente la abierta contraposición entre razón y fe postulada a partir de ese periodo frente al pensamiento precedente, condensado en sentencias como : “credo ut intelligam” “intelligo ut credam” o “fides quaerens intellectum”.

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